La fuga

22 de junio del 2012

En el año 2000 mi marido y yo decidimos irnos de Colombia. Habíamos dejado de ver los noticieros en televisión ante tanta violencia. Era la época inmediatamente posterior a la ruptura de los diálogos de paz en El Caguán. La guerrilla estaba envalentonada. El oleoducto fue atacado 450 veces ese año, más de una voladura […]

En el año 2000 mi marido y yo decidimos irnos de Colombia. Habíamos dejado de ver los noticieros en televisión ante tanta violencia. Era la época inmediatamente posterior a la ruptura de los diálogos de paz en El Caguán. La guerrilla estaba envalentonada. El oleoducto fue atacado 450 veces ese año, más de una voladura por día. Más de 350 torres eléctricas habían sido derribadas dejando sin energía eléctrica a vastas poblaciones por semanas enteras. Los delincuentes comunes secuestraban en las ciudades para vender las víctimas a la guerrilla. Era la época de las pescas milagrosas.

En ese momento yo era Directora de la Dian y andaba con nueve escoltas, tres carros y un policía en moto. Mis hijos andaban en dos carros con cuatro escoltas. En la puerta del edificio había un policía las 24 horas. Y así y todo yo vivía aterrorizada de un secuestro. Me imaginaba a la guerrilla subiendo las escaleras de mi apartamento llevándose a los niños. Yo no hubiera sobrevivido eso.

Mi historia es la misma de todos los colombianos. Todos hemos sido víctimas de la violencia. A mi marido le hicieron el paseo millonario. A mí me robaron la cartera mientras bajaba por el puente de la 100 a coger la Séptima, rompiendo el vidrio del carro con una bujía. Me dio tal histeria que cuando llegué a la casa me tomé media botella de vodka y después me vomité. Mi hija de 16 años estaba con el novio en un parque en Rosales y dos vagos lo apuñalaron a él en la espalda. No les robaron nada. Mi hija salió corriendo y el novio pasó una semana en el hospital: le perforaron un pulmón.

Los fines de semana yo no salía de la casa. Despachaba a los escoltas y me encerraba. Mi marido hacía el mercado y nunca salíamos de noche. Nunca salimos de Bogotá salvo para irnos por avión una semana a Medellín. No íbamos ni a Chía. Solo una vez fuimos a Anapoima a la casa de Felipe López a un almuerzo con los Julitos. Lo pasamos bien.

Yo no podía ir de compras. En vísperas de Navidad traté de comprar un regalo en el Centro Andino y en el almacén me reconocieron y empezaron todos a pedirme la factura. Fue chistoso pero suficiente para convencerme de no volver a salir: donde fuera iba a ser reconocida.

Pero ese terror con que vivía era la vida diaria para todos los colombianos desde hacía muchos años. Había vivido en Medellín a principios de los ochenta en épocas de Pablo Escobar. Después vendrían los bombazos y el terrorismo en Bogotá a donde nos habíamos mudado en 1985. Recién trasteados una bala entró por la ventana en un tiroteo. Vivíamos sobre la Autopista Norte y hubo una balacera frente a la ventana del cuarto de mi hija. Me tiré con ella al suelo, tenía dos años. El país no era viable como dice Fernando Vallejo, tal vez con razón.

Pero me ha tocado morder el polvo. Aquí en Estados Unidos tuve dos trabajos en multinacionales que pagaban bien pero de ambos me echaron —bueno, en el primero cerraron la oficina para América Latina, no fue mi culpa—. Después traté de vender equipo de defensa y digo traté porque nunca se concretó ningún negocio. Estuve dos años sin trabajo y sin rumbo fijo. Luego me metí de intérprete de español y con eso medio empecé a levantar cabeza pero el trabajo es duro y la paga mala.

¿Volvería? Yo salí dando un portazo. Volver sería una derrota. Me tocaría ser una lagarta, haciendo lobbying, pidiendo favores en oficinas públicas para aquellos poderosos que buscan prebendas con el Gobierno. Me han buscado para hacer periodismo pero no eso paga. Quiero escribir mi segundo libro pero primero tengo que vendérselo a una editorial. Y para escribir es mejor acá que allá. Acá puedo leer, allá no.

¿Aguantaría vivir en una Bogotá gobernada por Gustavo Petro? No lo creo ¿Soportaría el tráfico? Lo dudo ¿Aguantaría estar cogiendo taxi en Bogotá? Para nada, ¿sentirme agredida en la calle? No ¿No poder salir sola de noche? No ¿Oír a Darío Arizmendi por la mañana? No ¿Que me pidan la cédula para entrar a un edificio? No ¿Que me persigan los dependientes en los almacenes pensando que soy una ladrona? No ¿Tener que mostrar el recibo a la salida del Éxito dando por sentado que entré a robar? No, ¿no poder comprar libros porque son caros y malos? Ni riesgos ¿Hacer cola en la EPS? Claro que no ¿Aguantarme el pésimo servicio de Movistar? Por favor.

Pero lo peor es que no haya papel en los baños públicos. Y peor aún, que cuando lo hay la gente lo eche en la caneca en lugar de botarlo al inodoro. Para eso está hecho el papel higiénico. Para deshacerse en la taza. Los baños son nauseabundos y los olores inmundos. Y esa es la principal razón por la cual no quiero volver a Colombia.

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