La geopolítica de la guerra

24 de julio del 2011

La semana pasada recibí una llamada inesperada que, sin duda, me daría muchos problemas y complicaciones, pero también me dotaría de información privilegiada sobre la realidad del país y el contexto de muchas de las cosas que están pasando principalmente en el hermoso departamento del Cauca. Este hombre perteneciente durante años a la guerrilla de […]

La semana pasada recibí una llamada inesperada que, sin duda, me daría muchos problemas y complicaciones, pero también me dotaría de información privilegiada sobre la realidad del país y el contexto de muchas de las cosas que están pasando principalmente en el hermoso departamento del Cauca. Este hombre perteneciente durante años a la guerrilla de las Farc me explicó detalladamente y con claridad el asunto, que al ser comparado con otra información que se ha venido recopilando en mi trabajo de investigación, no hay duda de su veracidad y del profundo problema que aqueja a los colombianos.

En primera instancia, hay que afirmar que se conocía de antemano la decisión de las Farc, con respecto a lo que se podría llamar su Plan B, establecido en sus planes estratégicos producto de las conferencias nacionales que todos conocen. Allí queda señalado que si por el oriente se les frena el acceso militar a la capital, la solución es replegarse, buscar la acumulación de fuerzas a través de la fase de guerra de guerrillas y esperar pacientemente el momento preciso para contraatacar ante la debilidad institucional y política histórica del Estado colombiano, pero al mismo tiempo fortalecer el acceso por el occidente como segunda opción para su “campaña” armada hacia la toma del poder, es decir, en pocas palabras rodear a la capital y hacerse con ella.

En ese sentido, no resulta para nada extraño que el Cauca, Huila y Tolima sean hoy escenarios de guerra cruenta y difícil, ante un enemigo que se ha adaptado durante 47 años de historia, pero que hoy se puede decir, desde mi punto de vista, que ha mutado a lógicas bastante distintas y, en algunos casos, contradictorias entre ellas, producto del liderazgo de Cano y de la dinámica misma del conflicto. Recordemos, como me lo dijo este exmiembro de las Farc, que esta agrupación nunca esperó que el esfuerzo por el oriente, Cundinamarca (específicamente el Sumapaz), Meta y Caquetá durara un tiempo tan prolongado con unidades especializadas y altamente capaces de realizar operaciones de profundidad, como efectivamente pasó. Ante ello, el repliegue y la búsqueda de acumulación de fuerzas no podía durar toda la vida por lo que desde, aproximadamente el año 2008, se viene penetrando y articulando esfuerzos para lograr el objetivo estratégico de las Farc por el occidente.

Si a eso se suma factores geopolíticos, sociológicos y económicos de estos territorios, encontramos que hay una facilidad inmensa para aprovecharse de ellos focalmente, como lo viene haciendo esta agrupación, a todas luces, terrorista. No hay que olvidar las rutas logísticas y ligadas al narcotráfico que pasan por inmediaciones del nororiente del Cauca, asunto que es cuidado con recelo por las Farc, en su participación cada vez más profunda en el negocio del narcotráfico. Adicionalmente, el hecho de que allí, en inmediaciones de Tolima, Cauca y Huila, se encuentre refugiado, en unas condiciones de vida altamente complejas, el máximo cabecilla de las Farc Alfonso Cano, hace que haya más presión armada y, claramente, su resultado es una combinación de factores evidentes que demuestran el por qué de esta realidad.

Otro asunto complicado es el relacionado con los sagrados pueblos indígenas allí asentados por derecho propio. Sin duda, las Farc han venido aprovechándose históricamente de las reivindicaciones que el Estado colombiano les ha dado, principalmente desde la constitución de 1991, con el fin de ganar espacio estratégico contra las fuerzas legítimas constituidas, en otras palabras, las Fuerzas Militares y de Policía. Es bueno recordar que no puede haber territorios vedados de ningún tipo para el accionar del aparato estatal, y menos en el contexto de conflicto armado que vive el país. Ello solo provoca este tipo de situaciones que vive hoy el nororiente del departamento del Cauca y que deja muertos, heridos y daños materiales dentro de la población civil.

El comunicado de las Farc frente a la situación de Toribío y Caloto, que demuestra una inconsciencia monumental, tiene como fin político presionar algo que es, desde todo punto de vista, ilógico: retirar a la policía del casco urbano de estos municipios. ¿A quién se le ocurre tremenda insensatez? Hay algunos que se han dejado convencer de que esa es la solución, impulsados por su preocupación de que sigan ocurriendo estos actos terroristas, pero lo único que provocaría una decisión de este tipo, sería entregarle estos territorios a una organización que ha demostrado ser dueña de los peores actos contra el pueblo durante su ya larga historia. En ese sentido, las Farc han logrado utilizar subrepticia y manipuladamente los resguardos indígenas a su favor, y ahora buscan impulsar esta absurda idea, con el fin de ganar más territorios y lograr así el cumplimento de su plan estratégico. Afortunadamente esa locura no tiene el respaldo de las mayorías, y obviamente tampoco del gobierno nacional y departamental.

Por otro lado, no se puede olvidar que las Farc han venido profundizando su trabajo político, no solo en esta región sino en todo el país, impulsado por el Plan Renacer de las Masas y el plan estratégico 2010. Insisto, siempre han combinado todas las formas de lucha, pero desde 2008 han enfocado su mayor esfuerzo a lo no cinético, es decir, a lo eminentemente político, como estrategia y táctica para el logro de sus objetivos.

El trabajo de las milicias, del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia y del Partido Comunista Clandestino de Colombia (PC3) ha sido fundamental en la consecución de sendas ventajas y posiciones estratégicas de esta organización en el seno de la sociedad; sigilosamente han venido consolidando sus objetivos y gran parte de lo que ocurre en el Cauca y otras regiones del país, se debe a este trabajo silencioso y de difícil identificación. En otras palabras, las Farc han venido perdiendo fuerza armada, gracias a la labor de las Fuerzas Militares y de Policía, pero siguen fortaleciendo su aparataje político como estrategia dentro de su guerra popular prolongada. Ante ello, la respuesta no es exclusivamente militar, sino ante todo judicial e investigativa, pero en eso estamos bastante cortos.

Hay varias piezas que muestran esta realidad de las Farc y su afán por direccionar su trabajo político, una de ellas es el manual de LINA (Lucha Insurreccional No Armada), una copia del bolchevismo ruso con algunas adiciones tropicales de esta organización (Ver Lina_archivo1 y Lina_archivo2). En este documento quedan claras sus intenciones, entre ellas la búsqueda de la descomposición de las Fuerzas Armadas legítimas, cuando afirman que “la acción del partido para desmoralizar al ejército, aviación, marina y policía, deben orientarse sobre planos esenciales, íntimamente ligados: un trabajo estrictamente ilegal y secreto al interior de estas fuerzas; un trabajo general de agitación y propaganda fuera de estas y combinando con la confrontación física” (Ver Lina_archivo3).

Obviamente, y para terminar, están los estatutos del PC3, donde se evidencia su trabajo político y objetivos establecidos para ser consecuentes con la combinación de todas las formas de lucha (Ver archivo PC3). Dice el documento en su introducción que “El presente estatuto es válido para todos los militantes del  Partido Comunista Clandestino Colombiano (PCCC) y para todas las instancias de coordinación y dirección. Su reforma corresponde a un Pleno del Estado Mayor Central o a una Conferencia Nacional Guerrillera”. Este documento se puede encontrar inclusive en Internet, haciendo una buena búsqueda e investigación

El país ha querido, en su gran mayoría, ser ciego ante esta realidad. Cabe preguntarse, entonces, si debemos seguir creyendo que la responsabilidad del manejo de este conflicto de exclusivamente militar, cuando el enemigo tiene otra faceta, inclusive más peligrosa que la eminentemente militar: el trabajo de masas y organizaciones. Ese enemigo hay que enfrentarlo con toda la determinación y, para ello, es fundamental la participación del Estado en su conjunto, principalmente de la rama judicial. ¿Será que la Justicia y los entes de investigación son conscientes de su enorme responsabilidad?

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jafah2@hotmail.com

@javierflorezh

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