Región Caribe: la gesta boba

12 de mayo del 2011

Desde la promulgación de la Constitución del 91, que dejó abierta esa opción, se ha venido hablando de agrupar “dos o más departamentos” con identidad cultural y geográfica bajo la figura de regiones administrativas y de planificación”. Pero la conversión de la región en entidad territorial” solo fue un boceto constitucional que los constituyentes no se atrevieron a desarrollar. Tal vez porque allí había gente seria, evitaron adentrarse en el farragoso esfuerzo de darle forma a esa figura, más retórica que política, tan indescifrable como imposible de desarrollar sin caer en un absurdo administrativo.

A pesar de que la idea original no es suya -a los precursores los anularon- Eduardo Verano lideró las elecciones pasadas, una exitosa iniciativa que buscaba producir un mandato parecido al de la séptima papeleta. Y se logró, el tarjetón pro Región Caribe fue ampliamente votado. ¡Obvio! Preguntar a un pueblo si quiere ser libre, autónomo e independiente es como hacer una encuesta para saber si uno quiere ser joven, inteligente y rico.

Pero la pregunta sin respuesta es ¿cómo moldear ese ente y para lograr qué? Porque la causa despierta pasiones, pero el empeño parece una gesta ardua para conseguir muy poco, pues de concretarse, se erigirá un ente burocrático que implicará una nueva forma de centralismo en cada comarca, en todo caso dependiente del poder central. El borrador del marco legal propone transferir funciones departamentales al nuevo cuerpo, administrado por un Gobernador Regional. Es decir, se trata de inventar una costosa burocracia paralela para hacer lo que ya hay quien haga.

Aunque fue más política que fiscal, la elección popular de alcaldes y gobernadores constituyó un avance en el anhelo descentralizador; pero cuando uno ve en los aeropuertos decenas de funcionarios de alcaldías y gobernaciones viajando a Bogotá a suplicar recursos, queda claro que se sigue padeciendo el férreo control del centro sobre la decisiones de inversión regional. Si se tratara de llenar un vacío, para hacer planeación descentralizada, priorizar y decidir inversión, mejor lo haría un Corpes con atribuciones reales en asuntos fiscales de envergadura, y verdadera autonomía sobre las regalías, el IVA, los aranceles, las exenciones tributarias y otras decisiones que hoy se toman desde el centro -con gran celo- cuando los recursos son para las provincia.

Desarrollar los artículos 306 y 307 de la Constitución, conduce a una majadería histórica que incluye dilapidar billones. Después tendremos que aceptar que no sirvió, despresar ese andamiaje y sufrir la mayor resaca intelectual de nuestra vida constitucional. La incidencia del ente Región Caribe sobre la vida de la Costa Norte, sería como la del gobierno de Sancho Panza en la ínsula de Barataria. La entidad administrativa, como está propuesta, es un embeleco y un artilugio de prestidigitación política para mantener la hipnosis institucional bajo la que hemos sido gobernados, que sencillamente finalizaría en una frustración inexorable. Darle vida a las regiones materializaría el eufemismo que esconde proponerlas, pues la verdadera autonomía está en el federalismo y no en una entidad falsamente autónoma, que por ser subalterna del gobierno central, carecería de independencia práctica.

Así como en tiempos de Nariño, Bolívar, y hasta Núñez, el centralismo fue necesario para consolidar la unión, en la Colombia urbana y más educada de hoy, el federalismo es la única forma de organización geopolítica sostenible, pues garantiza autodeterminación e igualdad. Transformar a Colombia en una república federal, detonaría una verdadera revolución; cada departamento, aplicaría fórmulas individuales para ser eficaz en esquemas de máximo desarrollo sostenible y deterioro ambiental mínimo. Los gobernantes aprenderían a compenetrarse in-situ con los votantes que exigirían imaginación y eficiencia de sus administradores.

El federalismo traería desarrollo, autonomía verdadera, competitividad, respetabilidad, y pondría a los departamentos “de tu a tu”, al establecerse una relación horizontal entre ellos. Pero sobretodo, se formularían soluciones locales a problemas singulares con la flexibilidad de un marco legal ajustable a la realidad provincial, sin el cepo institucional de leyes generales rígidas que regulan lo macro y lo micro sin distinguir diferencias.

En un sistema federal, el Cesar por ejemplo, decretaría tributos especiales para construir las represas que necesita, y proyectaría desarrollarse a partir de su ubicación estratégica como despensa natural de Venezuela. El esfuerzo por evitar la evasión sería departamental, y los tipos de impuestos tendrían relación expresa con los modos de producción de cada zona. Las políticas ambientales se concentrarían en la actividad minera y pecuaria, mientras también esos serían los sectores a los que podría enfocarse todo un marco normativo que estimulara una economía de servicios.

Es hora que el centralismo reconozca la mayoría de edad al resto de la nación, pero también que ante sus despilfarros y malversaciones, los hijos nos emancipemos. Los casos de corrupción en los más robustos entes del poder central, dejan ver que la honradez no es virtud prima de un sistema que sí centraliza la administración caprichosamente so pretexto de la lucha contra la corrupción, mientras en Bogotá simplemente roban más.

Vale la pena tener en cuenta que todos los países democráticos desarrollados son sistemas federales. Aquí el estado hay que repensarlo. No funciona. Quizá por eso se lo están robando. El federalismo pondría a la gente a ser protagonista de su destino, concentrada en lo local, con mayores compromisos colectivos y sentido de pertenencia. Nos daría un marco de existencia emocionalmente parecido a ese en el que cada cual es doliente de su propio hogar.

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ESTELA VILLAMIZAR. La perdimos sin víspera, sin saber cómo privarnos del respaldo de su tesón ante las mayores adversidades. Su ausencia súbita, influida por el calor de su presencia tan cercana todavía, me lleva a entender que, en vez de extender condolencias, debo celebrar su existencia y el privilegio de haber vivido al mismo tiempo que ese ser excepcional que alegró nuestra vida y nos enseñó el valor fúlgido de la lealtad y la solidaridad en su más pura expresión. Matilde querida, mi inolvidable Natalia… ¡fuimos muy afortunados!

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