La guerra nunca más

La guerra nunca más

12 de abril del 2019

El presente artículo forma parte del libro “Una Paz sin dolientes. Diálogos con el ELN. 1982-2019”. Autor: Periodista Luis Eduardo Celis.

Cada vez me produce mas dolor hablar de la guerra. Es una situación y un término que está unido a la violencia, a la muerte, a la orfandad y a la desesperación total. En la larga evolución de la especie humana, ver los cuadros apocalípticos de la guerra producen escalofríos y nauseas.

Siempre surge la pregunta: ¿Por qué hemos descendido tanto en la escala de los principios y valores humanos? Y es allí cuando guardamos nostalgia por los comportamientos de los animales que, si bien utilizan la fuerza y la agresión, no llegan nunca al grado de sevicia y violencia premeditada que ha alcanzado el homo sapiens.

El descabellado atentado contra la Escuela de Cadetes General Santander, en Bogotá, y sus dantescas escenas, nos hundió para siempre en el profundo interrogante ¿Es posible la esperanza?  Si, así nos rompa el alma él escepticismo y la duda de la hermandad nos cuestione desde nuestra propia existencia.

El atentado se produjo cuando la pequeña flor de la Paz comenzaba abrir sus débiles pétalos de esperanza, luego de haber resistido el más largo y dramático periodo de guerra. Deshojada, mutilada y agonizante quedó en la tierra fría, tendida y con sus alas abiertas, la blanca paloma de la Paz.

Negros nubarrones anunciaron el retorno de la violencia y de la muerte. La ilusión de ver nuestra nación en Paz y en justicia social se volvía a diluir como el agua en el cuenco de la mano. Nuevos redobles de tambores anunciaban la guerra y presagiaban el retorno del dolor y la desesperanza.

Solo el valor y la bondad de unos cuantos, entre ellos Luis Eduardo Celis, no ha cedido en sus esfuerzos de Paz. En medio de la tragedia, persiste, como una voz en el desierto, clamando nuevamente por el dialogo entre las esquizofrénicas fuerzas en pugna a muerte.

He decidido acompañar esa voz en medio de la esperanza aun no perdida. Es posible, mucho más allá del dolor y la muerte, encontrar las claves que lleven a las generaciones venideras al proyecto de nación ética, democrática y justa que se merece nuestra adolorida sociedad.

Para quienes produjeron esa onda de dolor y de muerte que destrozó las fibras más auténticas del corazón de la patria, solo hay un camino: Pedir perdón autentico por la muerte de esos jóvenes estudiantes y hacer una dejación de las armas ante la Organización de Naciones Unidas (ONU).  Solo un gesto de esta dimensión podría abrir, nuevamente, las pesadas compuertas de la PAZ.  Y de allí en  adelante, iniciar una profunda autocrítica que les permita tener la posibilidad de participar en la estructuración, con las fuerzas más sentidas de la sociedad colombiana, en lo que se debió hacer desde el principio: La organización política, primigenia y fundamental con  capacidad científica de construir un verdadero sueño de Nación, con “el decoro y la superioridad ética y moral” de las fuerzas verdaderamente revolucionarias, que interpreten correctamente el sentido y palpitar de la sociedad colombiana.

Es por eso que todos los esfuerzos, acciones o pensamientos, por pequeños y elementales que parezcan, deben conducir a la articulación en  la construcción de una cultura o de un imaginario de reconciliación y convivencia que nutra el alma de cada colombiano, donde taxativamente quede claro, que lesionar o dañar los principios y preceptos de la humanidad y de la ética,  sean  rechazados en forma ejemplar y sustituidos por acciones de Paz, Justicia y entendimiento, que faciliten la verdadera construcción del deseado Nuevo Proyecto de Nación.

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