La hora de las concesiones

7 de enero del 2016

El gobierno se ha equivocado al no convocar a la sociedad civil

Para lograr la paz hay que firmar pactos y para llegar al escenario de los acuerdos hay que negociar. Y para estos efectos se requiere que ambas partes estén dispuestas a ceder, a tragarse algunos sapos y a aceptar propuestas indecentes. Es una situación excepcional y por supuesto demanda medidas de excepción. La paz sugiere que los dos bandos enfrentados en una guerra consideren que no se las pueden ganar todas y que el mejor negocio para ambos es perder un poco. Nunca mejor momento para comprender la máxima del técnico de fútbol Francisco Maturana según la cual perder es ganar un poco. Nunca mejor oportunidad para entender que el juego dejó de ser la apuesta por el ganar – perder para dar paso a la del ganar – ganar. El gana – gana consiste en que para no perder todo es mejor ganar algo y si ambas partes lo comprenden está en buena parte garantizado que habrá pacto para salir del conflicto, lo cual exige un después vigilante y comprometido para que no se regrese a las situaciones conflictivas.

Y la paz exige imaginación para sacar lo mejor de cada uno sin recurrir al exhibicionismo que implica resaltar lo peor del otro. Sin la necesidad de negar al contrario para hacer énfasis en las virtudes que cada bando cree tener. Se hace manifiesta la urgencia de ennoblecer los propósitos del otro para lo cual es imperativo mirar desde una óptica distinta a la que se ha utilizado durante la confrontación. Eso es humanizar la negociación para que se supere el escenario en que cada bando considera que el otro es el salvaje, que el contrario es el equivocado. El gobierno del presidente Juan Manuel Santos dio un primer paso al reconocerle estatus político a quienes para un buen sector de la población no eran sino comunes delincuentes. Otorgarle un estatus político a una guerrilla degradada y cada vez mas lumpenizada no era fácil y es menester reconocer que fue una audacia de Santos y que la sociedad civil ha venido adoptando esa postura como suya, así sea a trancas y a mochas.

Pero el gobierno se ha equivocado al no convocar a la sociedad civil para que se solidarice con este reconocimiento, para que también se trague el sapo y para que comprenda la necesidad de hacer concesiones. Casi intuitivamente y sin ninguna claridad conceptual sobre la diferencia entre estatus político y estatus romántico el gobierno le concedió el estatus político a la guerrilla para que tuviera presentación la negociación. Pero no podía hacer pedagogía porque no entiende el papel de la sociedad civil, ni la necesidad de contar con ella. Y su actitud responde más bien a que por el camino se van arreglando las cargas. Tal improvisación ha hecho incluso que desde la sociedad civil hayan surgido voces que se ven precisadas a aclarar que el estatus político no es lo mismo que reconocer la vigencia del altruismo que alguna vez pudo tener la guerrilla.

Lo concreto es que había que hacer esa concesión de reconocer a la guerrilla como contradictor político para legitimar los diálogos. Y para esto la sociedad civil también ha tenido, casi que por intuición, que hacer su concesión al gobierno. De alguna manera le ha otorgado el carácter de demócrata al presidente Santos, ya que su trayectoria no lo había caracterizado precisamente por eso. Pero para que avance la paz hay que hacer concesiones y este era un sapo que se tenía que tragar la sociedad civil, para no terminar poniendo palos en la rueda, ya que en todo caso sí anhela la paz y sabe que muy poco juego tiene en el panorama de la guerra. La sociedad civil no puede sentirse una convidada de piedra en las conversaciones de La Habana, ni mucho menos a la hora de hacer concesiones para alcanzar la paz, por más que los protagonistas del diálogo consciente o inconscientemente la quieran excluir.

Por eso los ciudadanos de a pie, invitados tibiamente al principio, ahora si son convocados a refrendar los acuerdos de La Habana mediante un plebiscito, al cual le tendrán que hacer la concesión de otorgarle legitimidad con un umbral reducido a la topa tolondra. El ciudadano tiene que exigir seriedad a la hora de las concesiones. Pero sobre exigir al gobierno que deje la mezquindad y también haga concesiones con quienes quiere graduar como enemigos de la paz, porque por ese camino se arriesga hasta el propio plebiscito. Hay que otorgarle a los uribistas y a los derechistas de todos los pelambres el carácter de amigos de la paz así tengan reparos a ciertas medidas que se tomen para lograrla. O si se quiere darle el estatus de no enemigos de la paz. No se puede dejar de hacer concesiones aún a quienes quieran creer que son enemigos de la paz. Es hora de generar un estatus para los detractores del proceso para que no queden en la picota pública o como simples amigos de la guerra.

El plebiscito va a implicar una buena dosis de pedagogia pero esta sólo se puede hacer desde el compromiso con la sociedad civil. Desde el reconocimiento a la sociedad civil de su derecho a vivir en paz y desde reconocerle el estatus de legítima interesada en la paz. Lamentablemente ya se avisora la conducta politiquera y mermeladezca del gobierno para intentar sacar adelante el plebiscito a como de lugar. Y por ese camino se está jugando la suerte misma del plebiscito porque quienes van a votar por el NO sí están haciendo pedagogía y se muestran interesados en que la sociedad participe. Es hora de que el gobierno entienda que debe emprender el camino de las concesiones – que inició con la guerrilla – ahora con quienes no están de su lado. Los contradictores y los desconfiados, los confundidos y los heridos. Debe dar ejemplo para que la sociedad también haga concesiones, las cuales van a ser imprescindibles para el plebiscito.

Solo cediendo y concediendo se puede garantizar que no se caiga en la paz boba. La paz, si no se asume como el producto de una voluntad general en donde se persuada a los más fieros detractores, va a ser una paz de mentira, una paz burocrática y bobalicona. Esto significaría que mas temprano que tarde surgirán nuevos elementos armados como resultado de no haber generado la confianza suficiente y de haber evadido la vinculación de la sociedad civil. Se repetiría la historia. Hoy, sobre todo el gobierno, debe comprender que se trata de dejar el menor número de heridos posibles, el menor número de apáticos, el menor número de indiferentes y el menor número de opositores. Y para eso se requiere tener en cuenta a todos y a cada uno y por supuesto hacer pactos con todos, y es más, hay que cumplirlos. Porque sólo los pactos cumplidos pueden restaurar la confianza. Y sólo con responsabilidad histórica se pueden abordar los compromisos. Y esto demanda entender que hay que llegar al mayor número de concesiones.

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