La hora verde

21 de junio del 2012

Aunque para muchos la Ola Verde quedó como para entierro de quinta, luego de la monumental derrota electoral que sufrió Antanas Mockus frente al entonces candidato del uribismo, Juan Manuel Santos y de la estrepitosa derrota de Enrique Peñalosa frente al audaz Gustavo Petro que logró saltar a tiempo antes de que hundiera el barco […]

Aunque para muchos la Ola Verde quedó como para entierro de quinta, luego de la monumental derrota electoral que sufrió Antanas Mockus frente al entonces candidato del uribismo, Juan Manuel Santos y de la estrepitosa derrota de Enrique Peñalosa frente al audaz Gustavo Petro que logró saltar a tiempo antes de que hundiera el barco del Polo, ya ha corrido suficiente agua bajo el puente como para darse cuenta de que aun contra la corriente el futuro sigue siendo verde. Como Goethe decía: “la teoría es gris, amigo mío; el árbol de la vida es siempre verde”.

No es que se quiera hacer una evocación romántica del espíritu verde y el significado de esa multitudinaria y contundente expresión. Pero, si somos justos, esa inmensa ola de indignación que estuvo a punto, como la selección colombiana de fútbol en el mundial 90 cuando tuvo todo para ganar pero le faltó el triunfo, fue la que le puso programa al presidente Santos. La Ola Verde era la manifestación expresa del descontento general con el gobierno de Uribe, solo que hasta ahora se vino a saber que hasta Santos hacia parte de ella; de hecho ha gobernado con las banderas verdes, aunque haya reencauchado uno que otro liberal en decadencia y oxigenado voltiarepistas sin rumbo.

Lo cierto es que no se puede caer en la visión simplista de que el Partido Verde fue flor de un día. El rechazo a los falsos positivos, las chuzadas y las actitudes dictatoriales de Uribe sigue vivito y coleando. Y cada día con más fuerza. La ola de lo que indigna a quienes quieren cambios en Colombia en materia social está intacta. Santos se ha distanciado de Uribe pero no avanza hacia el progreso social, la equidad o la preocupación por las futuras generaciones. Santos cree que es suficiente con incumplirle a Uribe para quedar bien parado frente a los electores. Pero ignora que los indignados quieren más que eso.

Ya comienzan a hacer agua las intenciones del Gobierno en materia de reformas a la educación, la justicia y la televisión; las que logra hacer son más formales que sustanciales y el Presidente promete pasar a la historia como el hombre que cambió todo para que no cambiara nada. Los ríos de tinta sobre el seudoreformismo retardatario ya anuncian grandes caudales. Hasta el punto de que el gobierno Santos logró lo que no pudo el de Uribe, desacreditar a las cortes. Con los arreglos por debajo de la mesa en la famosa reforma a la Justicia algunos magistrados dejaron en evidencia que sufren de la misma enfermedad de su archienemigo, el expresidente Uribe, el síndrome de la perpetuidad a cualquier precio.

Pero si se miran las condicionas reales de la gente que sueña con que el Gobierno algún día se ocupe de cerrar la brecha de la inequidad, la injusticia y falta de oportunidades, se podrá observar que sigue siendo una asignatura pendiente. Este Gobierno deja ver que es experto en conformarse con manejar comparativamente cifras sobre indicadores de reducción de pobreza o de criminalidad sin tener en cuenta la proporcionalidad y la pertinencia. Tanto que su jefe de comunicaciones cree que la clave está justamente en la forma como se presentan las cifras y no en cómo se comporta realidad social.

En definitiva, no para hacer antisantismo y terminar por compartir ese poco honroso lugar con el uribismo o con los ilusos de izquierda, lo que si hay que hacer es retomar lo que unió a tres exalcaldes bogotanos y un exalcalde paisa para tratar de enrumbar al país: la lucha contra la corrupción política, por la democratización de la administración pública y la búsqueda de una salida digna para que los más pobres accedan a los elementales derechos a la educación y a la salud. Estos postulados no están en la agenda del actual gobierno, que ya dibuja sus intenciones de reemplazar políticas sociales por medidas populistas, como acaba de hacer con las 100.000 casitas sin cuota inicial.

Claro que es menester recapitular sobre los dirigentes de la Ola Verde. No se necesita ser lince para saber que no han dado la talla. No porque no sean personas con calidades para hacerlo, sino porque la coyuntura es más exigente de lo que les parece a ellos. Se necesita más grandeza. Se requiere superar infantilismos y urge poner la modestia y la humildad al comando del sentido del Partido Verde. Las vanidades de Mockus, las veleidades burocráticas de Lucho Garzón y las equivocaciones tácticas de Enrique Peñalosa, sumadas a la ausencia estéril de Sergio fajardo han dejado a la Ola Verde y a su partido sin norte.

Es necesario que se depongan personalismos y egos para que se pueda pensar en que regrese Mockus, con la condición de que no sea candidato, porque nadie duda de que es un valioso académico, magnifico político pero pésimo candidato a nivel nacional; que Peñalosa no sea candidato porque siendo juicioso, técnico serio y antipolítico nadie sabe por qué resulta tan mal candidato; que Lucho no sea candidato porque aunque es el que mejor sabe manejar el discurso social es al que menos lo favorecen los medios por cuenta de su sobradez pueblerina. Nos queda Sergio Fajardo, que ha demostrado que es mejor candidato y que tiene agallas para derrotar maquinarias, pero quien desafortunadamente no está en esa carrera.

Aunque no sea como candidato lo que si se hace urgente es que Fajardo asuma un rol determinante en el partido, no solo porque sería un excelente puente para el retorno de Antanas, sino que bajaría el tono a las aspiraciones individualistas. Fajardo, sin mesianismos, es el llamado a volver a reanimar esa Ola Verde, a buscar la unidad a partir de reconocer los errores del pasado. Es el hombre que tiene el suficiente carisma y credibilidad para volver a las oleadas de optimismo reformador. No hay que avergonzarse porque no se haya tenido en el verde un pasado glorioso desde el punto de vista ambiental o ecológico. Esas son tareas con las que hay que ponerse al día, y la voluntad ética lo facilita.

Porque lo que tiene que quedar claro es que ser verde pasa por ser progresista, de izquierda, o democrático, social o con una férrea ética de lo público. Ser verde es pensar ecológicamente no solo desde un nicho naturocéntrico, sino humano y sostenible. Y de eso hay de sobra en la Ola Verde. Más ahora que la izquierda está enferma. Petro esta intensivo en sus cuidados. Angelino con sus encrucijadas del alma y ambivalencias en su corazón. Navarro con un pie por fuera del establecimiento y el Polo con ganas de volver a dividirse, gracias a las marchas patrióticas y a las juventudes patrióticas. Se requiere que Fajardo haya sido juicioso con las terapias de su cadera de manera que pueda pararse bien en ambas piernas con el equilibrio que necesita esa multitud verde huérfana de dirigencia y de mentes centradas.

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