La indolencia de algunos colombianos

8 de julio del 2016

Luchar para integrar a la sociedad colombiana es la tarea.

Produce verdadero dolor de patria saber que hay un grupo de colombianos y entre esos algunos muy importantes que están apostando sus restos para buscar por todos los medios conocidos, que no se llegue a feliz puerto en los esfuerzos por la Paz y la Reconciliación que viene impulsando el Presidente Santos, y más bien, luchan desveladamente para que la guerra con las FARC, se reactive nuevamente y vuelvan las noticias de antes que hablaban de asesinatos, emboscadas, ataques, violencia total, orfandad, viudez y muerte por doquier, ignorando que ha bajado hasta la increíble suma de cero homicidios. No he encontrado otro termino que mejor defina esta grave actitud que la indolencia y ésta según la Real Academia es “la incapacidad de conmoverse o sentirse afectado por algo”.

Cómo puede un grupo académicamente estructurado, cuyos integrantes tuvieron la posibilidad de cursar años de estudios en universidades prestigiosas, hoy comportarse de esta forma tan indolente, que poco o más bien nada les conmueve los avances vistos en la práctica y prefieran el regreso a la grave situación anterior que padeció nuestro país, quieren que nos hundiéramos más y más en el fango de esta guerra interminable y fratricida. Repasemos las cifras de los que nos está ocurriendo. Veamos algunos casos:

Según el economista Carlos José Herrera, investigador del Grupo Centro de dialogo social, alertas tempranas y solución de conflictos – CEDISCO -, que dirige el exministro José Noé Ríos, el impacto social de la guerra ha originado una ola tan grande de desplazados, cifra que llega casi a los 8.OOO.OOO de víctimas, es decir, el 17% de nuestra población total se encuentra en condición de desplazamiento. Esta cifra nos coloca en un deshonroso primer puesto a nivel mundial y los siguientes datos así lo atestiguan. Sudan, país africano, en la guerra civil que vivió tuvo una cifra de desplazados de 2.700.000 víctimas. Sierra Leona, también país africano que vivió una cruenta confrontación fratricida reportó 2.000.000 de desplazados.

Contando con estas cifras podemos decir que la más alta corresponde a Colombia con casi 8.000.000 de desplazados y sigue en segundo lugar, Siria que suma 4.5 millones de desplazados y refugiados en países limítrofes. La cifra en Colombia era escalofriante antes de la firma de los Acuerdos de La Habana, cada 97 minutos se presentaba una nueva víctima por desplazamiento.

Pero no son solo estas escabrosas cifras donde vemos gráficamente el desastre. En el medio ambiente perdimos tres millones de hectáreas, es decir la mitad de todo el campo agrícola que nos suministra nuestra producción agrícola. El 87% de los cultivos ilícitos se producen en las áreas donde está radicada la confrontación armada. El 86% de la producción de oro proviene de extracciones ilícitas situadas en regiones donde el conflicto armado ha impuesto sus reales y donde el uso desmedido y sin control alguno del mercurio para su extracción, ha hechos daños irreparables para la naturaleza y todos los seres vivos incluidos los seres humanos, convirtiendo una zona de más de 1.500.000 hectáreas en totalmente degradadas.

La voladura terrorista de los oleoductos que conducen el petróleo hasta los puertos, en 35 años que lleva esta cruel agresión ha derramado un total de 4.100.000 barriles, superando 16 veces el famoso desastre del Exxon Valdez, que fue un derrame de petróleo provocado por el petrolero Exxon Valdez tras encallar el 24 de marzo de 1989 en Prince William Sound, Alaska, vertiendo 37.000 toneladas de hidrocarburo al mar.

Estas son solo cifras parciales para medir y sentir el profundo impacto que la violencia ha producido en la sociedad colombiana. Todo esto sin referenciar los profundos costos económicos y que según los estudios de expertos en el tema serían aproximadamente 160 billones de pesos perdidos en esta guerra y que corresponderían a lo logrado en 26 reformas tributaria. Estas altísimas cifras de dinero bien lo hubiéramos podido incluir en los presupuestos de salud, educación, fuente de trabajo y planes de inversión para el agro colombiano.

Todo esto, lo ganaremos con la firma de la Paz. Más recursos económicos irán a la educación primaria haciendo más segura y educada nuestra niñez, ira a los jóvenes, quienes podrán obtener un educación superior de altura que los haga mejores ciudadanos y los capacite para participar en el nuevo mundo de la investigación y la tecnología, convirtiendo al país en verdadero centro de desarrollo, producción industrial, agrícola, Paz y Reconciliación entre todos.

Luchar para integrar a la sociedad colombiana es la tarea. No podemos, bajo ninguna consideración, estimular la división con muros de odio social, racista o étnico. Hay que ganar hoy y para siempre la solidaridad, entendida como la actitud fraternal de ayuda, colaboración y acogimiento de la mano a los más desposeídos, quienes requieren de nuestra preocupación y atención. Solo así podremos construir la nueva sociedad humana que con tanta insistencia anhela los niños y los jóvenes, ansiosos por vivir un mundo diferente, lejos, muy lejos de la voracidad del capitalismo salvaje, destructor de conciencias y de pueblos ancestrales.

Por eso queremos aprovechar estos espacios para llamar fraternalmente a los que llamo “indolentes”, para decirles que no es el momento para el odio y las divisiones. El momento es para la unidad de la nación, para entonar juntos, cogidos de la mano, el Himno de la Alegría, “el canto alegre del que espera un nuevo día…en que los hombres volverán a ser hermanos”. Himno que tantos sueños y esperanzas ha despertado en todos los pueblos del mundo.

Ex. Embajador de Colombia en Europa.

Vice. Presidente del Comité Permanente por la Defensa de los DD.HH. – C.P.D.H.

6 de julio de 2016

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