La inmigración venezolana sólo en la medida de nuestras capacidades

2 de junio del 2019

Opinión de Fernando Fernández

La inmigración venezolana sólo en la medida de nuestras capacidades

Una enfermedad tiene más oportunidades de cura examinando cuidadosa y oportunamente sus síntomas; para, luego, a partir de estos, aplicar la medicina adecuada, antes de que la afección, o su germen, avance y se convierta en irreversible, sin posibilidad de remedio.

El caso venezolano fue desatendido, los síntomas, sin embargo, fueron claros desde el inicio del chavismo, pero fueron desestimados, a pesar de que sus consecuencias se advertían evidentes. Ahora el mal ha hecho metástasis, ha invadido hasta el tuétano las instituciones, impregnándolas de corrupción, ineptitud, mal manejo y escasa reversibilidad. A ojos de expertos se tardaría 2 o 3 generaciones para recuperar el nivel existente antes del nefasto ensayo comunista de Chávez, fielmente secundado por Maduro y su caterva de delincuentes.

Corresponde ahora a todos, a la comunidad internacional, y muy particularmente al vecindario venezolano zanjar el infausto bolivarianismo que condujo a ese próspero país a la ruina económica, social y moral. Incumbe crear, también, los mecanismos y salvaguardas para evitar el contagio, eliminando de raíz esa grave enfermedad para que no nos infecte y conduzca por la misma senda. Desatendiendo las voces maquilladas e imbuidas de discursos soterrados que buscan unificar el problema y arrastrarnos por el mismo desbarrancadero. Los síntomas los conocemos y las medicinas también. Extirpar los primeros y aplicar las segundas.

¿Quién no ha visto con tristeza y conmiseración la oleada de venezolanos limosneando en nuestras calles colombianas? Es para partírsele a uno el alma, sobre todo cuando recordamos que hace tan sólo veinte años ese país era coloso económico de América Latina y su nivel de vida hacía parte aspiracional del colombiano. Corresponde dar ayuda y contribuir solidariamente a ese pueblo que se dejó engañar con promesas populistas y engañosas (gran pleonasmo) y ahora paga duras consecuencias.

Mirar impasiblemente el mal ajeno no es correcto, pero perecer por el mal ajeno no es altruismo sino insensatez e irresponsabilidad. Dos ruinas en lugar de una sola. Una ayuda nunca puede proveerse más allá de sus propios límites so pena de sucumbir con quien se desea asistir. Entonces, ha de evaluarse en función de nuestros medios, mesurarse y sobre todo normatizar la cuantía de la contribución que podemos suministrar.

Ya es hora de calcular cuidadosamente a cuántos venezolanos estamos en medida de acoger en condiciones humanas y dignas, sin que nuestro escaso y precario nivel de vida –logrado con el ahínco de muchísimos años– sufra desmedidas consecuencias. Es hora de exigir una política gubernamental clara que controle ese nivel de inmigración legal e ilegal que pulula en nuestro país. No existe un inventario del número de venezolanos en nuestro país, se habla dubitativamente de tres millones; Colombia no está en medida de acoger esta enorme cantidad de migrantes sin afectar seriamente su economía y elevar drásticamente su nivel de desempleo. A este paso, comenzaremos a ver dentro de poco lo ya vivido por otros países en donde los nacionales se han visto privados de un empleo por favorecer el de un inmigrante no calificado. Estos odios que se generan hay que evitarlos, su causa-efecto es conocida, nos llegará de no tomar medidas.

Este fenómeno de inmigración a ultranza lo han experimentado ya los países del llamado primer mundo con resultados que ahora saltan a la vista y que se traducen en consecuencias indeseables de descontento de la población que acoge y de discriminación a los inmigrantes. Como estos gobiernos cerraron los ojos por años frente al problema, vemos ahora la aparición de contestatarios que exigen el acabar con esta inmigración, pero ya no lo hacen de buena manera como debería ser, sino que, dado el descontrol y exageración, han fraguado sólidamente partidos de extrema derecha, soberanistas, nacionalistas y populistas que han ganado terreno en elecciones populares y ocupan ahora cargos gubernamentales o supranacionales. Partidos reprochables, nacidos de la ausencia de control, que predican directa o subrepticiamente hostilidades, aborrecimientos, xenofobia y racismo. Y lo hemos constatado en las recientes elecciones del parlamento europeo: un auge de estos fatídicos partidos políticos. En este malsano redil ya cayeron Francia, Italia, Inglaterra, Hungría, Austria, por sólo nombrar algunos. En Estados Unidos se ha venido viendo con Trump.

La no resolución de esta problemática es claro caldo de cultivo que conlleva a la instauración de estos movimientos políticos recalcitrantes. A mismas causas, mismas consecuencias, es una regla que poco falla, sobre todo en nuestro mundo globalizado. Colombia debe evitarse un deslizamiento hacia ultraderechas, resolviendo y controlando esta inmigración, que ya se presenta en demasía. El rechazo ya se advierte en la ciudadanía, es evidente el malestar; bastará que algún recién llegado u otro ya anclado haga suyas unas premisas extremas antiinmigración para que logre éxito en las urnas, así como ha ocurrido en Europa y Estados Unidos. Ese toro hay que tomarlo por los cuernos, sin silencios ni ausencias de legislación.

A menudo se menciona que en el pasado los colombianos emigraban a Venezuela y allí encontraban empleos porque este país, otrora opulento, tenía los medios de acoger una buena cantidad de personas, así ocurrió con españoles, italianos, argentinos y otras nacionalidades. Ha de aclararse que nuestros emigrantes colombianos fueron a trabajar duramente en labores manuales (servicio doméstico, obreros, talleres de mecánica, agricultura), esas que el venezolano no quería efectuar o no tenía conocimiento; más tarde profesionales colombianos, preparados en buenas universidades también vinieron a colaborar con ese país. En ningún momento Venezuela tuvo necesidad de crear centros de recepción, ni de incurrir en costos de sanidad especializados, como tampoco nuestros connacionales fueron a vivir de la mendicidad como es el caso con el sinnúmero de venezolanos que ahora llenan nuestras calles.

Bien sabido es que tratar este tema no es políticamente correcto, so pena de hacerse pasar por simpatizante de extrema derecha, aunque justamente se trate de lo contrario, de impedirlo. Mejor es, en todo caso, hacer advertencia que lamentarse posteriormente de haber permanecido en un silencio cómplice y negligente.

Entonces un gran a la cooperación, a la solidaria acogida de un número de inmigrantes venezolanos, pero, reiterémoslo, en la medida de nuestras posibilidades. Nuestro nivel de desempleo es alto y no podemos agrandarlo excesivamente en aras de una fraternidad mal entendida que atente contra nuestros conciudadanos. Si se quiere salvar al ahogado es apenas sensato evitar ahogarse uno mismo, no fenecer en el intento por falta de precaución. El mal venezolano no puede consumirnos también a nosotros.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO