La inmovilidad de las ciudades

3 de mayo del 2016

Si hay algo que genere la sensación de fracaso en las administraciones municipales es la incapacidad de solucionar los trancones. Es algo que molesta a todo el mundo, a quien va en su vehículo particular o a quien se apretuja por horas en un bus urbano. Gastar inútilmente horas valiosas del día en moverse de un lado a otro afecta a todo el mundo.

Este problema no se limita a Bogotá, como parecería por los informes que a diario nos llegan por los medios masivos. Hay trancones en Cali, donde las vías del sur han colapsado para desespero de quienes intentamos ingresar o salir de la ciudad. Hay trancones en Pereira, en Barranquilla, en Popayán, inclusive hay trancones en ciudades más pequeñas pero igualmente mal planeadas como Quibdó o Santander de Quilichao donde motos, carros y ventas ambulantes se pelean el espacio público y las escasas vías.

Para agravar las condiciones de las vías, los andenes están invadidos de los agáchese o ventas con todo tipo de chucherías o deteriorados de tal manera que son un peligro para los peatones. Es tan difícil andar por los andenes que no queda más remedio que inundar las calles y competir haciendo maromas con buses, motos y carros.

La solución a los problemas de movilidad son muchas, pero no son fáciles. No es algo que se deba dejar en manos solo de las oficinas de planeación de las ciudades, ni de la policía que de tanto en tanto hace redadas para decomisar mercancías de las ventas ambulantes. La solución involucra una buena planificación a largo plazo, decisiones valientes a corto plazo y cero corrupción, que aunque parezca mentira es lo que está en el fondo de la ocupación del espacio urbano.

A los alcaldes este tema les da pereza porque significa pisar muchos callos y meterse en problemas con todo el mundo y por eso toman mediditas a corto plazo y en pequeños sectores pero no se atreven a mirar el tema a fondo en sus planes de desarrollo y mucho menos se empeñan los cuatro años que tienen de mandato para cambiar la lógica urbanística, la cultura ciudadana y el interés comercial de tanto negociantes que no ven más allá de su billetera.

Es tan inútil la labor de los alcaldes en la solución de este problema mayor que tal vez sería el momentos de una intervención superior, por ejemplo una intervención desde los ministerios de vivienda, medio ambiente y desarrollo económico para establecer, en conjunto, condiciones viables y sostenibles a la movilidad urbana y no dejar solas en esta difícil tarea a las administraciones locales.

Priorizar el transporte público de buena calidad y respeto por los usuarios. Manejar alternativas como la bicicleta y los andenes despejados y seguros para peatones, castigar duramente a los comerciantes formales que se apropian de las vías y sobre todo abrir espacios públicos para el disfrute de la comunidad son políticas obvias pero inexistentes en la mayoría de los centros urbanos de Colombia. Aquí crecer significa amontonarse y llenar las pocas y malas vías de vehículos destartalados o carros privados y motos enloquecidas que no cumplen ninguna norma elemental de respeto o tránsito seguro.

Por supuesto podrán decir que hay otras prioridades como garantizar agua pura y alcantarillado o vivienda y trabajo. Todo eso es cierto pero la planificación urbana, la organización de lo que es de todo el mundo, lo público, es el escenario donde se educa a la ciudadanía para la convivencia. Es la verdadera escuela de ciudadanía y desde allí es desde donde podrían surgir mejores y más seguras ciudades. Lo demás son vivideros de mala muerte donde todo es permitido, la inseguridad, la contaminación y el cáncer de la corrupción.

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