La inutilidad de las castas reinantes

28 de julio del 2013

“La abdicación de don Juan Carlos se hace en el peor momento de su popularidad”.

La abdicación de don Juan Carlos, el monarca español, quien fuera nombrado por Franco para sucederlo, se hace en el peor momento de su popularidad. Es este acto de apariencia “noble” un balón de oxígeno para la monarquía ibérica. Un buen tiempo será empleado por el público –siempre ávido de golosinas más que de sinsabores políticos– en conocer los detalles protocolarios del nombramiento, la coronación, el lugar de residencia, la nueva familia, sus caprichos, las nuevas costumbres palaciegas y todo el ritual de superficie que tanto hipnotiza a los pueblos; olvidando el fondo: la necesidad o no de tener un rey a la cabeza de un Estado.

Traemos a colación un anterior artículo que aborda este tema y que tristemente es de lamentable vigencia.
Difícil es meterse en la cabeza que en pleno siglo XXI se siga pensando en reyes y reinas que gobiernen países, que representen naciones, que gocen de insólitos privilegios por el simple hecho de portar genes que por albur han heredado y que les han traspasado hemoglobinas azules, esas que por los tiempos que corren y a la luz de las azares históricos son más bien desteñidas, sin los índigos tan profundos que cacarean.

Es cierto que muchos de estos monarcas, así como sus familias, ya no son gobernantes en el sentido literal de la palabra; son representantes, símbolos, garantes de tradición y abolengo. Solo eso, ahora. Mejor dicho, y que no se me escuche allende los mares: zánganos, castas parasitarias, apéndices estorbosos del pasado que se preservan con un único objetivo palpable: procrear para dar continuidad al linaje, gastar dinero del Estado, ah, y generar asombros que hagan soñar mentes sencillas, rabiar a los pensantes y rugir a los contribuyentes conscientes de tal derroche e inutilidad.

Los expertos nos dirán que monarquías las hay de múltiples géneros (Constitucional, Federal, Absoluta,…); para los no expertos y poco o nada amigos de estos anacronismos con solo dos nos conformamos: la Representativa, es decir, esa en que sus miembros no hacen nada, y la Absoluta en donde estos autócratas lo hacen todo, intervienen con minucia en el Estado, lo usufructúan como su billetera personal y mandan en la vida de sus habitantes convertidos en vasallos de los que pueden disponer enteramente para bien o para mal.

Hay 29 naciones en el mundo que aún poseen este tipo de gobierno; no es complicado imaginarlo en países árabes, africanos o asiáticos, pero no en los occidentales europeos en donde “reina” la democracia y no un monarca obsoleto, lejos del pueblo y entregado al lujo y al glamour. Sin embargo, hay 10 países de Europa occidental (Bélgica, Dinamarca, España, Noruega, Holanda, Suecia, Inglaterra, Liechtenstein, Mónaco, Luxemburgo). El Vaticano es a menudo clasificado también como un reino con un trono no hereditario (por razones “obvias” de celibato institucional) sino adjudicado por “inspiración directa del Espíritu Santo”; idéntico a lo que preconizaban las monarquías en siglos anteriores: estas reinaban en nombre de dios y por su voluntad, por derecho divino.

Sorprendente que el viejo continente que se precia de tener las instituciones democráticas más modernas, elaboradas y maduras del planeta, tenga aún entre sus instituciones este tipo de antigualla. Si bien es cierto que Adolphe Thiers, historiador y político francés (Marsella, 1797-1877) nos ha advertido que “el rey reina pero no gobierna”.

Y ¿Entonces para qué sirven estas caducas majestades? Quienes las defienden se lanzan en grandes argumentaciones sobre la continuidad del Estado, la garantía de la democracia (quién lo dijera), la conservación de los valores y del patrimonio, y otras tantas razones que claramente pueden obtenerse sin monarquía, como lo han hecho la mayoría de países. La verdad monda y lironda es que estos personajes y sus familias permiten a un pueblo soñar, proyectar sus fantasías irrealizables, vivir por tercera persona aquello que nunca tendrán, rememorar las magnificencias de otrora, alimentar la imaginación, y fraguar utópicas esperanzas. Es una institución de orden aspiracional como dicen los mercadotecnistas; el pueblo vive y realiza sus ficciones y propensiones de grandeza a través de estos figurines.

Los privilegiados señorones de casta lo saben, y se prestan dichosos al show: despilfarran lujos, organizan viajes de ensueño, se emperifollan con ostentosos ropajes, se atavían de estrafalarias joyas, derrochan glamour, pasan vacaciones de ensueño, organizan solemnes banquetes, residen en suntuosas mansiones y castillos. El circo que reclama el pueblo se lo ofrecen con creces. Soñar, soñar… pero que en este caso sí le cuesta al contribuyente. El contraste se vuelve indignante en la medida en que en el mundo moderno es más difícil de ganar decentemente el pan, y que en cambio estos señores todo lo tienen, y no contentos con lo mucho que extraen legalmente a los Estados, incurren en excesos y hasta corrupción, como la en la actualidad se está dando en España; eso sin contar escándalos de sabanas, ominosos safaris, influencias indebidas y otros tantos desatinos que paga el contribuyente.

En tiempos de bonanza económica poco se miran estos “detalles”, pero cuando la crisis, el desempleo, la pérdida de poder adquisitivo y la carestía se ahonden y hacen mella en la población, entonces el ciudadano de a pie se interroga, se subleva y pide cuentas. Eso exactamente está ocurriendo en Europa, y las voces comienzan a alzarse exigiendo terminar con estos lastres inoficiosos. Y ciertamente compartirán las mismas conclusiones a las que llegaron otros países que extirparon ese insostenible método de gobierno. Francia lo eliminó hace ya dos siglos, y de manera violenta, guillotinando a sus reyes; el pueblo galo cambió abruptamente el sueño monárquico por el realismo republicano, que aunque difícil, mucho más equitativo y adecuado a las necesidades modernas.

Qué grotesco es ver por estos días, con insufrible frecuencia, entre los grandes titulares de los medios las noticias de la monarquía inglesa: que el bisnieto de la longeva reina está naciendo, que cuál será el sexo del soberano bebé, que cómo se llamará, que cuáles títulos de nobleza le corresponden, que si lloró, que si cacá real, que si pipí palaciego. Todo esto, mientras los ciudadanos se batallan difícilmente para conseguir sus necesidades básicas. ¿Cuánto le cuesta al Estado mantener este sueño de parejas idílicas, de malos símiles de cuentos infantiles, de cenicientas fabricadas, de príncipes azules con fondos oscuros, de princesas rubias de cosmética contrahecha, de bellas que ni sudan? ¿Hasta cuándo podrán estos costosos artilugios hacer olvidar que el sustento diario es cada vez más escaso y más espinoso de alcanzar?

En Colombia, por fortuna sólo tenemos reinas de mentirillas que exhiben sus esculturales cuerpos, pero, por fortuna, no tienen mas poder allá del de enardecer hormonas y alborotar libidos, o ¿Será que sin reconocerlo tenemos también monarquías hereditarias cuando constatamos que los hijos de nuestros políticos y gobernante también heredan los mismos oficios, prerrogativas y poderes?

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