La justicia se pifia con los niños abusados

14 de mayo del 2015

Los pervertidos que atentan contra los menores de edad se burlan de un establecimiento débil, incapaz, torpe y cómplice

Señala el diccionario de la Real Academia que pifia es un “error, descuido, paso o dicho desacertado”.

Renán Vega, dirigente de izquierda, consignó en el informe que elaboró para la Comisión Histórica del proceso de paz, que en Melgar (Tolima), contratistas de EE.UU., habían abusado sexualmente de 53 menores. Al ser preguntado de dónde salió el dato, el personaje admitió que “no recordaba”.

¡Qué pifia!, claro que el país ya se había rasgado las vestiduras, solo por unas horas, por esta información. Esa es otra pifia, en Colombia nos acostumbramos a lamentarnos, gritar de dolor por los tiempos de coyuntura, pero no se actúa a fondo ni por parte de las instituciones ni de la sociedad.

Un solo caso debería bastar para continuar volviendo hilachas el vestuario social, gritar de dolor y repudio. Ni un solo infante debería ser víctima de abuso sexual, reclutamiento forzado, castigo, sometido a jornadas infames de trabajo. Este listado no causa mayores escaramuzas, ni siquiera cuando los matan.

En un escalofriante reporte el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) revela que, al menos, 120 millones de niñas y jóvenes han padecido abuso sexual en todo el mundo, pero advierte que estos datos están por debajo de la realidad debido al silencio de las víctimas, a la complicidad de las sociedades o la creencia de que se trata de prácticas aceptables.

En Colombia, según documentos de la Fiscalía General de la Nación, diariamente 122 niños sufren algún tipo de abuso sexual. Solo en el primer trimestre de 2015 se recibieron once mil denuncias, pero las autoridades manifiestan que los casos que no se ventilan son innumerables.

Una realidad evidente en el tema de delitos sexuales, en general, es la dispersión de cifras. Esto lo confirma la Corporación  Excelencia en la Justicia que presentó la semana pasada los resultados de un estudio sobre el tema al Consejo Superior de la Judicatura.

Es un asunto crónico en nuestra sociedad que comienza con el escondido tema del incesto. Se trata de una tragedia silenciosa que carcome lo más profundo de la sociedad porque las víctimas quedan signadas para toda la vida y enfrentarán por sí mismas el dolor de su tragedia.

Cualquier acción violenta contra un niño es una afrenta a los derechos  de los menores, sin embargo las sociedades asisten pasivamente a tan abominables prácticas mientras el problema se agudiza.

Las fallas son de toda índole, comunidades sin educación ni acompañamiento del Estado que perpetúan el castigo, el abuso y el uso de la fuerza contra los menores.

No sé qué da más vergüenza, si el nivel de la infamia de los agresores (padres, madres, abuelos, tíos, primos, otros parientes, hermanos, jefes, sacerdotes, soldados, policías, viciosos y otros) o el entumecido colectivo que calla, se tapa los ojos o acepta esta vil y despreciable experiencia.

¿Qué han hecho los órganos legislativos para hacer contundente la presencia del Estado? ¿Cómo reaccionan los partidos políticos? ¿Qué hacen de fondo los jueces y fiscales? ¿Van los medios más allá del registro amarillento del suceso? ¿Dónde están los educadores? No los he visto marchar por esta calamidad. ¿Qué ha hecho cada uno de nosotros para evitar esta barbarie?

Los abusos y la violencia sexual contra niños y niñas se extiende en el marco del cacareado conflicto armado. Se minimiza el reclutamiento forzado de niños y niñas como factor inminente de riesgo para el abuso sexual. ¿Cuántos habrán sufrido por parte de las Farc, el ELN y las bandas criminales los más aterradores vejámenes? ¿Será que la Fiscalía General de la Nación se tapará los ojos y pedirá a la sociedad que estos hechos no se condenen? ¿Acudirá a la fastidiosa fórmula de comparar casos de violaciones y abusos sexuales de otros actores de la sociedad?

A este paso, el mal cometido por muchos contra miles de niños y niñas no solo será un subregistro, sino que esta práctica maldita seguirá como arma de dominación y poder.

Así la Corte Suprema de Justicia  o la Fiscalía de Luis Eduardo Montealegre Lynett absuelva a los jefes de las Farc, porque no tienen pruebas de que recluten menores de edad, el país lo ha visto y lo sabe.

En las montañas del Cauca los frentes guerrilleros tienen en sus filas a cientos de menores. Reportes periodísticos han enseñado que están en ese régimen porque son obligados, tanto ellos como sus padres, intimidados por las armas a hacer parte de una guerra que no es de ellos. Igual con las bandas criminales.

No nos hagamos los ciegos y tontos, un niño o una niña reclutados a los diez años tiene unas altísimas probabilidades de haber sido víctima de abuso sexual. Similar vergüenza causa el turismo sexual de Cartagena y otras regiones del país que involucra a menores como ‘gran atractivo para los extranjeros”.

En Chile se llama pifia al escarnio o mofa, pues bien, todo esto es una pifia por que los pervertidos que atentan contra los menores de edad se burlan de un establecimiento débil, incapaz, torpe y cómplice.

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