La lista de Uribe

22 de septiembre del 2013

Es derecha. Y de la dura. Así se presente como un inofensivo “Centro” para mimetizar su verdadera naturaleza política. Como la derecha aristocrática europea que se expresa políticamente a través del “partido popular”,  aunque de “popular” no tenga nada y sea heredera directa de la derecha franquista, como en España. Y así se apellide “democrático” […]

Es derecha. Y de la dura. Así se presente como un inofensivo “Centro” para mimetizar su verdadera naturaleza política. Como la derecha aristocrática europea que se expresa políticamente a través del “partido popular”,  aunque de “popular” no tenga nada y sea heredera directa de la derecha franquista, como en España. Y así se apellide “democrático” no puede ocultar que es un proyecto político autoritario y unipersonal con un único líder, dueño y señor.

Pero no deja de ser saludable que una derecha de esas características concurse en la arena política civil sin necesidad de acudir a la violencia. Tan saludable como si logramos que la izquierda dura actúe en la política colombiana sin combinar todas las formas de lucha. Las democracias contemporáneas consisten precisamente en la competencia de opciones de todo el arco del espectro político. Y el Uribismo, en el caso colombiano, representa uno de los polos de ese espectro. Defiende el valor de la autoridad como garantía del orden social, se opone a la negociación política con las guerrillas y promueve la confianza inversionista por encima de los derechos de los trabajadores. Y eso aquí y en la conchichina son valores de la derecha política. Y esas ideas tienen el legítimo derecho de competir por el respaldo ciudadano.

Por eso los cuestionamientos más razonables no están en el contenido del proyecto político que encarna el Expresidente Uribe. El asunto problemático está en los nombres que componen su lista al Senado. Las relaciones que algunos de ellos tienen con la parapolitica. Nos dirán que no existe el delito de sangre. Que nadie tiene porque responder por la responsabilidad penal de un familiar. Pero resulta que los clanes familiares operan como estructuras políticas y electorales. Que por lo general el candidato hereda los votos de su familia. Y en el caso de la parapolitica ello si que es una regla general. Igual ocurre con quienes han tenido vínculos directos o familiares con escándalos del anterior gobierno. Ello hace que los reparos éticos no se reduzcan solamente a la presencia de José Obdulio Gaviria en la lista que por lo visto encabezará el propio expresidente.

Seguramente habrá cuestionamientos al derroche de mesianismo y caudillismo que exhibe sin rubor el auto denominado “centro democrático”. Muchos critican que todo su proyecto político gire alrededor de la omnipresencia de su único líder. Que él todo lo resuelva y todo lo decida. Que sea su “gerente propietario”. Y tienen razón. Pero en ciertas democracias los Partidos gozan de autonomía para decidir que tanta democracia aplica para gobernar sus asuntos internos. Aunque hay sistemas políticos en el mundo que para garantizar la democracia exigen democracia en el funcionamiento de sus Partidos. Que asumen los Partidos como verdaderas escuelas de democracia.

La llegada de Álvaro Uribe y su gente al Congreso elevará la calidad del debate político. Sobre todo porque el parlamento que elegiremos en marzo próximo tendrá que construir la arquitectura institucional del postconflicto. Y allí deberá debatir esa agenda con los partidos de la Unidad Nacional, con el Polo y con fuerzas alternativas como los Verdes y Progresistas. Aunque primero tenga que pasar el examen ético de su lista.

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