La llaga

24 de septiembre del 2018

Por Miguel Gómez Martínez
migomahu@hotmail.com

Farc

Para los colombianos sin distingos de clase, género y edad, el Mono Jojoy es el símbolo de la maldad de las Farc. Su crueldad era legendaria. Por algo representaba el ala dura de una guerrilla dura. Secuestrador, asesino, cultivador de coca, torturador de los soldados prisioneros y hombre sin escrúpulos ni ley, murió en una impecable operación militar que combinó labores de inteligencia, infiltración y capacidad operacional aérea.

Su muerte generó un respiro de tranquilidad en la población que había sufrido por su crueldad. Que las Farc, hoy transformadas en una ambigua organización política cuya mayoría de sus miembros han regresado a la ilegalidad, decida hacerle un homenaje a este siniestro personaje, es el símbolo de lo mal negociado que fue el acuerdo de paz.

Las Farc saben que desafían a la sociedad con ese gesto y por ello lo hacen. Santos, al aceptarles todas sus peticiones, les dio estatus de legalidad e igualdad con las instituciones. Ello sienten que no tienen nada de qué arrepentirse, ni deben pedir perdón, mucho menos indemnizar a las víctimas de sus acciones terroristas. Por ello los escasos gestos de arrepentimiento los han hecho de forma confidencial, con grupos preseleccionados de sus víctimas, sin asumir en ningún caso la responsabilidad de haber sometido a los colombianos- todos ellos- a su régimen de terror y amenaza.

Que las Farc, que siguen relacionadas con el narcotráfico como lo confirma el caso de Santrich y los vínculos de sus “disidencias” con los carteles, desafíen a la opinión pública es la prueba fehaciente de su ausencia de compromiso con la reconciliación. Que los colombianos tengan que aceptar que un grupo de terroristas elevados a la condición de próceres y líderes políticos por un acuerdo que los colombianos rechazaron democráticamente, le hagan un homenaje público al más sanguinario de sus cabecillas es la prueba de la poca grandeza que ellos tienen.

El homenaje de las Farc al Mono Jojoy es la prueba de que la guerrilla cree que el acuerdo de paz les permite todo, incluso exaltar al símbolo de la violencia y la crueldad de su accionar en medio de una sociedad que espera todavía una señal de arrepentimiento de quienes son los principales beneficiados de una paz desequilibrada. Colombia es sin duda una sociedad muy tolerante, tal vez demasiado tolerante con quienes la han herido de forma sistemática y que hoy meten el dedo en la llaga de una herida todavía abierta.

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