La nobleza de la Anarquía

La nobleza de la Anarquía

21 de octubre del 2017

Cuando nos topamos con la palabra Anarquía, ipso facto se nos atraviesa la idea de desorden, confusión y caos, causados por ausencia de autoridad. Sin embargo, la palabra, o mejor la noción, encierra una semántica mucho más noble, que concierne ideales más elevados, tales como la instauración de una sociedad sin Estado, es decir una en donde la maduración intelectual de cada individuo es de tal nivel que no se necesita de una única cabeza que dirija a las demás. La libertad individual autogestionada por cada uno de sus ciudadanos lograría avanzar y edificar una sociedad libre y eficiente.

Imaginando un mundo así organizado, exhala uno hondos suspiros de fascinación, de ensueño, que rápida e irremediablemente nos los arrebata el ataque de amargura que produce el constatar la situación actual y el grado de responsabilidad necesario de cada individuo consigo mismo, con los demás y con el planeta, para que tal concepto funcione. Se entiende a la luz de un análisis corto porque esta teoría aplicada derivaría hacia el caos. Faltarán muchos años, siglos, eternidades para que nuestra especie pueda aspirar a tantas noblezas; una maduración social e intelectual –inexistente actualmente– y una necesidad de mucha más evolución darwiniana para entender y poder implementar tales grandezas, que de momento suenan a delirios, a quijotismos.

Que Corea del Norte planea explotar bombas atómicas sobre su vecindario y la lejanía. Mañana pienso. Que Irán planea hacer lo mismo. Mañana pienso. Que Venezuela trampea votaciones para instalar un anacrónico y dictatorial sistema comunista. Mañana pienso. Que un payaso se acuarteló en la presidencia de EE.UU. Mañana pienso. Que regresó el zarismo a Rusia con ínfulas de dominar el mundo. Mañana pienso. Que Cataluña desea destruir la unidad española lograda después de siglos de dura lucha. Mañana pienso. Que África sigue siendo explotada y se muere de hambre y enfermedad. Mañana pienso. Que la guerrilla colombiana se prepara para subir al poder con la complicidad del actual Presidente. Mañana pienso. Que se reparten Nobeles de paz al mejor postor. Mañana pienso. Que el mundo es cada vez más ignorante y se olvidó de la Ilustración. Mañana pienso. Que el fútbol y la superficialidad reinan en el intelecto contemporáneo. Mañana pienso. Que el terrorismo islámico está causando desastres permanentes. Mañana pienso. Que el populismo se volvió el único medio político comprensible por las masas. Mañana pienso. Que la democracia se pervirtió y se coinvirtió en un disfraz para justificar autoritarismos. Mañana pienso. Que la libertad individual es cada vez más asediada, a pesar de las teorías elaboradas que instruyen lo contrario. Mañana pienso. Que el daño que asestamos incontroladamente al medio ambiente planetario nos está dejando sin recursos de sobrevivencia. Mañana pienso. Que… Mañana pienso. La jaculatoria completa, tendiente a un sombrío infinito, sobrepasaría el espacio de cualquier escrito. Con tales y tantos acaecimientos se reafirman nuestras vacilaciones e incredulidades.

¿Podemos realmente aspirar a la hidalguía de la Anarquía? Para qué engañarnos, impera el infortunio de lo caótico. No estamos aún listos ni para convivir, ni siquiera hemos superado la bárbara idea de la imposición por la fuerza, andamos en ese lodo primigenio asfixiante y entorpecedor. Habremos de conformarnos y certificar el pensamiento de Nietzsche, quien sensatamente advertía que la realidad no es más que un enorme caos dinámico, un devenir de fuerzas en constante oposición; dudo que así la realidad se preste a Anarquías encumbradas o a sosiegos alentadores.

En espera de mejores días de progreso humanístico –si es que es posible– ¿en dónde refugiarnos para no desfallecer y sobrevivir a tanto descalabro? Ninguna respuesta se presenta plausible a presente, salvo acudir a paliativos, esos que no sanan, pero sí ocultan, adormecen y hacen creer que la cura ha sobrevenido.

Todo esto hace de nosotros, desconsoladas creaturas, un caldo de cultivo, una tierra bien abonada para los falsos profetas ante quienes hincarnos en búsqueda de sosiego, de protección, de amparo desesperado. Así, las religiones hacen su festín, han progresado más que nunca, pueden prometer sin tener que probar nada, sólo basta con empeñarles la razón, cambiarla por la fe; su idea de una vida mejor después del desastre presente se vende como crispetas en sala de cine. Logra uno entender a aquellos que desatienden razón y lógica para acogerse a divinidades: estas les procuran al menos un ilusorio sosiego, una esperanza irreflexiva, una promesa de alivio. ¿Acaso hay tiempo, educación y deseos de reflexionar? ¿Acaso la filosofía es un imperativo o aspiración de los pueblos? No, a lo sumo la simpleza de algunas frases de teología o de tradición impensada. Asimismo, los profetas políticos recolectan abundantes cosechas, los pueblos se les entregan buscando salvaguarda ante sus protectoras y artificiosas promesas. Como también los vendedores de armas capaces de grandes matanzas o de homicidios individuales hacen productivas ventas, están en ascenso vertiginoso porque cacarean protección inmediata. Estos y muchos otros profetas hacen sus negocios a expensas de nuestra tribulación. Mañana pienso.

En este contexto, cualquier desatino puede ocurrir, cualquier promesa de salvación es acogida; la ausencia de reflexión que produce la falta de entrenamiento en esta disciplina, la ignorancia extendida y el desespero de lo observado, ampliamente mediatizado, nos ponen en manos de quienes tienen por objetivo manipular, esos que no escatiman escrúpulos para enviarnos al desbarrancadero con tal de obtener réditos de dinero y poder, estamos en sus manos. Mañana pienso.

Aún no estamos listos para establecer en nuestro paraje terráqueo las noblezas de la Anarquía. Necesitamos aún de dirección, de un conductor, ojalá fuerte; de una injerencia salvífica; el requisito de la manada guiada y domada no nos abandona; necesitamos de manos providenciales o que se nos presenten como tales; la idea de un Mesías nos embriaga aún, y nos hace aptos para obedecer, para creer, para entregamos sin análisis o con muy poco. Nuestra desprotección y nuestro miedo es tal que capitulamos fácilmente, “Poco importa la botella con tal de conseguir la embriaguez” (“Qu´importe le flacon pourvu qu´on ait l´ivresse”) reza el dicho francés, bien avenido en estas circunstancias.

Y así, poco a poco, con cada postergación evasiva nos cae la terrible sentencia alegórica de Dante Alighieri: “Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que se mantienen neutrales en tiempos de crisis moral”. Mañana pienso.

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