La noche septembrina, una noche singular

21 de septiembre del 2019

Por: Ignacio Arizmendi Posada.

La noche septembrina, una noche singular

Es jueves 25 de septiembre de 1828. Su noche será una noche singular: el Libertador siente muy cerca, en Santa Fe de Bogotá, la altanería de las iras. Singularidad que tiene un origen peculiar y súbito en el mismo instante en que el capitán Benedicto Triana, militar comprometido en la conspiración contra Bolívar, se pasa de copas. La tensión nerviosa y la expectativa asombrosa de cuanto está acordado lo conducen a libar más allá de lo permitido a un conspirador: allí está él, con la lengua pronta, contando a un amigo de uniforme lo que viene, sin darse cuenta de que va a precipitar la ansiedad libertaria de los compañeros y jefes, unidos tras un mismo fin: apresar –es lo mínimo que se busca– al Padre de la Patria, presidente de la recién fundada nación.

Claro que Triana, con apellido de pregonero en las naves colombinas, es detenido, cosa simple en ese complejo tiempo de incidencias entre los fieles y los enemigos de Bolívar. La noticia llega a oídos de los conjurados y una decisión enciende sus venas: con Triana prisionero, hay que adelantar el golpe, evitar la delación y sus efectos demoledores, evadir la sorpresa. Mentira. Lo que llega es una cadena contundente de imprevistos.

La borrachera del capitán pasa y comienza otra: la de estos conspiradores, resueltos a todo. Es que el plan está concebido para desarrollarlo, mejor, ultimarlo unas noches más adelante. Y he aquí que la noche tiene que vivirse ya. ¡Ahora!

La excitación está en su máximo rigor. Pero es compleja, desconcertante. Lo pensado para ejecutarse con buen margen de tiempo ha de tener cumplimiento en pocas horas. Estamos delante de una noche singular, no lo olvidemos. Se sabe, por ejemplo, que el coronel Guerra, ganado para la causa, habrá de poner toda su influencia como jefe del estado mayor para que las guardias sean entregadas a los oficiales comprometidos, y los “septembrinos” penetren en los cuarteles y a Palacio sin dificultades. Por eso debe firmar las órdenes que redacte el comandante Carujo, uno de los líderes de la subversión.

“¿Dónde está Guerra?”, indagan, nerviosos, los presentes en casa de Vargas Tejada, el poeta. Nadie lo sabe. Varios ayudantes de estado mayor surcan las callejuelas de la capital, en la oscuridad misteriosa. “No lo hemos encontrado por ningún lugar”. Por supuesto: está en casa de Castillo y Rada, nada menos que presidente del Consejo de Ministros, fervoroso bolivariano, jugando a las cartas. ¡Un conspirador clave en aquel lugar, concentrado en la magia del tute!

Guerra ya no cuenta. La rabia y la ansiedad hacen mella en la casa del poeta. Los protagonistas deciden algo inverosímil: hacerse al Libertador, vivo o muerto. No pueden proponerse nada distinto. Están ciertos de que la noche esperada es esta y no otra. Si dudan, perecen.

El venezolano Carujo, firme y colérico, sale entre los primeros de donde Vargas Tejada. En su mano derecha, una espada y en su izquierda, una pistola. Espada y pistola sentidas con una energía desconocida, pero apropiada para dirigir un tiro mortal contra el coronel Fergusson, edecán de Bolívar, al hacer una pregunta ingenua: tan singular es la noche, que ni preguntarse se puede. Sucede en la Guardia Presidencial.

Por su parte, Horment, francés y aventurero, con una euforia ininterrumpida, va a más: puñal, espada y pistola. El encargo es terrible: asesinar al Libertador. Llega a Palacio. Da una estocada al centinela y se adentra con el delirio del crimen cometido. ¡Esto no es un simulacro, señores!, le hubiera gustado exclamar. Entramos a detener y transformar la historia. Para ello se habían distribuido decenas de botellas de aguardiente entre las tropas golpistas. El frío de la noche y el frío del espanto y la conjura les dan la bienvenida. No obstante, sus efectos poco duran: es momento de estar despiertos y corajudos. Es el imperio de la singularidad.

Por esto, ya en los espacios íntimos de Bolívar, en Palacio, alguien intenta pegarle a Manuelita Sáenz después de saberse que el Héroe ha huido. Es decir, que se ha fracasado. Por aquello mismo, el capitán Emigdio Briceño –luego general–, lleno de cuanto requiere la noche septembrina, le ordena a un subalterno que dispare contra el coronel Bolívar, que vigila al almirante Padilla, y una muerte más entra a formar parte de la demencia de quienes echan sus vidas por la ventana.

Llega un instante en el que cesa la loca singularidad. Las copas de más de Triana habían mostrado su fondo. El éxito, que parecía sonreírles, está al otro lado de la orilla: se ha esfumado. El Libertador sobrevive. Sus leales, luego de horas amargas y confusas, lo ven cabalgar hacia la plaza principal. Hay júbilo. Un júbilo que ablanda la carne y el alma. “¿Queréis matarme de gozo, acabando de verme próximo a morir de dolor?”, dice, enfermo y tembloroso, al recibir el saludo de los suyos.

Esa singular noche había muerto. ¿Y Bolívar? Descontaba el tiempo…

* Adaptado de Los presidentes, esos hombres…, de mi autoría. Intermedio Editores, Bogotá, 2015.

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