La novela en la democracia electrónica

8 de enero del 2012

Para Ramiro Sanchiz, Libertad de Jonathan Franzen, publicada en español por Salamandra, es una aproximación a la “gran novela americana”: da cuenta y ofrece un modelo a escala de la sociedad estadounidense o, mejor de su clase media. Es una obra representativa porque “construye” la historia de los años sesenta hasta los inicios del siglo […]

Para Ramiro Sanchiz, Libertad de Jonathan Franzen, publicada en español por Salamandra, es una aproximación a la “gran novela americana”: da cuenta y ofrece un modelo a escala de la sociedad estadounidense o, mejor de su clase media. Es una obra representativa porque “construye” la historia de los años sesenta hasta los inicios del siglo XXI, diseña el presente y vuelve legibles a nuestros contemporáneos hechos pasados acercándose a una épica nacional, a una novela “social”.

Franzen no cree en la vigencia de ese tipo de novela. Se lo pregunta desde 1990 cuando, por encargo del New York Times Magazine, investigó sobre la disminuida autoridad cultural de la novela norteamericana. Entrevistó a varios autores y produjo su ensayo “¿Para qué molestarse?”. Me di cuenta leyendo a Paula Fox que la novela social era obsoleta (me seguía preocupando lo que pasaba en el mundo, pero los métodos de la novela social ya no eran una opción viable) y que era posible realizar lo que deseaba hacía tiempo: habitar el mundo íntimo de los personajes, le confesó a Juan Gabriel Vásquez. Eso hizo.

Libertad seduce por “acceder a la vida interior de otras personas” en todos sus matices, algo “que solo la ficción puede dar. En la ficción podemos entrar en la mente de una persona y en seis palabras salir y entrar en la mente de otra”. Allí están Patty, Walter, Richard, Joey, Jessica, Connie y Lalitha con sus errores. Frustrados porque no lograron lo que la sociedad esperaba de cada uno. Fascinantes porque “aún no han aprendido a vivir”. Revelados con detalle en la autobiografía de Patty, escrita a solicitud de un psicoterapeuta para calmar sus depresiones, que articula toda la narración.

Zaga de la familia Berglund, compleja y ambiciosa, cimentada en dos triángulos amorosos: uno, el de las envidias mutuas y la amistad masculina: Patty, el ama de casa que fue brillante basquetbolista y aspiraba a realizarse como madre; Richard, músico rebelde y preservó su integridad artística, héroe de la contracultura y Walter, esposo de Patty, cuyos proyectos económicos y personales fracasan, empeñado en ser bondadoso, marido dedicado y ciudadano ejemplar. Walter era consciente de que “dentro de Patty había un vacío, y a él le había tocado en suerte hacer todo lo posible por llenarlo de amor. Existía en ella un débil asomo de esperanza que solo él podía salvaguardar. Y por tanto, aunque su situación era ya imposible y parecía más imposible a diario, no tenía más remedio que persistir”. Walter y sus actividades ecologistas marcadas (manchadas) por la política que muestran que el camino que ha tomado el mundo debido a la codicia de los países industrializados y ya no podrá enderezarse. En el otro triángulo, originado por el aburrimiento matrimonial, están Walter, Lalitha, joven ambientalista hindú, y Patty.

Vietnam y el hippismo, las izquierdas, la guerra fría, los años posteriores al 11-S, las guerras de Afganistán e Irak, Minnesota, California, Washington, New York, dinero, deportes, sexo, drogas, rock and roll, negocios turbios del hijo republicano, protección de especies amenazadas. El patriotismo gringo, el “We are number one”, desmoronados. La libertad que terminó por ser la libertad del mercado, no el anhelo de los americanos de elegir por ellos mismos. Libertad descafeinada vendida como mejor que cualquier utopía, que es lo máximo a lo que aspirar, el súmmum de lo que esta sociedad puede ofrecernos –rectifico: podría ofrecernos- dándole igual quien se quede por el camino, afirma Pepe Rodríguez.

Quizás para Franzen se llega a la libertad por la literatura o por la vocación del ser humano solitario, especie en extinción, en una democracia electrónica. “Quizás nadie ni nada causará el impacto devastador que provoca una noticia en vivo por televisión, pero la palabra sigue murmurando, la voz del hombre se sigue escuchando”.

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