La opinión “pública”: ¿un falso positivo?

23 de enero del 2011

Menos mal lo dijo hace rato sabiamente Adela Cortina en España. Una cosa es la opinión publicada y otra la opinión pública. Y alguna vez un columnista serio, debió ser Héctor Abad, dijo que opinar no se debe confundir con creer que se interpreta bien a la opinión pública. Para aterrizar, sinceramente creo que la opinión pública debería asumirse con responsabilidad de lo público. Sí los servicios públicos, los baños públicos, el espacio público, deben ser un bien común, por supuesto, la opinión de los columnistas debería inspirarse en y para ser un activo de lo público.

Pero como no hay un consenso para escoger, ni para elegir columnistas, pues estos no se deben a nadie, a ningún público. Hay unos que escriben bien, otros que hacen magníficos juegos literarios; los que simulan investigaciones periodísticas, pero definitivamente nada de eso garantiza que piensen en el bien público. No hay garantía de que estén bien de la cabeza, o de las emociones, que tengan sentido de la ponderación, o noción de justicia; que comprendan la hermenéutica jurídica o tengan un sentido ético de la vida, o de la ética de lo humano, de lo público o de lo social. No, eso resultaría un pensamiento muy complejo y se sabe que muchos de ellos son simples, en algunos casos simplistas, cuando no simplones.

En Colombia ser columnista es un privilegio que se gana por cualquier cosa menos por representar a un público, por ser la voz de un pueblo o de una sociedad civil, o siquiera de los no representados en el cuarto poder. No, por obra y gracia de algunos ancestros socioeconómicos, o de apellidos ilustres, o por ser populares, famosos o poderosos; por haber desempeñado un cargo público así sea de medio pelo, o en el mejor de los casos, por tener la capacidad de caricaturizar escribiendo, por resultar bueno para generar raiting, o incluso por ser fanático político o religioso, o pendenciero, puede terminar con una columna de opinión.

El hecho es que la opinión privada se confunde con la opinión pública en cuanto resulta publicada, para tratar de atreverme a desarrollar el concepto de la Cortina. Y esa opinión privada, que es libre y es un derecho constitucional, se disfraza de pública en muchos casos para violar otros derechos constitucionales, el del buen nombre, el de la honra, el de la intimidad, el derecho a disentir, etc. El columnista, amparado en el sagrado derecho a la libre expresión, se permite muchas veces difamar, calumniar, descalificar, o denigrar a quien se le antoje, según su estado emocional, sus fobias o incluso la rabia de algún amigo o intrigante de turno.

Sería mejor que se declararan voces aisladas, a veces cómicas, a veces criticas, a veces inteligentes, a veces ácidas y por qué no, a veces coincidentes con el sentir del público, momento en el que podrían ser altoparlantes de la opinión pública. Pero mientras tanto deberían ponerle un sello en sus columnas, como ese que tienen los cigarrillos o el licor sobre el perjuicio para la salud, así sea en letra pequeña o a mil revoluciones por segundo en radio, para que el lector y el oyente sepan que se trata de una visión personal y puede tener cierto sesgo subjetivo.

O puede convertirse el columnista en el portador de un falso positivo de la opinión. Al sumar hechos falsos con otros verdaderos, mirar desde sus desequilibrios y sus frustraciones y soltar una visión particular de los sucesos como si fuera una cosmovisión, se puede falsear la realidad. Y como lo escrito, escrito está y algún maquiavelista dijo calumniá, calumniá, que algo queda, pues se puede expandir una opinión privada hasta distorsionar al público. Y si tenemos en cuenta intereses, preferencias políticas, inclinaciones sexuales, resentimientos sociales o frustraciones económicas, pues el caldo de cultivo queda listo para hacer una verdadera sopa de letras que puede tener lectura, audiencia o raiting pero que no corresponda a la verdad que quiere conocer quien tiene el también sagrado derecho a estar bien informado.

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