¿Guerrra contra la droga o contra los negros?

20 de junio del 2011

La guerra más larga de los Estados Unidos no fue la de Vietnam ni tampoco es la de Afganistán, es la guerra contra las drogas. En efecto, el pasado 17 de junio se cumplieron 40 años del día en que el presidente Richard Nixon le dirigió al Congreso su Mensaje Especial sobre Abuso, Prevención y Control de Drogas, marcando el comienzo de la ofensiva nacional contra este huidizo enemigo.

“En 1960, se registraron menos de 200 muertes por narcóticos en la ciudad de Nueva York”, aseguraba en la misiva el entonces presidente. “En 1970, esta cifra ha ascendido por encima de mil”. Para Nixon, no se trataba de un problema aislado, exclusivo de la Gran Manzana. El uso de drogas se había propagado como una epidemia por todo el país y constituía, a su parecer, una “emergencia nacional”. Por fortuna, el mandatario contaba con un plan, a un coste algo superior a los 300 millones de dólares, que con absoluta seguridad conseguiría desactivar la crisis. “La cuestión no es tanto si podremos controlar o no el abuso de las drogas, sino cuándo”, sentenció el inefable Dick ( * en 2007 hubo 38.000 casos de sobredosis a nivel nacional).

Uno de los ejes de la nueva política sería el aumento de penas relacionadas con el porte y tráfico de estupefacientes, y la mayor discrecionalidad de los jueces a la hora de dictar sentencia, bajo el supuesto de que la comisión de este tipo de delitos sufriría una caída inversamente proporcional. Fue así como en menos de diez años, de 1972 a 1980, la población carcelaria de los Estados Unidos pasó de alrededor 350.000 reclusos a algo más de 500.000.

Cuesta trabajo imaginarlo ahora, en un país con más de un millón de prisiones, pero en la década de los setentas un buen número de investigadores y analistas cuestionaban la funcionalidad del sistema penitenciario, llegando incluso a predecir una reforma integral del modelo. Así quedó consignado en el informe de recomendaciones de la Comisión Asesora para la Justicia Criminal de 1973: “está demostrado que las prisiones y los reformatorios únicamente han conducido al fracaso. Hay evidencia más que suficiente para concluir que estas instituciones propician el crimen antes que prevenirlo”.

La iniciativa de Nixon, pues, no fue fruto de un consenso existente acerca de la mejor manera para enfrentar delitos como el tráfico de drogas. Sin embargo –y a pesar de los esfuerzos del presidente Jimmy Carter para dirigir el enfoque más hacia la esfera de la salud pública–, la Guerra contra las Drogas se convirtió en el grito de batalla de la mayoría de administraciones presidenciales desde Nixon hasta nuestros tiempos.

Así, por cuenta de unas penas cada vez más severas y de la concentración de las autoridades estadounidenses en los peones y el menudeo de la mercancía en lugar de los tinglados de los grandes mayoristas, hoy en día la población carcelaria de los Estados Unidos ronda los 2,3 millones de personas (una cifra que aumenta a 7,2 millones si se suman quienes están en libertad bajo fianza). Se estima que algo más de la mitad de ellas han caído presas por cometer crímenes relacionados con el narcotráfico.

Estados Unidos es el país del mundo que más personas encarcela, por encima incluso de China, que tiene 1,6 millones de prisioneros. Relativo a la población, el índice de reos aquí es de 743 por cada 100.000 habitantes, siete veces mayor que el de Francia (102 por cada 100mil hab) o Alemania (85 por cada 100mil hab), muy superior incluso al de Colombia (181 por cada 100mil hab), y sólo comparable con el de Rusia (568 por cada 100mil hab).

Pero lo que resulta aún más escandaloso es la altísima representación de las minorías afroamericanas entre los presidiarios de este país. Según Michelle Alexander, especialista en la materia, cerca de un tercio de los adultos jóvenes de raza negra está ‘en el sistema’ (o bien presos, o bien con libertad bajo fianza). Al interior de las ciudades, esta proporción aumenta a la mitad.

En su reciente libro The New Jim Crow, Alexander hace la equivalencia entre esa enorme población de presidiarios y expresidiarios que han perdido el derecho al voto y han sido excluidos de las redes de protección social ofrecidas por el estado (subsidio para estudio o para comprar casa), y el sistema de castas raciales que rigió en los estados del sur de los EE. UU. durante la primera parte del siglo XX, conocido como ‘Jim Crow’. “Hoy en día hay más Afro Americanos ‘en el sistema’ que había esclavos antes del comienzo de la Guerra Civil”, afirma la autora.

De los implicados en los 25.000 casos relacionados con narcóticos que circulan por el sistema federal de justicia gringo en un año, apenas el 25% son blancos. Este desequilibrio se hace más evidente cuando se tienen en cuenta las penas de los crímenes: los tiempos de sentencia por posesión de crack (una droga muy utilizada en los guetos afroamericanos del país) son hasta ocho veces más largos que aquellos por posesión de cocaína.

En el plano internacional, es evidente que la Guerra contra las Drogas ha ocasionado graves destrozos en la fibra social y la institucionalidad de países como México, Colombia o Guatemala. Adentro de la Unión, luego de cuarenta años de operaciones, un observador desprevenido podría confundir la Guerra contra las Drogas con una guerra contra los negros.

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