La patria boba e hipócrita

1 de febrero del 2016

En Colombia pasamos de la histeria a la risa, y de la felicidad a la tragedia.

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

No estoy de acuerdo con aquellos que dicen que Colombia es un país inviable. Para empezar, esto ni siquiera es un país: es un lugar en el mundo. Para ser una nación de verdad, falta mucha tela que cortar (probablemente ni siquiera nuestros nietos alcancen a ver tan necesaria transformación). Luego no puede ser inviable algo que no arranca todavía, pues es evidente que nos hemos quedado rezagados y estancados en todos los sentidos.

En Colombia todo es importante, pero nada es trascendental: pasamos de la histeria a la risa, y de la felicidad a la tragedia con una velocidad pasmosa. Si a un colombiano le pitan y lo cierran en la vía pública, lo más seguro es que el episodio termine con un muerto; pero si se roban REFICAR, venden ISAGEN o aumentan los impuestos hasta volverlos impagables, nadie dice nada: a lo sumo una pequeña protesta que dura lo que un merengue en la puerta de un colegio.

Aquí todo es al revés: mientras hay niños que mueren de hambre y sed, y secuestrados que no aparecen, el Gobierno se preocupa por perseguir y judicializar a un desadaptado que mató un oso; Electricaribe hace de las suyas, pero la atención se centra en una ridícula corona de Miss Universo; la economía está a punto de colapsar, pero a los medios le resulta más llamativo concentrarse en la “ramita de olivo” del renunciado Defensor del Pueblo.

Esta tierra es como un perro que da vueltas tratando de morder su propia cola. Pero no solo rayamos en la estupidez: somos, además, una sociedad hipócrita hasta los tuétanos. El episodio del Defensor del Pueblo es fiel ejemplo de lo que digo, y que quede claro: no tengo amistad y tampoco represento los intereses del doctor Otálora, pero lanzarlo a los lobos, como si fuera el causante de toda la desgracia nacional, me resulta injusto.

Hoy todos señalan y enjuician a Otálora, desconociendo las garantías mínimas del encartado en un proceso. Todos se creen dueños de la moral: los que meten cocaína, al tiempo que se llenan la boca atacando a los narcotraficantes; los que se roban el presupuesto público, pero ante las cámaras aparecen como adalides de la lucha anticorrupción; los que tienen amantes, pero posan para las revistas del corazón como hombres de familia; los que no salen del clóset y mantienen una doble vida y hasta aquellos que han usado las redes sociales para saciar los tórridos y fulgurantes deseos de la carne.

Las reglas de la experiencia nos demuestran que las personas se mandan fotos y frases sugestivas, una vez han consumado el idilio, no antes de empezarlo; en palabras castizas, un falo erguido no es el preludio de una relación; es, en el peor de los casos, el epílogo. A nadie le interesa conocer la verdad más allá de la poca información que hay, pero tampoco se quieren atender las explicaciones del inculpado, por una sencilla razón: Otálora es el chivo expiatorio que necesitamos por estos días, para lavar nuestras podridas conciencias.

Todo es una farsa repugnante. Este pedazo de tierra nunca será un país sino hasta que nos quitemos la máscara de la doble moral.

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