¿Cuál es la peor pesadilla de un azafato?

1 de junio del 2011

La peor pesadilla de un azafato

A las tripulaciones de los vuelos nos recogen en los hoteles más o menos dos horas antes de la salida programada de cada vuelo, dependiendo que tan lejos quede el aeropuerto del hotel en que nos estemos alojando. En esta ocasión, que les voy a contar, el viaje era un trayecto nuevo al Brasil desde Miami, ciudad a la que estábamos llegando desde Bogotá.

Una vez en nuestro hotel, me despedí de los compañeros dispuesto a acostarme temprano para aprovechar el día siguiente en compras y descansar antes del vuelo nocturno.

-¿Nos vemos mañana a las ocho?-  pregunté.

-Si a las 8 en punto. No esperamos a nadie. Nos vemos mañana a las ocho- me contestó Rigoberto, respuesta que con gestos y buenas noches confirmaron los otros azafatos.

Al otro día por la mañana me dediqué a hacer “shopping”, buscando encargos de mi esposa, cosa rara pues ella sabe que detesto hacer compras y odio cargar bultos y cajas de aeropuerto en aeropuerto, característica que con frecuencia atrae burlas y tomadura de pelo del resto de tripulantes que no entienden este desagrado por actividad tan común y necesaria en esta profesión.

Después de compras almorcé sin prisa una hamburguesa en Bayside mientras admiraba las turistas caminar por la bahía. Decidí regresar al hotel temprano para dormir una siesta y aguantar la noche despierto, asunto que me da muy duro.  Cuando entré al lobby del hotel sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal y me dio un mal presentimiento, seguramente el vuelo iba a ser pesado. Los botones me miraron con cierto aire de…no se, ¿intriga? y una sonrisita socarrona como de burla. Tonterías mías, pensé,  aun son las cuatro de la tarde y tengo tiempo de ir al gimnasio  y después dormir un rato antes de la recogida para el vuelo.

Tan pronto entré al cuarto a cambiarme de ropa,  noté la luz de mensajes pendientes en el teléfono parpadeando, mi instinto me indicó que efectivamente habían problemas; o el vuelo estaba retrasado, estaba cancelado o nos habían “re-rutiado” a otro vuelo.  Antes de tomar el auricular para oír los mensajes pendientes,  tocaron a la puerta. Cuando abrí me encontré con un grupo de hombres de seguridad rubios, lentes oscuros, mal encarados, con radio- teléfonos sonando y cada uno de tres metros de altura. Querían saber mi nombre y si estaba bien. Todo indicaba que algo fuera de lo normal había ocurrido, pero, ¿qué? Después de asegurarles a los gorilas que no había sufrido ningún daño y de mostrarles mi identificación, me indicaron que debía  llamar a mi oficina en el aeropuerto y se marcharon sin dar ninguna explicación. Mi ritmo cardiaco iba en aumento, algo estaba realmente mal, esto era muy poco usual.

Sin rodeos y con voz de asunto serio, mí en otros momentos simpática y locuaz jefe, quería saber donde había estado todo el día. En el “downtown” le respondí un poco sorprendido de la pregunta.

-¿Y porqué no estas en vuelo?- ella quiso saber.

-Pues, porque me recogen a las ocho y hasta ahora son las cuatro- le respondí con tono un poco altanero.

-Mire, mejor empaque su maleta y vengase de inmediato para el aeropuerto.- me respondió con tonito de…jefe. Y claro, ni de vainas iba a dejar que me hablaran de esa forma sin motivo alguno.

-En este momento iba para el gimnasio, ¿para qué me quiere por allá tan temprano?-

– ¡Para mandarlo a su casa!- me contesto ella enojada.

– ¿Por qué, pasó algo?- Le dije ahora si totalmente alarmado.

-Pues claro que sí.- me respondió en tono de resignación. – ¿¡No ve que su vuelo salió a las diez de la mañana y ya va llegando a Sao Paulo?!-

Hace 12 años mi vuelo salió a las 10 de la mañana para Sao Pablo y no a las 10 de la noche como yo creía. Afortunadamente sobreviví a la regañada y la rendida de descargos y la única consecuencia grave de todo ese asunto fue que hasta hoy en día los compañeros siempre tienen la precaución de aclararme en tono burlón y condescendiente si el vuelo en que estoy trabajando  es diurno o nocturno…siempre lo hacen…¡siempre!

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