La pista del alpiste

25 de enero del 2019

Opinión de Ignacio Arizmendi Posada

La pista del alpiste

Cada noche, a las diez, luego de comer, el célebre inventor serbio-estadounidense Nikola Tesla se levantaba de su mesa en el exclusivo Palm Room, del hotel Waldorf-Astoria, situado donde hoy se halla el Empire State, y tomaba las calles de Manhattan camino de su laboratorio. Antes de arribar, se desviaba hacia un pequeño parque y emitía un silbido suave, suficiente para provocar el aleteo de una paloma blanca con pintas grises, procedente de un edificio de la zona. Luego de que se posaba en su hombro, Tesla sacaba del bolsillo una bolsa de alpiste para su “amiga” (muchas veces repitió que las palomas eran sus “verdaderas amigas”), que lo comía en la mano del personaje. El animalito regresaba al nido y el genio, al laboratorio.

La historia, expuesta más extensamente en la estupenda biografía de Margaret Cheney sobre Tesla, da lugar a varias elucubraciones relacionadas con el tema de la paz, que ha vuelto a tomar vuelo en Colombia.

Una, que la paloma, que en esta elucubración puede representar la paz, se acercaba a Tesla –que sería Colombia– porque el sonido que este emitía no solo le era familiar, sino grato debido a que anunciaba, con certeza, la llegada de algo más grato: el alpiste, en medio de un alto grado de confianza de la paloma en el humano, en cuyo hombro se posaba y en cuya mano –y en ocasiones en su boca– tomaba el alimento.

Otra elucubración permite pensar que la paloma –la paz– le marcha a quien le ofrezca y garantice lo que más anhela, o al menos una de las cosas que más quiere, el alpiste, el alimento. Como si le dijera a Tesla, esto es, a Colombia, que ella, la paz, se acerca y se posa con tranquilidad en el país si quienes lo habitamos le proporcionamos el sustento deseado y no le hacemos daño.

Cualquier elucubración nos facilitaría concluir que para que la paz, la paloma, se asiente requiere sentir confianza en quien la llama; reconocer que el lenguaje empleado es el auténtico, que ya conoce, y no una imitación; que el alpiste ofrecido es el que le proporciona vida y placer, y que la relación con el humano es constructiva y compensatoria también para éste: al fin y al cabo, Tesla –el país– sentía un enorme gusto haciendo lo que hacía cada noche.

¿Cuál podría ser, entonces, el alpiste al que la paz le “jalaría” en Colombia? Dicho de otro modo, ¿cuál es el alpiste que los colombianos le ofreceríamos a la paz para que acepte estar de nuestro lado y estar a nuestro lado, comiendo de la mano y de la boca, si es necesario, y cuantas veces sea necesario? Y algo más, fundamental: ¿en qué medida somos de fiar para que aparezca y permanezca cuando la invitamos?

No todos entendemos lo mismo acerca de lo que es la paz en un país dado. Santos quiso convencernos de que la paz en Colombia era el fin de la guerra de las Farc y con las Farc. Y la cosa no resultó pese a las altas cuotas de alpiste que el gobierno les suministró y les sigue y seguirá suministrando. Y no resultó porque la paz es mucho más, mucho más, que un simple y complejo cese de hostilidades por parte de una organización criminal, así aduzca “el derecho a la guerra para establecer un sistema justo y bueno” (se lo creen ellos).

Podría decirse, a ojo de buen cubero, que la paz es aquel estado de continuo crecimiento y mejoramiento –en libertad, democracia y legalidad– del progreso, el bienestar, la justicia social, la equidad, la seguridad y otros valores de gran significado para la construcción y la conservación de la convivencia entre los colombianos. Por allí hay no pocas claves –muy difíciles, muy complejas– para elaborar el alpiste con el cual conseguiremos que la paloma actúe como queremos y se sienta a gusto por el resto del tiempo. Los ingredientes, claro está, tendrán que ser formidables de cara a lograr una convivencia satisfactoria y digna.

Sin embargo, el quid del asunto está en que no todos coincidimos en los ingredientes que debemos emplear para producir el alpiste, lo cual origina unas desavenencias de un tamaño tal, que algunos creen tener “derecho a la guerra” sucia para imponer sus ingredientes. Y así no hay silbido que valga.

INFLEXIÓN. Estará bien pararle bolas a Edison, para quien el noventa y nueve por ciento de la genialidad consistía “en prever qué cosas pueden no funcionar”.

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