La playa nudista

20 de julio del 2012

Me invitó un conocido a una playa nudista. Estaba buscando compañía desde hacía tiempo, pero todas las damas se habían negado. Aparentemente yo no soy una dama porque acepté, después de ver en internet que el calificativo que le aplican es “ropa opcional”, de manera que podía ir y no quitarme la ropa. Por si […]

Me invitó un conocido a una playa nudista. Estaba buscando compañía desde hacía tiempo, pero todas las damas se habían negado. Aparentemente yo no soy una dama porque acepté, después de ver en internet que el calificativo que le aplican es “ropa opcional”, de manera que podía ir y no quitarme la ropa. Por si acaso, de todas maneras, llevé un bikini.

La playa es muy cerca de la ciudad, sobre el río Columbia. Llegamos temprano por la mañana. Lo primero que veo es una pareja de mediana edad, por encima de los 60, caminando de la mano, totalmente en bola. A pesar de que sé a que vengo, el shock es total. No le miro las partes al tipo, me da vergüenza, pero me detallo a la mujer. Está afeitada allá abajo. Yo no. Todas las mujeres que están en bola, lo veré después, se afeitan.

Playa nudista

Mi amigo empieza los preparativos para tirarse al sol. Ha traído un rastrillo, una cubeta de plástico y un balde. Me dice que mi misión es no dejarlo olvidar del rastrillo y debo rastrillar una superficie de la playa. Sobre la arena limpia pone una inmensa tela de lona blanca. Arma una carpa que pone a la cabecera de la lona. Llena de agua la cubeta y el balde, no sin antes trazar un camino de arena mojada desde nuestro enclave hasta la orilla del río. La idea es que para pisar la tela debo limpiarme la arena en el balde, después pasar a la cubeta a acabar de limpiar los pies, y ahí si puedo entrar a su territorio, limpia de arena.

Mi amigo se ha quitado el vestido de baño y veo que se afeita todo el cuerpo. De pronto, de las malezas, surge su amigo Walter. Walter, con toda seguridad, morirá de melanoma. Está absolutamente tostado, pero de color rojo profundo, casi granate. Su piel parece de cuero. Walter también está afeitado. Walter también está empelota. Me pongo las gafas de sol para detallármelo. No es nada del otro mundo pero, eso sí, es un bobo.

Walter ha venido en misión especial. Son las diez de la mañana y quiere trabarse. Mi amigo Yared saca una pipa, una bolsa con yerba y una lupa. Para prender la pipa Yared usa la lupa para concentrar un rayo de sol. La marihuana se prende con un chasquido. Como hay viento, no se puede usar un encendedor. Yared ha optado entonces por energía solar. Walter y Yared se pasan la pipa. Cuando Walter inhala hace unos ruidos rarísimos y después tose.

A todas estas yo todavía tengo las dos piezas de mi vestido de baño. Hace mucho calor, entonces me saco la parte de arriba. Es primera vez que mis senos ven la luz del sol. Me aplico antisolar SPF 50 para no verme igual que una gorda que anda por ahí con las tetas enormes rojo sandía.

Playa nudista

Yared se prepara para tostarse al sol. Ha traído aceite de aguacate y debo aplicárselo en la espalda. Después lo esparce en todo su cuerpo, saca un pañuelo, se lo pone encima de las partes nobles y se echa al sol con su ipod. Me explica que sus partes ya están muy negras, no quiere que se bronceen más. Ya puedo descansar, no tengo que ponerle conversación a Yared, que igual no tiene nada que decir.

Ahora si me pongo a observar. Al lado nuestro hay un grupo de seis homosexuales, todos divinos, afeitados, rubios de ojos azules. De vez en cuando se van a corretear al río. Fuman cigarrillos como si fuera un pecado. Acá en la capital de los hippies es más aceptado fumar marihuana que tabaco. Hay parejas, señoras con perros, señores con cara de golfistas conversando a la orilla del río y uno que otro niño. La mayoría de las parejas son sesentonas. Hippies viejos como todos los habitantes de esta ciudad. La mayor parte de las mujeres tienen la misma pinta que yo, desnudas solo de la cintura para arriba. Las más feas están en pelota del todo.

A las doce del día Yared decide que ya ha recibido suficiente sol y se estira. Vamos a dar una caminada a lo largo de la orilla del río. Para qué contar lo que veo. Gente en pelota por todas partes, unos más gordos y feos que otros. Observo la variedad de los miembros de los hombres. Todos son distintos, pero en el fondo todos los hombres son iguales. Escudada por las enormes gafas de sol puedo clavar la mirada y escudriñar. La playa se extiende por millas y millas. Penes y pelotas. Senos y traseros. Están los consabidos jugadores de frisbee, pero desnudos. Volibol de playa en bola.

Cuando regresamos Yared saca otra vez su pipa y viene Walter corriendo. Yared invita a todos los vecinos a que se echen una papeada. Unos estudiantes le dan una cerveza en compensación. Minutos más tarde se enojan con él porque les echa agua helada en el río.

Detrás de mí hay una monótona conversación en español. Hay un hombre que no para de hablar, junto a una pareja. Están completamente vestidos. Han estado tomando cerveza todo el día y comiendo de una olla. Cuando pongo atención, noto el inconfundible acento paisa. Esta es la señal de que me tengo que ir, pero la próxima semana volveré a la playa nudista simplemente porque es más fácil parquear aquí que en la playa normal.

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