La podredumbre en el castillo de Elsinor

30 de septiembre del 2018

Por Fernando Fernández

La podredumbre en el castillo de Elsinor

“Un Hamlet para un mundo al límite:
una advertencia de la historia y
una petición de nuevas ideas para la nueva generación”.
Variety

El castillo de Elsinor en Dinamarca se nos ha vuelto un lugar mental que simboliza la podredumbre del mundo; ese en donde el conciliábulo de poder de un país trama truhanerías para sostenerse en el trono, al tiempo que urde veleidades y contraverdades que se comunican “eficiente” y edulcoradamente al pueblo que regenta. En versión moderna: el sitial desde donde se irradian engañifas de sofisticada comunicación que ha dado por llamarse “post-verdad”, es decir una exégesis acomodaticia de la verdad.

Ciertamente, así y claramente lo veía Shakespeare al tiempo que intuía su proliferación a futuro cuando creó la celebérrima pieza “Hamlet” que acaece en este castillo; en ella desarrolla esencialmente una trágica historia de manipulación organizada, mediante la cual denuncia marañas y alecciona sobre los desatinos y excesos del poder.

Cada vez que vemos, leemos o estudiamos “Hamlet”, la inmortal obra de Shakespeare –la más reconocida, junto con Romeo y Julieta–, algo nuevo nos atrae, siempre distintos constituyentes descubrimos. Una obra eterna, de frases cargadas de semántica misteriosa a veces y cuya interpretación se antoja diferente según las circunstancias y el momento en el cual nos embebamos en la obra.

Sin duda, Hamlet, príncipe de Dinamarca, el personaje central es quien marca la obra y por ende el de mayor sujeto de exploración, con su locura real o simulada, con sus amores incomprensibles, con su avidez de venganza y justicia, con sus celos maternos, con su afán de hacer reinar la verdad aguijoneado por el fantasma de su padre.

La tarea consiste en digerir cada una de sus intervenciones, descubrir sus silencios, sus frases por momentos enigmáticas, por momentos crueles, descorazonadas, pero en todo caso llenas de posibilidad de análisis y de gran vigencia en nuestro mundo contemporáneo. Cómo no recordar la más famosa y conocida de su discurso: “Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Sufrir los golpes y los dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra un mar de calamidades, y, haciéndoles frente, acabar con ellas?”

Cuando nos enfrentamos a una nueva edición de Hamlet, nos importa sobremanera la novedad de la puesta en escena, su adaptación, sus actores y sus interpretaciones. Incansable y gustosamente repetimos el ejercicio. En general, el texto, descontando las adaptaciones libres, suele ser el inicial, el que nos legó el dramaturgo de Stratford-upon-Avon, el gran bardo. La versión del National Theatre Live de Londres que nos trae ahora Cine Colombia es de gran originalidad, actores rodados en muchas y grandes tablas y una puesta en escena contemporánea (música de Nat king Cole, trincheras de II Guerra Mundial, vestuario recordando a David Bowie…). Un espectáculo de aconsejada asistencia para veteranos de teatro, así como para quienes están en fase exploratoria. Cautivadora para todos los públicos.

A la cabeza del selecto elenco, en el rol de Hamlet, está Benedict Cumberbatch, quien a sus 42 años posee una inmensa lista de participaciones en prestigiosas producciones de teatro, televisión y cine. Intentar enumerarlas excedería los límites de este artículo. Baste, entonces, con citar: “La guerra de las rosas”, “Sherlock Holmes”, “Frankenstein”, “El código enigma”. Un extensísimo inventario, así como lo es el de sus premios y nominaciones.

En este soberbio “Hamlet” la británica Lyndsey Turner, su directora, nos exhibe una escenografía palaciega en la que el primer acto reluciente de esplendor finaliza impetuosamente con un vómito violeta que invade el escenario para convertirlo en escombros y desolaciones sobre los que se forjan los actos siguientes.

Una semántica escenográfica que alude las infamias y podredumbres que se urden en los centros de poder gubernamental, en los que hoy en día resultan menos importantes los hechos que se realizan en pro de los gobernados que la manera como estos son comunicados y tergiversados para ocultar los verdaderos propósitos.

En el pasado los hechos de los reinantes eran arbitrarios y obtenían alguna justificación en las características absolutistas de la época; hoy en día la implementación (o la esperanza) generalizada de la democracia ha puesto en desuso la expresión de autoritarismos de manera muy evidente, lo que ha dado auge al empleo de los comunicadores que con juegos de palabras y discursos eufemísticos intentan (¿logran?) ocultar las grandes verdades.

Ello vaticinaba Shakespeare cuando escenificó a la madre y tío de Hamlet ocultando la verdad del asesinato del padre de Hamlet. ¿Obtienen la debida punición los gobernantes que así actúan en el mundo moderno como sí se operó en el castillo de Elsinor? En pocos casos; en su mayoría, inmensa, la podredumbre permanece impune, incluso bien perfumada es elevada al rango de honor de lo loable. Nuestro país y sus recientes mermeladas son Elsinor revivido. La fatídica frase “Hay algo podrido en el estado de Dinamarca” nos es de gran actualidad.

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PD: Mis recomendaciones de asistencia a esta obra teatral presentada sólo en dos fechas (13 y 14 de octubre 2018) en las salas de Cine Colombia en varias ciudades del país.

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