A la puttanesca

Jue, 10/05/2012 - 01:01
Algo en común sí que tengo con Dania Londoño Suárez, además de su primer apellido que es el segundo mío, y es la jartera que nos da el que nos llamen por lo que s

Algo en común sí que tengo con Dania Londoño Suárez, además de su primer apellido que es el segundo mío, y es la jartera que nos da el que nos llamen por lo que somos. A ella le aterra que le digan puta y, a mí, que me digan gafufa. (“¡Gafufa malparida!” me gritó, hace poco, un motociclista en un semáforo. ¡Más gafufo será usted!, le contesté furiosa, comprobando que, a pesar de que me encantan las gafas, sigo con el rayón, adquirido en la niñez, de que la palabra “gafufa” es insultante. “Malparida” ni me mosquea).

Aunque, pensándolo mejor, tal vez tenga más en común con aquellas otras que, de carambola, mencionó en Kien&Ke el abogado, columnista, y archiconocido, Abelardo De La Espriella. Las que usan su cuerpo, por lo mismo que yo uso las gafas: por pura y física necesidad. Y digo de carambola porque si bien esas sufridas prostitutas del montón —que son casi todas— no llenan las condiciones para despertar el interés profesional de un penalista mediático, al menos sí pueden servirle como explicación anticipada y no pedida de su nuevo rol de ¿defensor?, ¿apoderado?, ¿manager? de la estrella recién llegada al mundo del espectáculo. Un mundo, fulgurante y perecedero, que levanta ídolos de la nada, los exprime hasta la última gota y los derriba sin miramientos, para comenzar otro ciclo, con otras caras y otros nombres.

Tanto Dania, como De La Espriella, están en todo el derecho de ejercer sus respectivas profesiones como a bien tengan. Pero, eso sí, que no den papaya pública. Dania, argumentando que eligió ser “dama de compañía”  para darle buen ejemplo a su hijo, y De La Espriella, argumentando que resolvió trabajar para ella porque es una pobre mujer estigmatizada por los doblemoralistas de este país.

No. Por ahí no va la cosa, señores. Para hacer lo que a ustedes les dé la gana, no tienen por qué hacernos sentir culpables a los que vivimos bajo distintos parámetros. Si bien es cierto que la doble moral se ha ido extendiendo como mancha de aceite, en todos los frentes y en todas partes, no encaja cuando se apela a ella para dorar la píldora. Me explico: ni la señorita Londoño Suárez es una madre soltera desvalida, ni el señor Abelardo es un hermanito de la caridad. Y tener claros estos dos puntos, es el punto. Conviene a ella, a él y a quienes, como yo, respetamos sus decisiones, pero no las compartimos y, mucho menos, las aplaudimos. Y opinamos sobre ellas solo porque ellos las han lanzado a los cuatro vientos.

Dicho lo anterior, y para llamar de una vez a las cosas por su nombre, hasta aquí contamos, entonces, con una puta (consultar el diccionario) que gusta de lujos, que gana entre uno y dos millones y medio por noche, que por vividora está dispuesta a lo que sea y que adora la palabra “famosa” —lo dijo en La W— porque le suena a dinero; con una señora Suárez que apoya a su hija porque —lo dijo en La W— al cobrar caro, se sabe valorar; con unos periodistas que abrieron el marcador, logrando lo que el servicio secreto norteamericano no pudo: ubicarla (y catapultarla a un jugoso cuarto de hora, que se constituye en una afrenta para millones de mujeres que ejercen el mismo oficio obligadas por las circunstancias de sus vidas duras y, también, para millones de mujeres que se ganan el sustento como esteticistas o como profesionales de cualquiera otra disciplina, con dignidad y esfuerzo).

Con un abogado que se olió una oportunidad de talla internacional, que no en vano ha sido llamada la prostituta más famosa del planeta; con unas revistas de desnudos femeninos que vieron en su abultado escote una empelotada de gran tiraje; con unas casas editoriales que se lamen los bigotes con el manjar de la historia no contada —que, al no tener testigos, podrá ser inventada, amañada, adornada— que saneará sus balances; con un hotel de cinco estrellas, ese sí, según parece, de doble moral, que hasta ahora no ha dicho ni mú.

Contamos, además, con una Cumbre millonaria, de cuyas enclenques conclusiones ya nadie se acuerda; con un Presidente anfitrión a quien el bajonazo en las encuestas lo puso a bailar champeta con el equipo de gobierno; con otro Presidente, el invitado especial, que si algún peligro corrió en Cartagena, fue gracias a un puñado de fanfarrones que llegaron de avanzada para velar por su seguridad. ¿O.K.?

Y, por último, contamos con un país y un mundo llenos de asuntos pendientes, que si nos empeñáramos en tratar de resolver con una mínima parte de la atención que le hemos prestado al affaire Dania, probablemente algún avance conseguiríamos.

(Ah, por cierto, los ingredientes para una Puttanesca de verdad, son: aceite de oliva, ajo, mucho ajo, anchoas, muchas anchoas, aceitunas negras, alcaparras, tomates en puré, pimienta, orégano, delantal, buena sazón y las gafas bien puestas, no sea que el resultado final sea una salsa echa a la putanesca).

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