La región en crónicas

17 de septiembre del 2016

Este género amplía su validez en el acartonado panorama de la literatura nacional.

opinion

La crónica, como género literario, nos depara momentos de gran emoción. Ahora que ha sido elevada a la categoría de Nobel, con el reconocimiento de la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich (1948), amplía su validez en el acartonado panorama de la literatura nacional.

Y es que la crónica debe ajustarse a la historia, pero en su desarrollo debe ser literaria, es decir, con una elaboración del lenguaje capaz de imponer el universo creíble de la verdad. A diferencia de la novela y cuento históricos, en los que la historia está matizada de ficción, la crónica no puede despojarse de los hechos. No puede darse el lujo de rellenar con imaginación los huecos que tiene la historia porque atentaría contra la verdad histórica. En cambio, en la narración literaria, así esté cargada de mentiras, lo que no puede hacer es atentar contra la verosimilitud so pena de ser una solemne payasada.

La crónica ha sido para Libaniel Marulanda (Calarcá, 1947) un cotidiano ejercicio literario. Su más reciente libro, “Momentos memorables de militancia musical”, editado dentro de la colección Biblioteca de Autores Quindianos, es una muestra fehaciente del buen uso del género para visibilizar aspectos culturales de su ciudad, la región y el mundo, de revivir épocas y descubrir falencias en el cambiante mundo de la música popular.

No es la primera vez que Libaniel recurre al género para hacer presencia con sus conocimientos y lucidez creativa. Ya en 2010 publicó “Crónicas quindianas”, una recopilación de columnas periodísticas donde despliega su conocimiento profundo de la región.

También ha dado muestras de sus capacidades narrativas con sus libros de cuentos “La luna ladra en Marcelia” (1995) y “Al son que canten cuento” (2007).

Momentos es una recopilación de crónicas publicadas en varios medios como El Espectador, La crónica del Quindío o el Diario del Otún. En ellas vuelven a estar presentes compositores e intérpretes que formaron generaciones como Daniel Santos, Carlos Gardel, Nelson Osorio Marín, los creadores de la canción protesta, entre otros, y cómo los contextos influyeron en su desarrollo o generaron, de alguna manera, la predilección y apego a determinado género musical.

Por tanto, ese volver a poner en escena la música popular de la segunda mitad del siglo XX con tanta viveza y conocimiento, es una enseñanza, adicional al goce enorme de su lectura.

Nuestras décadas aparecen ahí vivas, para reconocerlas con intensidad, de la mano de un guía sabio. Y no sólo revive el aroma de la música, sino también el aroma de la política y lo económico, porque ningún recuento histórico escapa a los contextos, como tampoco puede alejarse de la nostalgia. Y bastante carga de ella tiene el libro, más por cuenta del lector que de la escritura de este acucioso cronista quindiano.

El tango está lejos de ser un embeleco de viejitos nostálgicos; es una cultura que palpita al unísono con la cotidianidad de nuestros pasos”, nos dice, por ejemplo, en una de sus crónicas, escritas con lenguaje cotidiano pero puesto en un orden que hace deliciosa su lectura, que emociona y logra ese auténtico revivir de décadas pasadas, latente en el sentimiento de los colombianos.

Este libro de Libaniel, o Libanito como le decía Roberto Mancini, el tanguero que le inspiró la crónica de su participación como ejecutor del tango, es maravilloso, porque tiene tanto de nostalgia como de crítica aguda a la música popular actual y es una manera bien creativa de hacer visible una cultura musical cargada de poesía, hoy acorralada por la estridencia de la música comercial donde “aquello que no produzca plata las emisoras no la suenan”, concluye.

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