La sexualidad bautizada en vergüenza

21 de octubre del 2018

Una buena franja de la población continúa amordazando su sexualidad, sintiendo vergüenza de ella y repudio por quienes con desenfado expresan sus deseos o sus realizaciones eróticas. El disimulo de la voluptuosidad es la pauta de sus conductas; el sonrojo cubre tanto sus propios pensamientos, como la libre expresión de estos. Verse retratados en los […]

La sexualidad bautizada en vergüenza

Una buena franja de la población continúa amordazando su sexualidad, sintiendo vergüenza de ella y repudio por quienes con desenfado expresan sus deseos o sus realizaciones eróticas. El disimulo de la voluptuosidad es la pauta de sus conductas; el sonrojo cubre tanto sus propios pensamientos, como la libre expresión de estos. Verse retratados en los comentarios francos o en el actuar espontáneo de sus congéneres les es insoportable; atenta contra sus “principios”.

La pacatería de tantos ha convertido la sexualidad en perversidad; es mejor referirse a ella con eufemismos, de manera técnica o pseudocientífica para evitar el bochorno; lo explícito es políticamente incorrecto, indecente, de mal gusto. Es así como muchos confinan vergonzosamente sus afanes sexuales a la penumbra de sus escondites, mientras en público se sonrojan y algunos hasta predican en púlpitos lo contrario de sus actos. La sexualidad ha sido confinada a las mazmorras del deshonor y emparejada con la ignominia.

A ver, ¿cuántas personas expresan en un corrillo: “ayer estuve follando y que bien la pasé”? Es que trata de algo privado, personal, argüirán algunos para justificar su empacho; pero si esto fuera cierto por qué con libertad total y sin sonrojos pueden decir: “ayer conocí un magnífico restaurante y qué bien comí”. ¿Acaso no se trata de funciones necesarias y vitales del mismo calibre? ¿Por qué la sexualidad resulta clasificada en el rango del oprobio y la segunda en la del buen gusto gastronómico?

Es que en el fondo, se estableció que la sexualidad es inmoral, un tufillo de impudicia y obscenidad la acompaña en nuestro mundo contemporáneo tan impregnado aún de religiosidad.

Desear carnalmente a una persona y, mejor aún, retozarse sexualmente con ella es maravilloso; el placer de un orgasmo es difícilmente comparable en intensidad a cualquier otra actividad humana. A todas luces son preferibles estos actos voluptuosos que el propinar a nuestros congéneres acciones de violencia, de odio, de agresión o, más grave aún, causarles la muerte. Nuestra sociedad imbuida de premisas judeo-cristianas prefiere –sin confesarlo– las anteriores atrocidades al ejercicio de la sexualidad.

Por ejemplo, son consideradas inofensivas y por tanto permitidas las escenas de violencia en cine y televisión en donde la “ficción” permite acribillar a los humanos con todo tipo de sevicias y considerar esta barbarie como un acto inocuo comparado con un desnudo o una escena sexual. Es así que se observa con gran naturalidad a los héroes de pacotilla y fantasía matar a cuantos quieren, pero sería atentado a la moral que estos héroes de marras se desnudasen o se exhibiesen en actos lúbricos; esto sí les parece peligroso y por tanto objeto de ocultamiento y censura.

Y si la sola idea de expresión escueta de la sexualidad espanta a unos tantos, ni qué decir sobre las nuevas tendencias que controvierten la ortodoxia preponderante como son la poligamia, el poliamor, el sexo grupal, la transexualidad, la bisexualidad y la homosexualidad. Esta última que, a pesar de los avances, sigue siendo estigmatizada ya no tanto por las leyes sino por el prejuicio de la masa.

En nuestro entorno, la sociedad judeo-cristiana ha erigido arreciadas barreras para que expresiones más amplias de sexualidad no se establezcan y para ello esgrimen el principio de pecado, cancerbero atento, para reprimir cualquier desliz. Sin embargo, lo innato que entiende más a los humanos que aquellos que dictan las restrictivas normas, empuja a los individuos a prácticas que se realizan en secreto, al amparo de la observación y el juicio de los otros. Esto es exactamente doble moral, hipocresía, la que parece contentar una buena parte de la población. Orgasmos secretos, orgasmos de culpa, en lugar de francos, intensos y liberadores.

Bueno, es que no ha de olvidarse que en la mentalidad imperante y operante, el sexo tiene cierto olor de falta, de suciedad. Es algo que emana del pecado original y cuya esotérica culpa ha de espiarse. O sea, que el sexo es per se algo malo. Contra ello habrá de tomarse consciencia y acción: el sexo no es infausto en ninguna de sus formas, con tal de que este se practique entre personas libremente consintientes y se respeten las edades de maduración sexual. Ver un rostro inundado y radiante de placer en lugar de verlo aterido de temor: qué gran delectación, sobre todo si somos nosotros los “causantes”.

Cuanto tiempo pasará aún sin que muchos logren darse cuenta de que la libertad sexual y el pensamiento y comportamiento asociados no son la depravación que públicamente denuncian, sino que es uno de los mayores logros progresistas del desarrollo de nuestra contemporaneidad. Interviene considerablemente la iglesia para evitar el enaltecimiento que esto merece; o si no, mire usted, como proclama santos que han justamente fustigado este concepto libertario.

Con estupor ve uno como muy recientemente entronizaron a Paulo VI para veneración beatífica al lado de su dios; este señor que reprimió la sexualidad a través de la condena del control de natalidad, es decir que concedió a la sexualidad sólo la finalidad de procreación, alejándola del placer. Ah, y en contradicción flagrante este Papa, ahora santo, ha sido reiteradamente sindicado de homosexualidad, esa que tanto de boca reprobó. Algunos historiadores indican que tomó el nombre pontifical de “Paulo”, no del apóstol homónimo, sino de Paolo Carlini, un actor italiano que era su amante.

Suelo citar a Michel Onfray cuando abordo esta temática, y aquí no haré excepción, tres conceptos que se confunden adrede o por ignorancia, aunque para ser más benévolos por falta de reflexión: el Amor, el Sexo y la Procreación. Si bien pueden guardar una interrelación no están forzosamente ligados, ni la práctica de uno o dos de ellos implicar al tercero. El aventajado filósofo francés establece una buena distinción entre los tres conceptos; diferenciación que hace rabiar a los religiosos porque los consideran como una cadena intrínsecamente soldada y sin posibilidad de escogencia independiente de cualquiera de sus eslabones.

Dice el filósofo que si bien hay posibilidades de que la serie se realice en su totalidad, no es de obligatorio proceder. Añado yo, la escogencia de algunos de esos eslabones es igualmente satisfactoria y deseable, según las circunstancias y los individuos. La única obligatoriedad del ser humano debe ser la permanente búsqueda de un hedonismo que no altere los derechos de los demás; esa es la materialización de la utópica felicidad en la que neciamente tantos y tan infructuosamente se empeñan.

Las tres religiones mayoritarias han sido las causantes de la abominación y ostracismo a que se condenó la sexualidad; Grecia y Roma antiguas no tuvieron estos falsos pudores, tampoco nuestras culturas precolombinas. El puritanismo y rechazo de la sexualidad es fruto de la religiosidad imperante.

Razón tenía la contracultura hippie cuando sin tapujos predicó y practicó la libertad sexual, sacándola del ámbito privado y de la vergüenza y contraponiéndola a la violencia. Buen ejemplo, reflexión y tarea nos dejaron sus miembros.

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