“La Voz”

9 de junio del 2018

Por Ignacio Arizmendi Posada.

“La Voz”

A principios de los años 40 del siglo pasado, algunas de las calles neoyorquinas se colapsaban con miles de jovencitas “bobby soxers”, denominadas así por su falda larga colegial y los calcetines tobilleros blancos. Acudían para ver y oír, en los comienzos de su fama, a un apuesto y joven Frank Sinatra, “Ojos azules”, ante cuya presencia “milagrosa” se desmayaban como palomas hipnotizadas, lo que dio lugar al fenómeno Swoonatra (juego de palabras entre swoon, desmayarse, y Sinatra), en buena parte atribuido a los pliegues de la voz que ya perfilaba Sinatra. Desde ahí, los críticos empezaron a llamarlo “La Voz”.

Voz que no pasó en vano por la historia, si le creemos al original escritor español Manuel Vicent, quien, en su libro “Nadie muere la víspera”, sostiene, no sin socarronas intenciones, que “millones de personas deben su existencia a Frank Sinatra, magnífico canalla. Sus canciones hicieron que muchas parejas bailaran, se besaran, se amaran y que la gente se multiplicara”. (¿Será mi caso? ¿Será el suyo? ¡Vaya uno a saber!).

Estas cosas cayeron a mi cabeza oyendo a Gustavo Petro, uno de los dos candidatos presidenciales finalistas, a quien algunos parecen llamar ahora “La Voz”, de acento cundicaribeño, con ecos “swoonatrescos”, pues se dice que más de una sencilla señora de pueblo se ha desmayado al verlo, tocarlo y oírlo, sin descartar que también hayan perdido el sentido adolescentes de todos los géneros. Es que, según Yesid Arteta (Semana, 11 enero 2018), de la cuerda ideológica de Petro, éste “es quizá el único candidato que, contra viento y marea, despierta entusiasmo e ilusión entre millares de colombianos”. Algo así era lo que provocaba “La Voz” (“de terciopelo raído”) en los 40.

¿Cómo no va a despertar entusiasmo e ilusión, desmayos y asombros, si a lo largo de esta larga campaña la nueva voz ha estado dando unos conciertos en los que “canta” lo que sus seguidores desean escuchar? Ejemplos hay muchos, como esta composición, coqueta y sugestiva: “Pondremos en marcha las reformas para alcanzar una paz definitiva con equidad y libertad, reduciendo las distintas formas de desigualdad y de discriminación social. Para ello implementaremos un nuevo pacto social y político, con amplia participación de todos los sectores y ciudadanías, para superar definitivamente la guerra … para vencer la corrupción y procurar el buen vivir de todas y todos los colombianos”.

Y esta otra canción, de dientes de perla y labios de rubí: “Haremos de nuestro país un territorio socialmente justo, ambientalmente sano, sustentablemente productivo … Nuestro gobierno se orientará hacia la garantía plena de derechos y hacia el reconocimiento de nuestra diversidad poblacional, social y cultural. En esta vía, garantizaremos el derecho fundamental a la salud de manera universal y equitativa y a la educación de calidad, pluralista, universal y gratuita”.

Una más, insinuante y transgresora: “Implementaremos cambios profundos en el modelo económico, a fin de enfrentar la crisis ambiental. Dinamizaremos la economía mediante el fortalecimiento de la agricultura, la reindustrialización de sectores estratégicos, la transición hacia energías sustentables y la generación de cambio tecnológico”.

Incluso, para amenizar estas composiciones con salsa retórica, “La Voz” se ayuda de citas, a modo de blancas y negras, no de Marx, Lenin, Stalin, Castro o Chávez, como sería lo lógico, sino de López Pumarejo, Gaitán, Galán, Álvaro Gómez ¡y de “Suso”! Citas perfumadas por “la izquierda caviar”, a la que Petro enternece: “Tenemos el reto de convencer a la clase media colombiana de que la agenda de derecha es la que menos le conviene”.

Por todo ello, quizás, la revista Semana (3feb2018) también lo perfuma afirmando que “el país le reconoce su oratoria” y su condición de “hombre con una alta capacidad combativa, dialéctica y electoral”, que “siente que es un perseguido de los sectores tradicionales”.

Con esos y otros hits, ¿quién no se desmaya, así no tenga falda larga colegial ni calcetines tobilleros blancos? ¡Hasta alias “Popeye” caería desmadejado y jadeante!

Sin embargo, alguien podrá responder: “Todo lo que dice ‘La Voz’ me parece una maravilla” (a lo mejor Petro nació maduro, con dos dientes, como Luis XIV, de quien hablé en la columna de la semana pasada). Maravillas fue lo que le dijo al pueblo francés la voz de Lamartine durante la revolución francesa de 1848, año del “Manifiesto comunista”, cuando el pueblo, pensando en el paraíso, se fascinaba con las promesas de tal poeta. Lo recordaba François Sarcey, periodista galo del siglo XIX, al referirse al talante del líder de aquella especie de “Francia Humana” de entonces, cuyas frases invito a leer a continuación con calma y concentración:

“¡Cuántas sensaciones desconocidas, realmente deliciosas, despertaron en nuestros corazones las mágicas palabras de libertad y fraternidad y la nueva primavera de la República, nacida al calor de nuestros veinte años! ¡Con qué varonil alegría abrazábamos el soberbio y dulce símbolo de un pueblo de hermanos y de hombres libres! La nación entera sentía igual emoción y, como nosotros, bebía de la copa embriagadora. En inagotables raudales brotaba la miel de la elocuencia de los labios de un gran poeta [Lamartine], y el alma ingenua de la República creyó, de buena fe, que su verbo sería eficaz para remediar los males, suprimir los abusos y mitigar los dolores”. ¡Cáscaras!

¿Qué diría un abuelo antioqueño? “De eso tan güeno no dan tanto”. Con toda razón.

Cada quien que me honre con su lectura saque sus conclusiones. El señor que esto escribe, sin poesía y calcetines tobilleros, ya tiene una: el voto es por Duque.

INFLEXIÓN. ¿El alma ingenua de la República creerá, de buena fe, que “La Voz” cundicaribeña será eficaz para remediar los males, suprimir los abusos y mitigar los dolores?

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