Revelaciones de una trabajadora sexual

20 de mayo del 2011

Actualmente trabajo en una de las universidades más progresivas que pueden encontrarse en la ciudad de Nueva York, The New School. Prueba de esto es la clase de eventos que la universidad patrocina, como por ejemplo uno que ayudé a coordinar hace más o menos dos meses, Work Study: Sex Work and the New School Student, que traduce algo así como Trabajadores y estudiantes: Trabajadores sexuales y el estudiante de The New School. Había tres invitadas, dos mujeres que son profesoras en la universidad y una estudiante, también de la universidad. Las tres mujeres fueron trabajadoras sexuales mientras estudiaban, y en este evento su intención era ser francas y claras sobre el asunto. Estas son mujeres que no se avergüenzan ni se arrepienten de su pasado y sus experiencias en la industria del sexo. Son mujeres que han recibido una educación extraordinaria, son preparadas, intelectuales y muy poderosas. Son mujeres que inspiran respeto. Dos de ellas han publicado libros (memorias) con grandes editoriales y artículos en varios de los monstruos de revistas que salen de esta grandísima manzana. Son unos mujerones, son divinas y además son lienzos llenos de tatuajes, lo que sólo aumenta sus niveles de delicia.

El evento terminó y empezaron a salir de allí una cantidad de mujeres que asumí eran trabajadoras sexuales o estaban relacionadas con la industria. Cuando vi a Justine pensé, ¿qué hace acá? Asumiendo, automáticamente, que no pertenecía, que no era posible. Nos abrazamos un rato largo, no nos veíamos hacía  mucho tiempo. Justine estaba radiante, tenía la piel de la cara limpia, impecable, provocaba acariciarla con la parte de afuera de los dedos. Tenía el pelo rubio, grueso, brillante y largo hasta donde estarían sus pezones. Y los ojos como jeringas, esos ojazos azules de Justine que odio admitir que me intimidan. Con la espalda perfectamente estirada se veía magnánima y serena al mismo tiempo. Justine, cuando la conocí era oruga y ahora es la mariposa más sencilla y la más bonita de todas.

-“Justine! ¿Qué haces tú acá?”-

-“Yo soy trabajadora sexual.”-, me dijo como si me estuviera

diciendo, “Soy de lous Estadous Unidous de Ame(r)ica.”

-“¿Hace cuánto tiempo eres trabajadora sexual?”-

-“Hace unos años ya…”-

-“¿Cuántos años, como así?”-

Cuando la conocí tenía 17 años. Yo estaba terminando mi pregrado en un college en Westchester, Nueva York, a menos de una hora de Manhattan. Justine era la novia de Jenny-Lou, una de mis roomates que en ese momento tenía unos 26 años, lo que hacía que su relación fuera ilegal. Justine vivía en un pueblito en el estado de Pennsylvania y manejaba casi tres horas de ida y otras tres de vuelta para visitar a Jenny-Lou en el campus del college. Allá llegaba a quedarse con ella todo el fin de semana, y solo salían del cuarto para comer e ir al baño.

Después de graduarme, la siguiente vez que vi a Justine ya se había graduado de college y vivía en Brooklyn. Mientras estaba en la universidad se vio corta de plata y empezó a trabajar como operadora telefónica sexual, y el tema de su tesis de grado fue un estudio que hizo sobre el tema. Cuando se fue a vivir a Nueva York, a pesar de haber encontrado un trabajo en una oficina, otra vez se vio corta de plata y empezó a buscar en internet una entrada de plata extra. Así fue que encontró, en Google, un anuncio en el que buscaban mujeres con experiencia para ejercer como trabajadoras sexuales en un calabozo. En los calabozos sexuales siempre están contratando.

Justine se vistió de negro, con un escote y se entaconó. Así llegó a que la entrevistaran en el calabozo y después de contarles sobre su experiencia como operadora sexual telefónica y sobre su tesis, le dieron el trabajo. Pasó a ser la única dominatrix del calabozo con sobrepeso, por ende, la única que recibía a los clientes buscando mujeres como ella. Pasó a ser parte del catálogo del calabozo ubicado en el Financial District en Manhattan.

El día que la llamaron para atender a su primer cliente, le preguntaron si tenía patines, y le pidieron que cruzara la calle a la farmacia de enfrente a comprar las uñas de acrílico más largas que pudiera encontrar. A Justine le pareció exagerado el asunto y no compró las más grandes que encontró. Cuando volvió al calabozo le dijeron que se devolviera a cambiarlas por las más largas, y terminó comprando unas de cuatro centímetros de largo. Después le probaron los tres pares de patines que tenían en el closet de los disfraces pero todos le quedaron chiquitos. Su primer cliente pidió una gordita rubia, llena de tatuajes, con uñas largas y en patines. Cuando Justine apareció con todo menos los patines, el cliente se enojó pero le dijo que por esa vez la perdonaba. Ya después se invirtieron los roles. El hombre la puso a arañarlo hasta que le sacara sangre, y Justine hizo lo que él le pidió. Después él le pidió que se arrodillara y empezara a rezarle a Dios y le preguntara si iba a haber otro genocidio judío. El hombre le contó que era Neo-Nazi, y que podía reconocer a los judíos a distancia, por el olor… Siguieron rezando.

Ha llegado a hacer cerca de mil dólares en una noche, que teniendo en cuenta sus tarifas no es de extrañar. Por cagarle encima a alguien cobra quinientos dólares, una meada vale doscientos dólares y si tiene la menstruación son trescientos. Cobra setecientos dólares, su tarifa más alta, por mostrar las tetas, ya sea levantando la camiseta rápidamente o quedándose sin ella durante el tiempo que dure la sesión. Con cada cliente, Justine puede demorarse entre veinte y cuarenta minutos, dependiendo de qué le pidan. Además de la tarifa acordada, le dejan propinas de hasta doscientos dólares. Ha tenido clientes aún más generosos. Tiene un viejito que cada tanto se mete a su wish list de Amazon.com y le compra cosas. Le ha regalado botas y corsets de cuero, fustas, cadenas y esposas, entre muchas otras cosas.

Justine es una dominatrix, sus clientes le pagan porque ella los reviente a fustazos, les saque sangre con las uñas, los cachetee, les camine por encima con tacones, los pellizque, los amarre, los queme, los patee, les clave agujas, les espiche las pelotas, cualquier cosa. Justine es una de las tantas reinas que tiene el sado-masoquismo, le pagan por satisfacer fantasías sexuales, pero no es una prostituta, porque no vende su cuerpo y jamás la tocan.

El sado-masoquismo tiene reglas muy claras y específicas. Las reglas del juego siempre son expuestas antes de que empiecen a jugar. Para jugar hay que conocer las reglas, de lo contrario no hay juego, porque no sería sado-masoquismo sino tortura, que no es lo mismo.

Igualmente hay reglas que hacen que esta actividad sea legal, son muchísimas reglas, y son tan complicadas como ridículas y hasta estúpidas. Por ejemplo, si Justine le toca los genitales a uno de sus clientes mas de tres segundos entonces es prostitución y por lo tanto ilegal. Estas reglas también son importantes, y aún más teniendo en cuenta que el cliente puede ser un policía encubierto.

Durante los primeros tres años Justine trabajó con el calabozo que la contrató, yendo cada vez que tenía un cliente que atender y trabajando dentro de sus instalaciones y dándoles una tajada de sus ganancias. Hoy en día trabaja sola, hace su propia publicidad, alquila el lugar donde trabaja y contrata seguridad. Ya tiene varios clientes frecuentes, gente con la que se ve los mismos días, a la misma hora siempre. También tiene clientes nuevos y con éstos es aún más cuidadosa. Cada veinte minutos le manda un mensaje de texto a la persona de seguridad quien la espera del otro lado de la puerta del cuarto donde esta trabajando. Tiene una palabra especial que si la grita quiere decir que esta en peligro. La gente que la cuida esta pendiente de ella y listos para entrar al cuarto en cualquier momento durante todo el tiempo que la puerta permanece cerrada.

Justine no le tiene miedo al Long Island Killer, porque dice que éste solamente mata prostitutas, pero sí es consciente del peligro que corre, y de cómo esta sobre-expuesta y vulnerable al ataque de cualquiera de los locos con los que se encierra a verlos sudar y sangrar. Le da miedo que cuando sale de trabajar pueda haber un cliente esperándola, eso sí le da miedo, pero es tanta la plata que está haciendo y tantos los sueños que esta plata patrocinará que el miedo no es tanto como para paralizarla. Para ella sus actividades sexuales fuera de su cama son un trabajo y como en teoría hace todo el mundo que tiene un trabajo, cuando llega a su casa no piensa en eso ni habla de ello. Está ahorrándose todo el sueldo que gana en su trabajo oficinero diurno, y del sueldo nocturno esconde una gran parte y con el resto paga todas sus cuentas. Justine no tiene un pelo de boba.

Mi querida Justine-ojos-de-grapadora es muy valiente y una de las mujeres más fuertes que conozco. A veces me pregunto qué tan inteligente será. Y todo el tiempo me pregunto exactamente qué es ser inteligente…

Twitter: @Vagina_Mayer

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