Las barras bravas de la justicia

Jue, 29/03/2012 - 01:00
Es muy triste. Lo relacionado con el llamado Caso Colmenares es muy triste. Sobre todo porque a fuerza de retorcerle el pescuezo al tema, quienes lo utilizan como cabal

Es muy triste. Lo relacionado con el llamado Caso Colmenares es muy triste. Sobre todo porque a fuerza de retorcerle el pescuezo al tema, quienes lo utilizan como caballito de batalla le han ido robando identidad al protagonista de manera tan persistente como los hombres grises robaban tiempo a los demás, en la novela Momo de Michael Ende. Ellos lo hacían para seguir viviendo. Estos, para seguir vendiendo. Celos, traiciones, noches malas de niños bien…, no le falta prenda al culebrón. Sólo la víctima principal, Luis Andrés Colmenares, conocido ahora como simplemente “Caso”. Muy triste.

Al igual que muchos colombianos, me enteré de la existencia de Luis Andrés (de Jessy, de Laura, de Cárdenas y de otros) cuando ya había dejado de existir, después de una celebración del Halloween de 2010 que comenzó en una discoteca de la Zona Rosa de Bogotá y terminó en un caño del Parque del Virrey. Y, al igual que muchos colombianos, me he conmovido con las circunstancias macabras –¿producto de un amanecer de brujas, esqueletos y fantasmas?– que rodearon su muerte y rodean su posmuerte; me he solidarizado con la pena de sus familiares y amigos; me he preguntado el porqué de la mediatización del caso; me he sorprendido con el interés minucioso de los noticieros, la feria de declaraciones de los abogados de las partes y la violencia verbal de los usuarios de las redes sociales.

A estas alturas, mejor dicho, no tengo claro si la intención inicial de unos padres sufrientes, de esclarecer los confusos hechos en los que estuvo involucrado y perdió la vida su hijo –estudiante de ingeniería industrial en la Universidad de los Andes–, en las narices de sus compañeros, está siendo utilizada a su amaño por reporteros en busca de rating y profesionales que libran un pulso público para saber cuál se alza con el trofeo de un veredicto que ha tenido en vilo al país y que, según se desprende de las afiebradas posiciones de los foristas, ya está cantado. Con argumentos convincentes, o sin ellos, la bandeja del morbo está servida y debidamente adobada por las peleas de los comensales: defensores, testigos, jueces, fiscales, grupos de apoyo.

Tal y como se ha ido soltando por capítulos esta historia, llena de suposiciones, contradicciones, silencios innecesarios, habladurías ídem, señalamientos, amenazas, la sensación que provoca en tantos colombianos que no tenemos ni idea de lo que en realidad sucedió, sobrepasa en mucho el legítimo derecho que tuvieron los señores Colmenares al pedir la reapertura de la investigación. A costa de su necesidad de llegar hasta las últimas consecuencias, se ha montado un espectáculo deplorable que no deja bien parados ni al periodismo ni al derecho. Aunque algunos se mesan los cabellos cada que alguien dice lo dicho.

En carta a El Espectador, el reconocido jurista Jaime Lombana se refiere a la “ofensa” que dos colaboradores de ese diario han proferido contra los jueces de Colombia y los medios de comunicación, al cuestionar en sus columnas los excesos en los que, según ellos, habrían incurrido periodistas amarillistas y abogados habladores, aludiendo, de manera directa al “Caso Colmenares”.

De Mauricio Botero no he leído nada, pero de Alejandro Gaviria sí leí un escrito sobre el tema hace algunas semanas, en el que mencionaba con nombre propio a los Jaimes: Lombana, apoderado de la familia Colmenares, y Granados, apoderado de Laura, una de las acusadas. Y al papel de megáfonos que varios medios estaban jugando con las teorías de ambos. Y, la verdad –ajena como estoy a cualquier motivación subyacente que pudiera haber tenido el autor–, me pareció un artículo franco y respetuoso. Y respetable, aun en el disenso.

Dice Lombana a Gaviria en su carta: “Su trasnochada tesis de la justicia espectáculo está totalmente revaluada por la teoría de la comunicación, y sólo demuestra su desconfianza a la capacidad valorativa no sólo de la opinión pública sino, lo que es más ofensivo, de la ponderación e independencia de nuestros jueces”. ¿Revaluada? Porque en la teoría de la comunicación nos enseñan que la opinión pública es cambiante y, por eso, los periodistas debemos hilar delgadito cuando tenemos entre manos informaciones que exacerban emociones. No podemos fungir de jueces. Ni los jueces, supongo, pueden fungir de periodistas. Ni nos corresponde la tarea, a ninguno de los dos, de entretener al pueblo con pan y circo –que para eso andan por ahí montones de políticos–, ni al pueblo corresponde la de linchar. Qué rollo.

Al margen, pues, de discusiones bizantinas, solo quería anotar que, si bien me ha conmocionado la dolorosa historia de Luis Andrés Colmenares, me aterroriza el mercadeo que se ha hecho de la misma. Y me atormentan los miles de muertos anónimos que no han merecido una palabra ni de la opinión pública, ni de los medios, ni de los penalistas. Ni mucho menos de las barras bravas, sobradas en diligencia cuando de clamar venganza se trata.

¿Justicia a secas? Pocón, pocón.

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