Las detestables listas

Las detestables listas

8 de enero del 2017

Atrevida, por decir lo menos, resulta ser la actitud de quienes elaboran listas para ponderar lo más destacado del año que termina, en cualquier actividad humana, y al hacerlo establecen categorías de lo mejor dentro de ese conjunto del que surge su selección.

Atrevida por lo excluyente, con visos de la arrogancia que produce el sentirse respaldados por los medios de comunicación, porque rompe de tajo la armonía creadora del conjunto de esa actividad que muchas veces demuestra ser superior a la simple selección de unos pocos representantes.

Y más atrevida y excluyente resulta ser esa actitud cuando se trata de resaltar un producto de la actividad creadora y, en especial de la literatura, como lo es el libro. Las listas de las mejores novelas publicadas durante el año inmediatamente anterior, por ejemplo, tan recurrente en los balances de año que elaboran los medios en su afán noticioso.

Desalentadora, además. No me explico cómo alguien pueda minimizar tanto los libros publicados en un contexto tan amplio como el área idiomática española y en un tiempo tan poco significativo como un año.

Tal vez eso haga parte de la lógica del capital aplicado a la cultura. Se nota la mano de las grandes editoriales que imponen lo suyo porque pagan la divulgación y la publicidad de sus productos en una actitud más comercial que estética, aunque refleje la dinámica que le corresponde a una actividad industrial y comercial como la editorial. Y desnuda la condición de los medios que carecen de independencia y su dilema de subsistir en un país apático a la lectura, ignorante, además, proclive al “dejar hacer”.

Como es natural el centralismo aberrante en el que vivimos se hace notorio en estos balances cuando lo producido en las regiones y en editoriales de provincia poco o nada tienen que ver en esos exuberantes balances pretendidamente categóricos y sabiamente elaborados por los críticos y reseñistas de la capital.

Para esos encomiables críticos, quienes producimos nuestras obras desde nuestras regiones somos mediocres, jamás hemos escrito algo que valga la pena, nada que tenga el acierto necesario para pertenecer al conocido e irrompible círculo de la capital. Nada que les produzca dinero.

Parece ser que para ellos el país nace en la Plaza de Bolívar de Bogotá y se extingue en sus periferias.

De lo externo prevalecen las traducciones. Poco o nada de América Latina. Nada o casi poco de nuestro atormentado, aunque esperanzado país, salvo los elegidos por las multinacionales.

No debemos olvidar que ignorar es otra forma de perseguir. Así que esa forma de desconocer el rico acervo bibliográfico de las regiones (de Colombia y del continente) es parte de esa violencia silenciosa y soterrada con la que se maneja nuestro país.

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