Las lecciones que deja un accidente de tránsito

16 de julio del 2014

“No me volví un cristiano fervoroso, pero reconozco que me convertí en una persona más consciente.”

No importa si soy religioso o ateo porque todos debemos ser agradecidos con la vida que se consume. Seis meses después de que casi me matan en un accidente de tránsito, hoy respondo con una venia al universo.

Siempre hay una tragedia peor que otra. Esta vida al final es un cúmulo de casualidades. Al destino se llega por las decisiones que mal y bien tomamos. No busco razones divinas donde no existen. A mí me tocó esta vez la horrible noche: soportar la imprudencia de un joven que se llama Camilo Andrés Nariño Trespalacios. Le pudo pasar a otro, pero fui yo el que fue embestido por su Mercedes Benz a toda velocidad.

De eso ya escribí, de eso ya me desahogué. En el presente contemplo otro panorama. Advierto que no me volví un cristiano fervoroso, pero sí reconozco que me convertí en una persona más consciente y agradecida.

Cada vez que recuerdo que no pude moverme durante varias semanas, que temí no volver a caminar, que para orinar una enfermera debía meterme una sonda, que para bañarme necesitaba ayuda, que lloraba del dolor a pesar de mucha morfina, que para comer alguien tenía que paladearme y muchas otras penas, solo puedo pensar ahora en mi fortuna, una fortuna que tal vez muchos no entiendan fácilmente porque nadie llamaría fortuna semejante situación. Mucho menos cuando incluso hoy sigue el dolor, la medicina y el cojeo.

Las lecciones que quedan de un accidente, como de una tragedia, son muchas. Las físicas son evidentes y las emocionales, también. Ahora que estoy mejor me persigno cuando veo a una persona en silla de ruedas o sin piernas. A veces me persigno si estoy feliz. Antes solo lo hacía cuando pasaba por un cementerio o una iglesia.

Soy otro y no solo por las cicatrices en mi cara y el cuerpo. En este tiempo, como nunca antes, pude imaginarme en desgracias peores, en las ajenas.

Una imagen y un sonido no se me pueden borrar de la mente. Mientras hacía terapia para caminar otra vez, una señora de unos 60 años gimió durísimo. Estaba ella en una silla de ruedas, al frente de un computador, haciendo ejercicios de motricidad y concentración en un centro especializado de rehabilitación. Lo raro es que no le dolía nada, solo estaba enfadada porque no podía cumplir con una prueba que cualquier niño haría fácilmente: manipular un “mouse” para recoger manzanas que aparecían en la pantalla de un computador. La señora había sufrido un derrame cerebral, había perdido la facultad del lenguaje, la mayor parte de motricidad de su cuerpo y ahora, a pesar del dinero que tenía y de la extensa educación que había disfrutado, no podía hacer mucho más, si acaso mantenerse así y no empeorar. Todo porque no supo controlar el estrés y éste le pasó factura.

Después de ver gente así, de estar en hospitales, urgencias que denotan lo degradante que puede ser una enfermedad y de ver a niños con esclerosis, entre otras cosas, ahora sí que me parece ridículo que la gente ande enojada por bobadas o que se la pase quejándose de nimiedades.

Cuando no podía moverme, añoraba correr. Eso era todo. Eso era suficiente. No esperaba nada más. Por eso no está bien sobredimensionar cosas como el trabajo. Trabajar es una parte linda de la vida, si se hace lo que se quiere y se quiere lo que se hace. No es más. Es parte de la realización.

Los deseos surgen acorde con nuestras necesidades. Hay que buscar metas y placeres. Como motivación, yo me prometí en mis estertores ir al Mundial de Brasil y ante mil adversidades y pocos halagadores pronósticos, vi el triunfo de Colombia ante Uruguay en el Maracaná. Solo hasta ahora que escribo esto pienso que no me dolió nada cuando celebré los goles.

Y es que en la vida no hay tiempo para demasiados lamentos porque uno puede morir en ellos. Morir y vivir son los verbos de todos los días. “Lo esencial es invisible a los ojos”, dijo el Principito. Aprovechar los días de salud y juventud, los propios y ajenos, no es ni siquiera un consejo, es una orden que escribo desde el teclado de la humildad.

Más cerca de la normalidad

Estoy cerrando un duro ciclo de mi vida, lo hago también con estas letras. La persona que me estrelló debe pagar y no desfalleceré en eso, así no sea mi principal objetivo. Después de medio año de recuperación, volví al trabajo. Fui en TransMilenio porque mi aseguradora, Generali, no ha querido responder por el carro que quedó en pérdida total tras el accidente. Sentirse espichado en el bus es agobiante; sentirse útil en la oficina es gratificante.

A este punto llego gracias a la providencia. También a la solidaridad, apoyo y cariño de muchas personas. Cada vez que recuerdo tantas voces que se alzaron en mi rescate me conmuevo. Gracias. La familia es un regalo bendito. Aprendí a golpes que a la gente se le debe decir que se le quiere en vida. Idos de este mundo, ¿ya para qué? En todo este proceso descubrí gente maravillosa y otra de la que quizá esperaba un poco más. Hay otra lección de todo esto y es saber elegir a las personas que queremos a nuestro lado.

Acostumbrarse a una vida rutinaria, sin expectativas, es un gran error. Hay que pelear por uno mismo y por los demás. Uno debe comprender que le puede pasar lo peor en un aspaviento y que todo se puede esfumar. Nadie está exento de caer en desgracia. No lo olvide jamás. Trate de hacer algo por sí mismo y por los que lo quieren. Atesore tantos buenos recuerdos como pueda. De eso, se lo juro, jamás se arrepentirá.

@javieraborda

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