Las mentiras de la paz

7 de septiembre del 2012

Entramos en la dictadura de la paz. Quien tenga dudas o reservas sobre el proceso es tildado con los peores epítetos como “enemigo agazapado”, “guerrerista” o el insulto mayor “uribista”. Con el eco de una prensa entregada y sobornada, las negociaciones se inician con un manto de mentiras que conviene resaltar. La primera de ellas […]

Entramos en la dictadura de la paz. Quien tenga dudas o reservas sobre el proceso es tildado con los peores epítetos como “enemigo agazapado”, “guerrerista” o el insulto mayor “uribista”. Con el eco de una prensa entregada y sobornada, las negociaciones se inician con un manto de mentiras que conviene resaltar.

La primera de ellas es que esta es una negociación de paz. No es cierto. Si el gobierno es exitoso, solo después de que se hayan realizado todas las reformas exigidas por las Farc y ellos tengan representación política garantizada, podremos esperar soñar con la paz. Lo que se está negociando es la desmovilización que ni siquiera implica el desarme pues existe la posibilidad de que ellos exijan la dejación de armas, que es un asunto bien diferente.

No es cierto que las guerrillas estén derrotadas militarmente y vean la paz como una salida para su “desesperada” situación. Basta escuchar el encendido discurso de Timochenko para entender que la lectura que hace la guerrilla de su situación actual es heroica y triunfante. Para ellos, el Estado fue incapaz de doblegarlos y se sientan  en la mesa como un ejército legítimo que resistió a la ofensiva sin ser derrotado. Para ellos la mesa de negociación no es un testimonio de su fracaso sino la demostración de su éxito contra un Estado que nunca quiso ganar la guerra.

Es mentira que las Farc quieran la paz. Lo que quieren es el poder. Los elitistas negociadores del gobierno pronto se darán cuenta que lo que ellos exigen implica afectar negativamente los intereses de la clase dirigente de este país. Entenderán que lo que la guerrilla llama paz consiste en que les entreguen instrumentos de poder que nunca lograrían por el camino de las urnas. Quiero ver las caras de los negociadores cuando empiecen a escuchar propuestas que afecten a los medios, los bancos, los grandes empresarios, los agricultores, los ganaderos, los constructores, los mineros, las universidades, los políticos, los médicos y demás. Ese día tal vez entiendan que la paz no es lanzar palomas al aire ni tomarse fotos para la posteridad, ni aspirar al premio Nobel ni a la secretaría de las Naciones Unidas.

Es mentira que las Farc pierden si se levantan de la mesa. Pierde el gobierno que, presionado por la obsesión de la reelección, no sobreviviría al fracaso de su estrategia bandera. No importa lo que las Farc exijan, ni el aumento de violencia que nos espera. Esas víctimas, como todas las de la guerrilla no tienen importancia. Ya lo dijo el Presidente: habrá más muertos pero no importa porque la reelección está primero. El que está preso de su estrategia es el pomposo gobierno que cree que todo lo tiene calculado.

Tampoco es cierto que Cuba, Venezuela y Noruega sean neutras. Un amigo me dijo que Colombia es tan ingenua que es como si Israel aceptara negocia con Hamás en Siria y con la garantía de Irán e Irak.  La “neutralidad” de los “facilitadores” es otra de las grandes falacias.

En lo que está sucediendo hay muchas mentiras. Pero los colombianos, como compradores deslumbrados por el vendedor habilidoso, no quieren ver ni dudar del producto que con tanto entusiasmo les están empacando. La única verdad es que se quiere hacer una paz bogotana a espaldas del país.

representante@miguelgomezmartinez.com 

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