Leaving Las Vegas

14 de septiembre del 2012

No hay nada que me haga más feliz que haber abandonado el trago. Dejé de ser esclava de una adicción y recuperé la libertad. Más que una decisión consciente fue una necesidad física. Con los años las enlagunadas eran más frecuentes y los guayabos más insufribles. A las lagunas les tenía miedo porque no sabía […]

No hay nada que me haga más feliz que haber abandonado el trago. Dejé de ser esclava de una adicción y recuperé la libertad. Más que una decisión consciente fue una necesidad física. Con los años las enlagunadas eran más frecuentes y los guayabos más insufribles.

A las lagunas les tenía miedo porque no sabía lo que había dicho, y, peor aún, hecho. Nunca manejé con trago encima, pero lo que verdaderamente me aterraba era que alguien se hubiera dado cuenta de lo borracha que estaba, o que habría hecho con un desconocido. Una borracha con conciencia.

Los guayabos eran un dolor en todo el cuerpo que me impedía levantarme de la cama por 24 horas. Pasado un tiempo el período se alargó a 48 horas. Tenía un cansancio invencible, náuseas, la lengua de trapo y la cabeza se me estallaba. Por un día que tomaba, pasaba dos echada en la cama, sin comer, sin bañarme y sin nadie al lado mío.

En esa época viajaba mucho. Hacía mucho había leído que una manera de hacer pasar rápido el tiempo en un avión era tomando trago. A mí me encantaba esa solución y la aplicaba. No me gustaban los vuelos por la mañana porque no podía tomar. Me avergonzaba porque muchas veces yo era la única pasajera que compraba trago, y no una sino dos veces. Pasaban las azafatas una vez y compraba. Luego cuando volvían a pasar recogiendo la basura, yo pedía otro. Y si se pasaba más rápido el tiempo, eso sí.

Sufría realmente cuando me tocaba sentarme en las últimas filas del avión. Miraba el carro de las bebidas por allá adelante y yo, que tenía esa ansiedad en la boca del estómago que pide a gritos un trago, me desesperaba. Más de una vez me quedé sin beber porque cuando el carro iba llegando, ya el avión tenía que aterrizar. La rabia me enceguecía. No era justo.

Cuando había tomado pasaba un buen rato mirando al vacío, ensimismada en lo bien que me sentía con el trago adentro. A veces me quedaba dormida. Cabeceaba y se me abría la boca. Chorreaba la baba. Me despertaba de pronto, de un sacudón, ya enguayabada. Tenía la boca seca y el dolor de cabeza era una palpitación en las sienes.

En los aeropuertos buscaba los bares. Tenía un instinto para localizarlos. Si era antes de las once de la mañana, la hora que abren, me enojaba. Cuando abrían me sentaba en la barra, sacaba un libro y bebía. Uno, dos, tres tragos. Veinte, treinta dólares más propina en una sentada. Había lugares donde cada trago valía nueve dólares. Todo a la tarjeta de crédito, esa plata no me dolía. O eso creía.

En el aeropuerto de Miami había una caseta que vendía daiquiris. Uno se los podía llevar en un vaso con pitillo y bebía como si fuera Coca Cola. Uno, dos, tres tragos. Siempre regresaba por más. A pesar de que no me gusta Las Vegas, el aeropuerto me encantaba. Los bares están abiertos las 24 horas. Además tienen maquinitas, aunque yo no juego.

Esa vez en Las Vegas había estado con Jonathan, aquel hombre casado que me mintió durante un año. Para poder estar con él bebía. De otra manera no encontraba de qué conversar. Jonathan no hablaba porque le daba miedo lo que se le pudiera salir. Yo tenía el peso de la conversación y para poder hablar bebía. Al desayuno tomaba mimosa, champaña con jugo de naranja. Cuando Jonathan iba al baño yo me bogaba otra. Cuando Jonathan iba a la caja a pagar yo me mandaba una más. Luego lo acompañaba al casino. Allá era el trago era gratis. Jonathan jugaba blackjack y yo me sentaba detrás a beber y a leer el libro que siempre llevaba conmigo. Jonathan me pasaba plata para la propina. Una borracha intelectual. Leía en el casino.

Ya de vuelta, Jonathan, que vivía en Chicago, me llamaba puntualmente día de por medio. Ni un día más ni un día menos. No recuerdo ni una sola vez haber estado con Jonathan sin trago adentro. Nos vimos en Nueva York, en Atlanta, en Las Vegas. Siempre bebiendo.

Las licoreras en Nueva York abren a las diez de la mañana. El mercadito abre a las ocho y vende cerveza. Pero no empiezan a vender sino a las diez. ¿Por qué no es como en Colombia donde las farmacias vendían trago? Y lo mandaban a domicilio.

Dejé de tomar. Ahora me da asco. El olor a whisky me da fastidio físico, como el humo del cigarrillo. Pensar en el sabor a vodka o a ginebra me da arcadas. El vino me sabe a vinagre. Me encanta mi sobriedad, tener la cabeza despejada, no sentirme culpable, no botar más plata, no tomar decisiones equivocadas como aquella de seguir con Jonathan, aún después de que me confesó que era casado.

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