Lección Valerie

6 de junio del 2011

“Las mujeres solo se casan bien cuando no han podido casarse mal”, palabras duras de mi padre, el hombre menos machista que he conocido. Era una forma de plantear la debilidad emocional de las mujeres que ahora retoma particular importancia. Todos los que escuchamos las explicaciones de Valerie Domínguez quedamos impactados, pero es necesario no quedarse en las sensaciones sino analizar lo que podría denominarse “Lección Valerie”. Ella salió de ser simplemente una mujer linda que buscó y encontró una profesión en el modelaje y en la actuación. Su papel en “El último matrimonio feliz” causó sorpresa, y su éxito en este primer papel probablemente obedeció a que no actuó sino que fue ella misma: una niña linda, un poco ingenua y dulce. Y la vida parece confirmar esa apreciación.

Seguramente en sus actividades profesionales ella ha tenido control de su vida y de sus decisiones, probablemente a diferencia de su mamá, abuela y bisabuela. Eso sí, con seguridad apoyada por una familia barranquillera muy reconocida y apreciada. Ella, como la mayoría de las colombianas de hoy, tiene sus propios proyectos de trabajo y no se limita a posar toda la vida de reina de belleza. Hasta ahí perfecto. Pero, como lo han demostrado los penosos acontecimientos recientes que obviamente la tienen muy afectada, en su vida emocional sigue actuando como lo han hecho tradicionalmente las mujeres: su mamá, su abuela, su bisabuela. Varias generaciones femeninas que siempre entendieron el amor como una entrega sin límites, sin desconfianza. Por ello, su destino y de esta manera toda su vida, donde no solo entra el trabajo profesional sino sus relaciones emocionales, se sale de su control y queda en manos de su amado.

Pero resulta que ese hombre en el que ella depositó toda su confianza, como lo hacemos la mayoría de las mujeres enamoradas, no ha cambiado, aunque parezca lo contrario. Puede que le toque aceptar que su pareja tiene una actividad profesional propia y que no puede interferir. Pero… su vida privada es de él y no solo de ella. Y en ese campo de la relación, su mujer, como la de su papá, la de su abuelo y la de su bisabuelo para parar en alguna generación, es un instrumento que utiliza para su beneficio. Tiene derecho a ello, por lo menos eso cree ciegamente. Nadie se atrevería a dudar del amor del señor Dávila. Pero él como todo hombre, con poquísimas excepciones, no entiende el amor como una entrega total, sin recodos, con total trasparencia, sino una relación con alguien que se subordina a sus necesidades. Sin el menor sentimiento de culpa. Para eso son las mujeres.

Primera lección Valerie: Las mujeres no pueden seguir teniendo dos facetas: autónomas para el trabajo y dependientes y subordinadas en lo afectivo. Esa parte también es su vida y el costo de entrega total puede ser irreparable. Segunda lección Valerie: ninguna mujer se ve como instrumento de nadie en el trabajo por consiguiente, tampoco puede aceptar ser instrumentalizada por su pareja en el campo del amor. Muy triste, pero eso fue lo que le sucedió a Valerie Domínguez.

Es duro aceptar que a pesar del progreso que hemos venido teniendo las mujeres desde el siglo XX, todavía falta algo trascendental: valorarnos más como seres humanos para ser menos emocionales en el amor y actuar en ese campo con más objetividad. Estoy convencida de que Valerie sola, por su cuenta, jamás habría caído en semejante lio. Cayó por amor.

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