Leguleyadas del Fiscal

23 de enero del 2015

“El fiscal no resistió el protagonismo de otros para sacar el proceso de paz.”

Es probable que en estricto derecho no sea necesario refrendar los acuerdos de paz con las FARC y que al Fiscal Eduardo Montealegre le asista la razón cuando pone el tema sobre el tapete, pero resulta un poco raro que se le ocurra sacar esta perla con apariencia de rigor académico o de innovación conceptual en momentos en que en el país se respiraba la idea de que se había llegado por primera vez a hablar, en serio, de lo que significaría en la práctica un cese al fuego. Fue como echarle un baldado de agua fría al proceso de La Habana con una intervención desafortunada que como decían los santafereños de antes parecía que pretendiera “dárselas de célebre”. Porque a todas luces lo que se esperaría del Fiscal en esta coyuntura sería una opinión jurídica sobre la forma de actuar en derecho si se llegara al momento en que el gobierno decidiera decretar un cese bilateral del fuego.

No es muy claro que se requieran los conceptos del Fiscal cuando se trata de decisiones gubernamentales, pero si así fuera sería allí donde el jefe de la Fiscalía debiera poner su cacumen a funcionar y no tanto en el descubrimiento del agua tibia que hasta un primíparo abogado entiende respecto de que la paz no necesita ser refrendada porque se trata de un derecho ciudadano; o que los acuerdos que logre un gobierno con la insurgencia no son necesariamente ad referendum de algo, ni que requieran la aprobación popular. Es básico que el gobierno es elegido entre otras cosas para que realice ese tipo de tareas por encomienda de los electores. Lo que es claro también es que desde el punto de vista político y de viabilidad social para una empresa de tal envergadura como la de terminar la guerra siempre será mejor consultar con la opinión de los ciudadanos o intentar lograr un consenso con la sociedad civil, que de todas maneras es la principal víctima del conflicto armado.

Mejor le habría ido al Fiscal metiéndose en lo que le importa, como por ejemplo en las condiciones en que se podría dar un cese al fuego por parte del gobierno, o sobre los límites para no incumplir la Constitución y la Ley en cuanto a los deberes de las Fuerzas Armadas en defensa de la vida y la seguridad de los ciudadanos, o respecto del tipo de exigencias que se les pueden hacer a los alzados en armas y que permitan ser verificables, o en relación con el organismo que podría cumplir ese papel garante para comprobar el cese al fuego de los guerrilleros al momento de acordar un pare en las acciones armadas o de firmar el compromiso de silenciar los fusiles, así sea a manera de tregua. Pareciera que el Fiscal no resistió el protagonismo que asumieron otras personas que en estos momentos le apuestan con juicio a sacar adelante el proceso de paz con propuestas audaces y simbólicas, como Antanas Mockus con su idea de invitar al expresidente filoderechista Álvaro Uribe y al senador filocomunista Iván Cepeda a Marchar por la vida el 8 de marzo. Propuesta que sobresale porque toma el rábano por las hojas. Los enemigos de las paz hoy son los sectarismos, los radicalismos, los vanguardismos y los caudillismos, incluso el de Antanas.

O la salida de Humberto de la Calle que con ideas cuasimockusianas de apostarle al “todos ponen” elevó el discurso a niveles altruistas hasta hoy ausentes en el proceso al invitar a la sociedad en su conjunto a “abrir el espíritu hacia la reconciliación” bajo la consigna de que “todos debemos sacrificar algo”. Poner ese listón arriba exige de las FARC nuevas conductas en la ruta para dar fin realmente al conflicto armado. Las admoniciones que hacía Humberto De la Calle no brillaron como lo requiere el momento histórico gracias a la chorrada de Fiscal que trasladó el debate académico a un formalismo o una especulación jurisprudencial que más bien poco aporta. Flaco servicio le presta esa afirmación a la emoción con la que madrugaron el año algunos dirigentes o la fe con que recibieron el 2015 los responsables de los diálogos con las guerrillas. Contrasta de lejos el llamado de “Preparemos el ánimo para discusiones difíciles” de De la Calle con la emoción del Fiscal que se deslizó por la fácil.

El destemplado comentario de Montealegre refleja un bajonazo de estatura en las actuales circunstancias. Esa posición exégeta raya con lo que el pensador francés Edgar Morín define como posiciones tecnoburócratas, aquellas que al ver llorar un niño se detienen a analizar el grado de salinidad de sus lágrimas. Esta perogrullada del Fiscal logró dejarlo como un pantallero mientras que a De la Calle le permitió asumir con talla de estadista una postura reconciliadora y promisoria. Sin querer queriendo, el jefe del equipo negociador en La Habana terminó luciéndose al aceptar que desde la técnica jurídica no es necesaria una refrendación pero que el presidente Juan Manuel Santos prefirió hacerlo de esa manera, en acuerdo con las FARC, como una decisión democrática y transparente para que se apruebe popularmente lo acordado en la mesa de negociación. Lo selló como un acto de gobierno en busca de la legitimidad necesaria para garantizar la sostenibilidad de los pactos.

Sí el gobierno no había logrado hasta ahora generar confianza en las negociaciones de La Habana este escenario le resultó una ocasión para mostrar liderazgo y optimismo y le permitió recuperar buena parte de la credibilidad, al hacer gala del sentido de participación ciudadana que le quiere imprimir. Y aunque el episodio sirvió para que algunos politiqueros salieran a defender el referendo como si estuviera ad portas de fracasar y le facilitó a algunos darse un champú de popularidad o hacer exhibición pomposa de argumentos jurídicos, la espectacularista opinión del fiscal logró por unas horas parecer un palo en la rueda del proceso de paz. Tal vez el único que logró darle un matiz de eficiencia y pragmatismo político fue el senador Horacio Serpa, quien contra todos los pronósticos -por cuanto coincidiría con Uribe en ese sentido- sugiere que los acuerdos deben culminar en una constituyente. Solo que, con polo a tierra, propone que se prepare para que se adelante en unos cinco años, cuando las cosas estén más calmadas.

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