Lo que dejan las minas

25 de mayo del 2015

“No he podido sacarme de la cabeza a la niña de siete años que voló en pedazos”.

No he podido sacarme de la cabeza a Ingrit Guejía, esa humilde niña de siete años que voló en pedazos al pisar una mina cuando hacia el recorrido de la escuela a su casa, en una vereda olvidada del Municipio de Buenos Aires, en el departamento del Cauca.

Por ese camino tenían que desplazarse a diario unos ochenta estudiantes de edades no superiores a los 10 años. Ahora recorrerlo debe ser todo un infierno por el terror que debe producir la idea de correr la misma suerte de su compañerita.

Tampoco puedo dejar de pensar en los padres de la pequeña niña paez, en ese dolor indescriptible que tienen que estar sintiendo por la pérdida de su hija, agravado por las circunstancias infames que la causaron, una guerra sin sentido que ellos ni crearon, ni fomentaron, pero sí padecen.

Me atormenta imaginar el latigazo de dolor del padre de Ingrit cuando la recogió herida de muerte por esa maldita arma que son las minas anti personas, sembradas a lo largo y ancho del país, especialmente en veredas como la de Aguaclara, abandonadas a su precaria suerte o entregadas a la arbitrariedad de la guerrilla.

Por dolorosas que sean tragedias como la de Salgar o la de los mineros que perdieron su vida en Riosucio, no pueden compararse con el asesinato de Ingrit. Ella no murió en una tragedia natural, ni en un accidente de trabajo. Ella perdió la vida por esa estrategia mortífera de las Farc en medio de un conflicto que es urgente detener.

Tampoco es comparable el crimen de Ingrit con la masacre de los once soldados o el bombardeo que causó la muerte de 26 guerrilleros ocurridas precisamente en esa misma región atormentada por la brutalidad de la guerra. Al fin y al cabo, soldados y guerrilleros, cuyas muertes lamento de veras, hacen parte de los actores del conflicto: los unos legales y los otros ilegales, pero ambos armados y en plan de combate.

Pero Ingrit no. Ella, que no ha merecido ni una sola expresión de condolencia de parte de sus victimarios, no pidió estar en medio de la guerra, seguramente ni siquiera sabía a su corta edad nada sobre el conflicto, ni se ocupaba de cosa diferente a sus juegos infantiles, su vida familiar y su mundo sencillo y campesino.

El dolor de sus padres, de sus hermanitos, de sus compañeros, de su profesora, debería estremecer a toda Colombia, producir movilizaciones iguales o mayores que las que se generaron en repudio a la masacre de los soldados. Y tristemente, no ha sido así. Eso tiene que ser tan doloroso como la muerte de su hija, sentir la desidia y el desentendimiento con que se registra su muerte como una baja más en la interminable lista de víctimas civiles inocentes.

Este es el aspecto más aberrante del conflicto que vivimos: la indiferencia con que miramos sufrir a la población civil, el olvido que va rodeando a esas familias desmembradas por la violencia, arrancadas de la vida a golpe de minas y de esa estela de inequidad y miseria que es lo único que deja la guerra a nuestro campesinos.

Desplazamientos, como el que se está dando en Guapi, o el terror de volver a clases en la escuela de Buenos Aires, no pueden seguir sucediendo. Que muertes como la de Ingrit no impulsen más el conflicto sino que, por el contrario, sean la razón fundamental para insistir en el proceso de paz, así los señores en La Habana no se dignen siquiera dar una disculpa por arrebatarle la vida a una niñita y su hija a una humilde familia paez.

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