Lo que nos deja Peñalosa en materia ambiental

10 de diciembre del 2019

Por: Mafe Rojas.

Lo que nos deja Peñalosa en materia ambiental

El cuatrenio de Peñalosa nos dejó la mala sensación de un alcalde gobernando a espaldas de la ciudad y de los ciudadanos. Una imagen que se hace especialmente manifiesta en los temas ambientales. En la más reciente encuesta de Bogotá cómo Vamos, por ejemplo, uno de los temas sobre el que mayor insatisfacción mostraron los ciudadanos es la calidad del aire. El 65% de los bogotanos manifestaron estar inconformes en el estudio, dado a conocer en noviembre.

Sin embargo, el único paso decisivo para la eliminación de los combustibles fósiles, lo que redundaría radicalmente en la calidad del aire de la ciudad, lo dio el Concejo y no la Alcaldía. Un proyecto de acuerdo, del cual soy coautora, estableció un cronograma de eliminación gradual del diésel en la ciudad a partir de 2020. La Alcaldía, por su parte, se limitó a seguir licitando buses diésel para TransMilenio y nos deja una red de medición de calidad del aire poco confiable, la eliminación del requisito de los filtros para los buses diésel y la suspensión de las metas de descontaminación. Todo un retroceso.

El arbolado urbano es uno de los elementos que podría mitigar en parte ese material particulado que contamina el ambiente y está asociado a todo tipo de enfermedades. Pero esta administración mostró un comportamiento que parecía enfocado en disminuir la cantidad de árboles en las zonas urbanas para plantar nuevos individuos preferiblemente en las zonas rurales. Detrás de esto, quizás el alcalde tenga uno de sus extravagantes conceptos urbanísticos, pero lo cierto es que hay localidades que quedaron con saldo negativo de árboles frente a su situación anterior. El balance general es que la cifra de árboles nuevos en las zonas urbanas fue ligeramente superior al de árboles talados. Lo cual, en realidad, es un saldo negativo.

En los cerros orientales y las zonas rurales de Bogotá la administración mostró el mismo comportamiento errático, enfocando los esfuerzos en algunas zonas de restauración priorizadas al tiempo que planteó proyectos que significarían intervenciones y afectaciones importantes. Por ejemplo, el llamado sendero cortafuegos, que en un artículo anterior ya demostré que no es sendero, no es cortafuegos y de ñapa, aumenta la vulnerabilidad de un ecosistema estratégico para Bogotá.

Mientras consigue la aprobación de este proyecto, que costaría a la ciudad más de 200 mil millones de pesos, la administración decidió reabrir el sendero La Vieja después de poco más de dos años cerrado. Lo preocupante es que se reabre en condiciones similares a las que llevaron a su cierre preventivo para proteger el ecosistema dada la gran afluencia de público. De manera que no parece probable que vayan a conseguirse resultados distintos, haciendo exactamente lo mismo.

Sin embargo, son más preocupantes los cambios que el alcalde introdujo en el mapa de riesgos de la ciudad. A pesar de que el POT de Peñalosa no fue aprobado, se empeñó en modificar el vigente a punta de resoluciones. De esta forma, quedaron habilitadas para urbanización 1.655 hectáreas en zonas que antes eran inundables y de protección alrededor de los ríos y canales. Esto implica cuadruplicar el número de personas expuesta a riesgos de inundación para el 2050, al pasar del 1.384.760 actual a 5.486.760 personas expuestas.

Para proteger a los humedales Ramsar que tenemos en Bogotá, la ciudadanía debió recurrir a demandas judiciales, manifestaciones e incluso confrontaciones con la fuerza pública. Algunas de esas acciones judiciales se encuentran pendientes de resultados. En especial una acción de desacato contra el alcalde Peñalosa y el Secretario de Ambiente, por el incumplimiento de las medidas cautelares que protegían los humedales de Bogotá. Así, Peñalosa deja obras duras que, por ejemplo, en el humedal Tibabuyes han significado introducir unas 23 mil toneladas de concreto.

A pesar de todo esto, no creo que el alcalde tenga como objetivo de gestión acabar con el medio ambiente de la ciudad. Lo he dicho en varios escenarios, las decisiones equivocadas, en contra de las ciencias ambientales y del sentido común, son producto de una premisa falsa: el medio ambiente visto como paisaje decorativo, y el principio del aprovechamiento económico particular, por encima del interés común.

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