Lo que va de Betancur a Duque

5 de febrero del 2019

Opinión de Carlos Salas Silva

Lo que va de Betancur a Duque

“Belisario Betancur siempre fue joven”, me dice mi vecina de puesto en el homenaje rendido por el presidente y su esposa en Palacio al recién fallecido ex presidente de Colombia al que me invitó, muy gentilmente, Dalita Navarro. O, tal vez, siempre fue viejo, pienso yo mientras escucho las palabras pronunciadas por el presidente Duque llenas de sentimiento, aprecio y admiración, con la que esbozó un recorrido a la vida política del que fue su amigo y consejero, dejando en claro la altura de este personaje inolvidable que pasará a la historia del lado de los buenos.

Al joven presidente con sus 42 años lo separaban un poco más de dos generaciones con el viejo ex presidente fallecido a sus 95 pero, aunque los años no engañan, se podía sentir cierta cercanía entre los dos por la manera tan familiar como Duque se refería a Betancur. El padre del joven fue ministro del gobierno del viejo, no sobra anotarlo, pero era más que eso y fue algo que, en cierta medida, experimenté directamente.

Fueron pocas las oportunidades que tuve de compartir con el presidente Belisario pero, y de una manera extraña, en cada una de ellas me hizo sentir una cercanía tal que era como si lo conociera de tiempo atrás. Mis 62 años me colocan a una generación abajo de la de él como a una arriba de la del presidente Duque y, tanto con el viejo como con el joven, en los pocos momentos compartidos, sentí y siento la misma familiaridad. No hay la menor arrogancia en ellos, la que les habría podido inyectar el poder, como tampoco jactancia, en la que fácilmente podrían caer por sus amplios conocimientos, sus talentos y sus logros. Pero si hay un poco, o mucho, de orgullo en ellos como latinoamericanos llenos de fe en el futuro. Un ejemplo claro de esto es el “Sí se puede” de Betancur con el que nos cautivó y llegó a la presidencia. Lo que vino después queda para el juicio de la historia.

Los primeros años de su gobierno los pasé estudiando pintura en París en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes a cuyos recintos llevó, de la mano de Marta Traba, la exposición Arte de Taller y Arte de la Calle con la que quiso hacer de la cultura la embajadora que dignificara a los colombianos en el exterior. Anhelo que quedó trágicamente truncado con el choque en España del avión de Avianca en el que falleció Marta Traba junto a otros importantes personajes que viajaban a Bogotá invitados por el presidente al Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana.

Se sucedieron una serie de acontecimientos terribles, como si la naturaleza misma, la maldad y la torpeza de algunos se hubiesen aliado para burlarse del “Sí se puede” golpeando de la manera más cruel a un pueblo que quiso soñar con un futuro mejor, anunciado en un discurso de posesión que, al escucharlo el 7 de agosto de 1982, nos llenó de emoción, optimismo y fe.

Las cosas no salieron, lamentablemente, como lo esperábamos. Gracias a Dios se nos ha dado de nuevo la oportunidad de un “Sí se puede” con un presidente que cuenta con los requisitos necesarios y las ganas de sacar al país adelante. Ojalá estemos a la altura de ese reto para que, como colombianos, asumamos la responsabilidad sobre nuestro devenir manteniendo los ojos bien abiertos y con un sano espíritu critico hacía el gobierno, esperando que el destino, esta vez, nos sea favorable.

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