Lo útil de una pelea

14 de mayo del 2012

Haciendo a un lado los distractores y pensando con cabeza fría en el porvenir, son valiosas las enseñanzas que los colombianos pueden y deben sacar de la pelea entre Uribe y Santos. Para hacer visibles esas enseñanzas, en un contexto político de partidos desdibujados, de extravío de doctrinas, y de oportunismos frente al poder, se […]

Haciendo a un lado los distractores y pensando con cabeza fría en el porvenir, son valiosas las enseñanzas que los colombianos pueden y deben sacar de la pelea entre Uribe y Santos.

Para hacer visibles esas enseñanzas, en un contexto político de partidos desdibujados, de extravío de doctrinas, y de oportunismos frente al poder, se propone examinar la orientación económica de los dos personajes y su grado de conveniencia real para el país.

Lo primero que hay que tener claro es que los dos son practicantes fieles de la economía de mercado, modelo que al privilegiar el capital sobre el trabajo, ahonda la problemática de desempleo, desigualdad y pobreza, que padece la mayor parte de la población.

En este contexto, son inocultables las desventajas de toda índole (exenciones tributarias, laxitud de las reglamentaciones para operar,  bajas tarifas de regalías, desinterés por el respeto al medio ambiente y detrimento de las condiciones de vida de las comunidades, entre otras) con que los gobiernos Uribe y Santos, obnubilados por la inversión extranjera, han pactado la explotación de recursos naturales no renovables nuestros, en detrimento de los verdaderos intereses nacionales.

En estas circunstancias, el supuesto crecimiento económico en el que tantos creen, se nos revela como un espejismo, sostenido en un incremento nunca antes visto en el rubro de exportaciones. No por más producción exportada sino por los altos precios internacionales que vienen gozando los productos que concentran nuestra oferta al exterior, como son el petróleo, el carbón y el ferroníquel. Con otro agravante; las ganancias de esa venta y de esos precios altos, no son para el país sino para las compañías con las cuales se convino la explotación. Recuerden: a nosotros nos quedan los ingresos por bajas regalías y flacos impuestos.

Pero hay más cositas. Antes que a ganaderos, lecheros, industriales agropecuarios y de otras ramas, que convencidos de la acción militar frente al conflicto armado, llegaron a ser mentores suyos, Uribe y Santos prefirieron ser fieles a los TLC impuestos por el modelo. Como lo demuestra la experiencia de otras naciones, muchos de los colombianos dedicados a estas actividades sucumbirán ante la invasión de productos que, consentida por los dos gobernantes, sufrirá el país.

En una muestra más de sus palmarias semejanzas, ambos creen en los programas permanentes de asistencialismo como fórmula contra la pobreza. Oídos sordos han prestado a los pronunciamientos de expertos sobre la eficacia de tales programas (¿?). Uribe, si somos realistas, ni siquiera con cambios en metodologías de medición logró hacerle cosquillas al problema. Santos, va en la misma línea; sólo que nervioso por una encuesta negativa desnudó su inconsistencia populista inventándose un regalo de cien mil casas para los pobres. Pocos días después, su gobierno se contradice tanteando fallidamente el terreno con una propuesta de reforma tributaria regresiva que, así no vaya a ser incluida como reactivamente salió a anunciarlo el propio presidente, dejó en evidencia la intención oficial de gravar la canasta familiar. Mientras tanto, aunque pretenda restaurar el impuesto a las remesas de utilidades al exterior, todo indica que sigue haciéndose el de las gafas con otros ajustes gruesos a la tributación de las compañías mineras y petroleras, protagonistas aventajados de la economía.

En materia de empleo, juntos se han contentado con los exiguos incrementos de este indicador, sin que cuente la mala calidad de los puestos generados y la negación estructural del modelo a crear trabajo formal y productivo.

A este punto, ya podemos ir sacando en claro si la pelea entre presidente y expresidente amerita ser tomada como un asunto importante dentro de los problemas verdaderos que determinan la vida nacional.

Ambos, a pesar de los matices, en el fondo representan lo mismo. Colombia no puede embobarse para definir su futuro entre dos personajes que no responden a sus necesidades.

A insistir sobre estos asuntos obliga el que haya tanta gente que, a espaldas del país, todavía les cree.

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