Los buenos poetas deben hacer dieta

19 de febrero del 2011

A raíz que un querido amigo poeta se vio en circunstancias delicadas en su estado de salud, vaya paradoja, por culpa de su corazón, me embargaron una serie de inquietudes que hoy intento resolver para superar el trauma de su incertidumbre existencial. ¿Quién  decide cuándo debe morir un poeta? ¿De qué deben morir los poetas? Los poetas no deben morir del corazón. Y si en caso que algún galeno se atreva a intervenirlo, ¿qué encontrará en su pecho al abrirlo? Afortunadamente a mi amigo poeta no se lo llevó el corazón y ahora se recupera en medio de su familia y amigos. Nosotros sólo esperamos que ahora con nuevas “instalaciones” y con ese estupendo “mantenimiento” al que se vio sometido, haya larga vida para el rey.

En azarosas consultas –privilegio Google- pude verificar algunos momentos fatídicos de poetas reconocidos de nuestra hispanidad y encontré que en parte de ellos la autodeterminación sobre su destino fue su última inspiración. Otros, fueron llevados de manera lenta y agónica hacia el final esperado, después del cansancio vivido en cada aliento.

A Neruda lo mató la muerte de su amigo Allende, dicen que lanzó un grito en su agonía después de tres días de fiebres y delirios –“los están matando, los están fusilando”-. En Santiago de Chile. Fue un 21 de septiembre de 1973. José Asunción Silva, no lo escribió pero vivió su mejor poema: se suicidó con un viejo revólver el 24 de mayo de 1896 y de ahí a la posteridad. Federico García Lorca fue fusilado en Viznar y echado en algún barranco de la Sierra Nevada, en Granada, el 19 de agosto de 1936. Lo mató la ciega guerra civil española. Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, muere a causa de la enfermedad contraída en la prisión del Monasterio de San Marcos, en León. Fue un 8 de septiembre de 1645.

A Cesar Vallejo lo terminó venciendo un viejo paludismo reaparecido, después de tres días de agonía y vacilaciones, eran las 9 y 20 de la mañana de un viernes santo del 15 de abril de 1938. Un 17 de abril de 1695, Sor Juana Inés de la Cruz, la mejor monja mexicana que se conozca, murió a causa del contagio de fiebre cuando atendía a sus hermanas del convento de San Jerónimo. El largo atardecer de Jorge Luis Borges culminó con un enfisema pulmonar el 14 de junio de 1986 en Ginebra. Alfonsina Storni esperó llegar a su Mar del Plata para ahogarse en sus frías palpitaciones en una mañana del 25 de octubre de 1938. “Te vas Alfonsina con tu soledad.” A Dulce María Loynaz la acosó un cáncer infernal y le cerró los ojos el 27 de abril de 1997 en su antigua mansión de la barriada habanera de El Vedado, dicen que murió rodeada de obras de arte, recuerdos de viajes y una decena de perros.

El amado Raúl Gómez Jattin desafío –sin saberlo quizás- las premoniciones de su soledad y se encontró con un delirante conductor de bus público en Cartagena que se lo llevó como un auriga hacia los cielos infernales, fue durante un cielo claro y un sol indolente de un 22 de mayo de 1997. Una larga depresión (¿se deprimen los poetas?) que se curó con una sobredosis, condujo a María Mercedes Carranza a tomar la decisión del suicidio: leía a su padre, “Todo cae, se esfuma, se despide, y yo mismo me estoy diciendo adiós”. Era un viernes, 11 de julio de 2003.

Quizás nadie quiera que se mueran sus poetas. Quizás algunos poetas vean en la muerte su verdadera vida y por eso la buscan en medio de sus angustias mortales. Yo no quiero que se mueran mis poetas preferidos; los que leo, escucho, abrazo y saludo a cada rato. Andariegos algunos, egoístas otros, engreídos pocos y ególatras la mayoría. Son ellos los que me hacen sentir que pertenezco a una especie y un género que no está hecho en serie: raros, singulares y admirables. Por eso, no podemos permitir que los poetas se mueran del corazón. La métrica de esa poesía que se llama vida no debería permitir esas composiciones y esas licencias. Versos perversos que riman como el día y la noche. El corazón nunca les debe fallar a los poetas, a los buenos poetas.

Coda: Un día en Cádiz, a Rafael Alberti se lo llevó un paro cardiorrespiratorio el 28 de octubre de 1999. Excepciones: Amado Nervo, murió tranquilo en Montevideo el 24 de mayo de 1919.

A Cristo García Tapia, un buen poeta.

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