Los codazos de la fe

9 de noviembre del 2019

Por: Ignacio Arizmendi.

Los codazos de la fe

La iglesia, pequeña y recogida, estaba atiborrada de los familiares y amigos de B., todos en un silencio sepulcral, de esos silencios que te ponen la piel de gallina, según los chefs más célebres. Ansiosos, mirábamos hacia la entrada al templo pendientes de que el personal de la funeraria hiciera la guardia al féretro en donde yacía B. en un mutismo sin fin, por el resto del tiempo. D e  t o d o e l t i e m p o. Para decir verdad, la ansiedad era alta pues todos queríamos aplaudir el ingreso de B., aunque fuera en circunstancias tan dolorosas, por haber sido buena persona, buena papa, buena pinta, benévola, benefactora, bienhechora, bondadosa, briosa, incluso burletera. B.

Por fin arribó el coche fúnebre, del que tomaron el sencillo ataúd dispuesto por la familia. El aplauso fue automático, lo que propició que muchos rompiéramos en lágrimas hasta cuando el cortejo llegó a los pies del altar, donde se veía al clérigo revestido. “Les pido a todos mucha serenidad. B. no ha muerto…”, dijo severamente. En menos de un segundo, mi vecina de la izquierda me golpea con su brazo y comenta en voz baja: “Ve, ¿cómo así que no ha muerto? ¿No está pues ahí en el ataúd?”. No contesté.

“B., este ser tan querido, ¡vive!”, añadió el predicador. Mi vecina me desconcentra de nuevo para decirme: “¿Vive? ¿Entonces qué hacemos aquí?”. No supe qué responderle. Mientras, el oficiante avanzaba en su saludo de bienvenida: “Recuerden que el Señor dijo que Él moría para que ninguno de nosotros muriera”. ¿Qué? El codazo de mi vecina fue extremo: “¿Cómo así que el Señor murió para que ninguno de nosotros muriera? ¡Si mis papás ya murieron y mi esposo y uno de mis hijos! ¡Y ahí está B. muerta, muerta! ¿Pero qué dice este man?

Solo pude sonreírle un poco para no perderme las palabras del predicador, no fuera que luego yo las malinterpretara: “En Juan 8, 51, Nuestro Señor dijo: ‘Les aseguro que quien hace caso de mi palabra no morirá’”. ¡Fue Troya para mi vecina! No tardó un segundo en golpearme, cada vez más fuerte, y acosarme: “¿Entonces B. murió porque no hizo caso de la palabra del Señor? ¿Cómo así?”. Tuve que contestarle: “¡Por Dios, amiga, no me pongás más problemas celestiales, que con los terrenales tengo ya!”.

No fue suficiente. Como si entendiera lo que le convenía. Porque al rato, ya en plena predicación, el pastor echó mano de una cita de Juan (11, 25), que le revolvió los sesos a esta vecina: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás”.

¡Jesús de los cielos! Me hice el que estaba muy concentrado en el clérigo, y no la miré ni por error, pero estaba equivocado: ella clavó sus ojos en mí, clavó el codo derecho en mis costillas izquierdas y me clavó, literalmente, estas palabras: “No entendí eso de que ‘el que cree en mí, aunque muera, vivirá’. Porque B. era muy creyente en el Señor. ¿Cómo así, pues?”. Y no me quitaba el ojo, interesada en ver cómo reaccionaba yo ante su “antipredicación”. Y añadió: “Ve, ole, y tampoco entendí lo que acaba de decir el man, que los que todavía estamos vivos, si creemos, no moriremos jamás. Yo no sé cómo es eso, porque mis papás creían mucho y a pesar de eso se murieron, ¡se murieron!”.

Confieso que yo ya no sabía qué más hacer o decirle a esa vecina de banca, a la que habría visto una vez en la vida, ¡una! No obstante, alguien o algo me iluminó y le contesté muy pasito: “Ve, creo que lo mejor que podés hacer es esperar a ver cómo termina la predicación, porque, si seguís así, te vas a enloquecer y me vas a enloquecer…”.

De nada le valió. Ella continuó cavilando con cada palabra del clérigo que estaba delante del ataúd y de espaldas al altar. Lo que nunca me imaginé fue que la señora llorara sin consuelo cuando el “man”, justo para terminar el sermón, recordó otras palabras de Jesús (Juan 12, 25): “El que ama su vida, la perderá, pero el que desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna”.

¡Qué fue aquello! La última parte volvió trizas su corazón, le partió el alma. No sabría describir la escena: en medio del llanto –discreto, eso sí–, y esforzándose por susurrarme al oído, me confesó que le habían removido su vida, sus recuerdos y amarguras, porque el hijo suyo, el que había muerto, ¡se había suicidado! “Y entonces, si él se suicidó porque menospreciaba la vida, ¿cómo es eso de que la conserva para la vida eterna? Y si es tan conveniente, ¿por qué la iglesia ha rechazado a quienes se quitan la vida?”, me dijo. Y en ese mismo instante el templo se quedó a oscuras, si bien la luz no tardó en volver. ¡Diablos!

INFLEXIÓN. Nunca en mi vida me habían dado tantos codazos. ¡Ni recién casado!

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