Los derechos de Uribe

10 de agosto del 2012

Tal vez es conmiseración, que no aprecio, o un prematuro ataque de reblandecimiento, que no creo, pero voy a decir que me parece un exceso de inquina contra el expresidente Uribe la campaña que ha venido creciendo en contra de su presencia como conferencista en algunos colegios a donde ha comenzado a ir para soltar […]

Tal vez es conmiseración, que no aprecio, o un prematuro ataque de reblandecimiento, que no creo, pero voy a decir que me parece un exceso de inquina contra el expresidente Uribe la campaña que ha venido creciendo en contra de su presencia como conferencista en algunos colegios a donde ha comenzado a ir para soltar sus convicciones y a cuidar los voticos que él cree que aún le quedan.

Ese es su trabajo. Y aunque a los expresidentes de la república se les ha querido aplicar la condena al cuarto de San Alejo, pues si a uno de ellos, como a Uribe, se le ocurre que no, que tiene bríos y es capaz de bajarse del pedestal para hacer discursos ante padres de familia o ante asociaciones de costureras parroquiales, allá él. Mejor eso, desde luego, a que ande por ahí azuzando cuarteles, exacerbando ánimos golpistas o propiciando zancadillas a la imagen del país en foros extranjeros.

Hay que reconocerle y protegerle ese derecho que algo tiene de valentía. No hay casos como el suyo entre el club de expresidentes, integrado por señores que se vuelven poltronas y que empiezan a estorbar en la casa. Y a ver con quién almuerzan. Y a ver cómo están sus cuentas en los bancos. Y aunque sigue movido por la rabia interior de sentirse derrocado y creerse todavía el salvador de la patria, Uribe expone con vehemencia las mismas ideas que cada día son más caducas y que, por repetirlas y repetirlas, se expone a que sus contrincantes le despachen con una displicencia que llegó al irrespeto y siguió. Le llaman El Loquito Uribe. Les he oído.

Pero él sigue. Y para la democracia es bueno que siga porque de eso se trata: no solo de salir a votar el día de las elecciones, sino de expresar de manera permanente opiniones. Con Uribe a la cabeza la derecha está todos los días expresándose, cada vez con más radicalidad, con tanta más radicalidad que ojalá llegara a ser de extrema derecha ideológica. Y que esas banderas las asuman quienes las sientan y lo hagan de manera abierta, sin camuflajes, sin trajes camuflados, como única manera de empezar a entender y a aceptar las diferencias de pensamiento que civilizan y enriquecen.

Un buen augurio para eso que está formando Uribe, digo yo, sería que al procurador Ordoñez, tan representativo de esa derecha ultra, sin disimulos y por lo tanto respetable, se le envolatara su reelección, y terminaran juntos. Dos frustradas reelecciones arropadas por el proyecto mutuo de ponerle orden moral y disciplina social a la patria. Una opción política clara que tendría no solo la ventaja de que se expresara en toda su extensión la derecha, sino de que pudiera ser contada en votos para que supiéramos de una vez en qué país vivimos y tratar de darle fin a la ambigüedad de en qué aguas es que naufragamos.

Lo mismo vale para la izquierda, claro que sí. Que no le disparen y que no dispare. Que hable —que pueda hablar—sin los costos de vidas que ya ha pagado. Y que ha cobrado. El espinoso camino hacia la conclusión del conflicto no solo hay que recorrerlo para que no se vaya a chorros la plata en guerra (todo el recaudo de IVA se irá en rearmar a la fuerza pública, todo), sino para que se expresen con libertad ideas y con libertad se pueda contar qué es la izquierda en votos.

Uribe —vuelvo a Uribe—merece la consideración de quien ejerce con pasión un oficio. Al menos eso. Es un adicto a él. Y mientras esa adicción a la política, al poder, a mandar, sea la de decir y la de aglutinar a quienes piensan como él, sin camuflajes ni camuflados, repito, es un derecho que la misma democracia necesita respetarle.

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