Los indígenas entre dos fuegos

20 de julio del 2012

No es la primera vez que los indígenas del Cauca se rebelan contra los actores armados. Desde hace más de 30 años han tenido que padecer las inclemencias del fuego cruzado entre guerrillas, manos negras, paramilitares y Ejército. Y desde siempre han intentado mantenerse al margen del conflicto que, a pesar de que algunos derechistas […]

No es la primera vez que los indígenas del Cauca se rebelan contra los actores armados. Desde hace más de 30 años han tenido que padecer las inclemencias del fuego cruzado entre guerrillas, manos negras, paramilitares y Ejército. Y desde siempre han intentado mantenerse al margen del conflicto que, a pesar de que algunos derechistas ilustrados lo nieguen, por lo menos en esa zona no ha dejado de existir desde que llegaron las Farc y se instalaron en las vecindades de sus resguardos.Hasta determinado momento fueron víctimas principalmente de los terratenientes que como en ningún otro departamento los volvieron blanco de sus desmedidas ambiciones territoriales y latifundistas, que incluían asesinatos selectivos contra dirigentes como el del sacerdote Ulcué Chocué, para mencionar un solo caso en la década de los ochenta. Tampoco resulta novedad que en más de una ocasión hayan sido utilizados literalmente como verdadera carne de cañón por cualquiera de estos ejércitos tanto legales como ilegales.

Por eso más que salir a responder con brabuconadas patrioteras como la de que no se puede admitir que existan zonas del país donde se impida la presencia de la fuerza pública, o de insinuaciones no muy ingenuas que sugieren que detrás de estos movimientos está la guerrilla y que las movilizaciones contra las Fuerzas Armadas son parte de la estrategia subversiva, lo que se impone es pensar seriamente en la condición de vulnerabilidad e indefensión de estas minorías nacionales.

Para empezar hay que tratar de entender aunque sea medianamente que los indígenas hacen parte de una cultura, una cosmovisión y una forma de interpretar el mundo completamente diferente a la de los demás colombianos. Cualquiera que se haya asomado así sea tímidamente a conocer cómo piensan, cómo sienten y cómo resuelven sus problemas, llegará inevitablemente a la conclusión de que los blancos, como ellos los llaman, no tienen ni idea de sus valores, sus costumbres, sus leyes, sus miedos, sus aspiraciones y por supuesto mucho menos, de su relación con la vida y la muerte.

Ellos no quieren tomarse el poder como lo han dicho expresamente las guerrillas, cualquiera que sea su variante. Ellos no quieren que se les reubique o se les asignen tierras. Ellos quieren que les respeten sus terruños y que se cumplan los compromisos adquiridos por el Estado sobre sus resguardos. No quieren que los civilicen, ni los eduquen, quieren que les dejen practicar sus sanas costumbres, sus cultos y sus rituales sin que sean estigmatizados, manipulados, reinterpretados y mucho menos adoctrinados.

Esa fue la Lucha que encarnó tal vez el más preclaro de sus dirigentes, el indígena caucano Manuel Quintín Lame, en defensa de su raza. Esa ha sido la casi cincuentenaria lucha del Cric y de la Onic y de cuanta agremiación indígena se haya organizado en el país. Ellos solamente piden a gritos ¨déjenos ser¨. Inclusive esa fue la razón por la que algunos antiguos miembros del Cric que se desesperaron terminaron formando su propio grupo guerrillero autodefensivo al que también llamaron Quintín Lame, que irónicamente vivió más perseguido por las Farc que por el propio establecimiento. Fue esa la razón que los llevó posteriormente a desmovilizarse cuando la Constitución del 91 logró reconocer parte de sus derechos.

Fue ese grupo el que sin habérselo propuesto terminó aliado con una extraña disidencia de las Farc llamada  Ricardo Franco, que tal vez ha escrito las páginas de más horror y violencia intestina que se conozcan en Colombia. Con ellos alcanzaron a realizar acciones conjuntas antes de que José Fedor Rey, el paranoico dirigente del grupo decidiera matar a casi todos los miembros de su organización tras concluir que los organismos de seguridad los habían infiltrado. Eran casi 200 guerrilleros del Ricardo Franco y de ellos mató a 164 ¨sapos¨ como admitió en un reportaje que le hice cuando trabajaba para la revista Semana en los ochentas.

Pero parece que la xenofobia se apodera aún hasta de los más progresistas y se logra subestimar el asunto indígena. Casi nadie quiere entender, porque los indígenas no existen para la mayoría de los colombianos. Ellos están en el epicentro del conflicto, con sus territorios minados por la guerrilla, sembrados por los cocaleros y sitiados por bases militares. Con carreteras que invaden sus resguardos. Pero los blancos se ríen y se burlan de esa situación. Qué lugares sagrados ni que ocho cuartos, dicen.

La cosa no es tan sencilla y habría que decirles a los señoritos bogotanos que creen saber lo que allí pasa y que la cosa política sigue moviéndose como se ve en televisión, que el problema señores, como canta Silvio Rodríguez, siendo sembrar amor. Claro que el Estado debe estar en todos los rincones de la nación. Pero la presencia del Estado debe ser integral, no solo armada. El Estado debe ir a todas partes a procurar bienestar, calidad de vida, atención ambiental, salud y educación pero allí solo aparece como actor de la guerra.

El Estado no hace nada por salvaguardar los derechos de los indígenas y se porta como un ente en una zona que prácticamente es un corredor de cuanto delincuente se mueve por el país. Y ese abandono sitúa a las comunidades en un limbo territorial, jurídico y político. ¿Cómo quiere el Estado que no exista limbo militar si no hace nada por cumplir con los logros de la Constitución del 91 en materia de tierras, cultura, autonomía y autogobierno? El estado no existe allí sino para la confrontación armada.

Y los indígenas parecen estar condenados a sufrir, por un lado que el Estado crea firmemente que debe tener su presencia armada en la zona y por el otro la guerrilla, que cree tener el derecho de hacer su presencia porque se considera la vanguardia de la lucha social pasee como Pedro por su casa, sin miramientos a conceptos inclusión y diversidad. Quizás va siendo hora de que se propicie un clamor nacional para que guerrillas y Estado no crean que la consigna setentista de que la tierra es para el que la trabaja, porque como ellos, ambos la trabajan para la guerra, los que sobrarán son los indígenas.

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