Los pecados de la Corte

1 de agosto del 2018

Por Fernando Álvarez.

Los pecados de la Corte

“No levantar falso testimonio ni mentir”, es el octavo mandamientos de la Ley de Dios que supone además una especie de mandato subyacente de no hacer eco al falso testimonio. Quizás ese sea el principal pecado de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia en el caso del expresidente Alvaro Uribe Vélez.

Los altos togados deberían saber que el propósito fundamental de quienes atestiguan para obtener beneficios no es precisamente el de decir la verdad. La estrategia de sus abogados, expertos en buscar víctimas y armar historias falsas, es conseguir rebajas de penas a unos delincuentes que normalmente no tienen escrúpulos y son personas sin Dios ni ley, como dirían los abuelos. Los magistrados debieran saber que estos delincuentes no tienen problema en empapelar a un inocente para salirse con la suya.

Pero no es que los magistrados sean unos ingenuos. De hecho para acceder a tan altos ministerios deben haber recorrido mucho trecho en medio de las barandas judiciales y conocer a fondo el modus operandi de quienes han vivido en el delito. Su pecado no es la ingenuidad sino el sesgo.

Muchos de los magistrados tienen una ideología política radicalmente opuesta a la de Uribe y varios han sido destacados militantes de la izquierda. Pero tal vez el principal elemento subjetivo que los guía es el de haber caído en la trampa de declarar o haber aceptado la declaración de guerra a quien a su juicio se las cazó cuando bajo su administración el DAS decidió espiarlos. Para ellos desde el momento en que se conocieron los seguimientos y las “chuzadas” la pelea frontal contra Uribe quedó planteada.

La batalla entre los dos poderes el ejecutivo y el judicial se vivió tanto interna como externamente. Esto costó por ejemplo la cabeza del magistrado uribista Jorge Pretelt y en el terreno externo contó con un ingrediente que le ponía más picante a semejante plato, los medios de comunicación antiuribistas.

Probablemente este es el otro pecado de la Corte, haber trasladado la pelea al escenario mediático. Filtrar elementos de reserva sumarial y mover descaradamente periodistas aliados para aplicar la justicia mediática tarde o temprano será en un bumerán contra los magistrados. Actuaciones que han dejado ver que la objetividad y la imparcialidad no son sus preocupaciones y por el contrario han mostrado que muchas de ellas llevan intencionalidad política como las decisiones que se han tomado en plenas vísperas electorales.

La justicia mediática es aparentemente un arma exitosa en la Colombia actual pero los magistrados no han tenido en cuenta que puede resultar de doble filo. Con la rapidez y agilidad con que se mueven hoy las redes sociales, la justicia mediática queda expuesta al que mejor haga uso de estas y al que mayores recursos efectistas maneje. Sobre todo porque el cuarto poder ya no radica tanto en los tradicionales medios de comunicación como en la capacidad de generar opinión on line.

Para la Corte la verdad debe ser el corolario de una actitud recta donde la palabra empeñada es resultado de la honradez, la discreción y el respeto al honor de las personas. Premisas que deben estar presentes a la hora de escuchar el testimonio de un criminal, que en el mejor de los casos mostrara algún tipo de arrepentimiento.

Los fragmentos de que se conocen hasta hoy de las grabaciones en las que participan estos delincuentes reflejan más la búsqueda de un negocio que la intención de hacer claridad o aportar a la verdad motivada por algún grado de propósito de enmienda o contrición de corazón, para seguir con preceptos de la ley de Dios.

Raro es que los magistrados ni siquiera intuyan que estos personajes son unos malhechores que por la vía de los testimonios encontraron una forma de ejercer la extorsión, la venganza y la obstrucción a la justicia. Extraño que no sientan que desafortunadamente esta modalidad de premiar con beneficios al que delate a otro en nuestro país cayó como anillo al dedo para fomentar un nuevo tipo delincuencial: el tráfico de testimonios. La mentira, el engaño, la calumnia y la difamación cobraron un gran valor.

Los extorsionistas que han emergido de esta justicia acusatoria que estimula la delación se han dado a la tarea de buscar por todos los medios no solo la rebaja de penas, sino la de montar una industria de testimonios y esto lleva implícito la de jugarle al mejor postor, por lo que es normal que un día den un testimonio y al día siguiente digan que se retractan, o que busquen a los interesados de un bando y al otro día a los del bando contrario.

Sus testimonios son siempre endebles, incoherentes e incongruentes, y como la Chimultrufia no tienen problema es decir lo mismo una cosa que la otra. Es claro que en la Corte no está muy presente el rigor y el juicio de valor probatorio tanto como la necesidad de sacarse la espina de quien ellos creen que los ha puesto en ridículo y ha contribuido menguar su prestigio.

Lo cierto es que no parece muy serio que se esté tratando de armar un carcelazo para el expresidente Alvaro Uribe a partir de hechos tan genéricos como los que se escuchan en esas grabaciones. Máxime si la Corte no le pone un filtro juicioso a unos testimonios que cuando no vienen de los paramilitares que extraditó Uribe, los cuales no han ocultado su sed de venganza, vienen de delincuentes que pretenden hacer su agosto y extorsionar a quienes creen que necesitan un testimonio por el que pagarían mucho dinero.

Los magistrados en su afán por llegar rápido a las conclusiones preestablecidas no han cernido lo que puede ser montaje y han dado rienda suelta a los traficantes de testigos. Y como están las cosas esos prejuicios pueden resultar en que se dispare el tiro por la culata. Pilas doctor Iván Cepeda.

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