La lucha contra el machismo es responsabilidad de todos

31 de enero del 2019

Opinión de Jorge Torres

La lucha contra el machismo es responsabilidad de todos

La sociedad colombiana sufre de una gran enfermedad: el machismo. Está presente en buena parte de nuestras relaciones e interacciones cotidianas: familia, pareja, estudio, trabajo, medios de comunicación y redes sociales. Muchas de las conductas que reproducen estructuras de subordinación de las mujeres ante los hombres ocurren de manera silenciosa y cómplice, revelando una tolerancia, y en ocasiones culto, frente a esta actitud social que debe ser erradicada. Trágicamente, hombres y mujeres son víctimas del maltrato que proviene de esa cultura machista, reflejada en agresiones, abusos, riñas y, en el peor de los casos, muertes.

El Distrito no ha logrado encontrar la brújula para prevenir la violencia contra la mujer. No cabe duda que la Secretaría de la Mujer ha respondido al reto de proteger a las mujeres víctimas de violencia y se ha pronunciado vehementemente contra el feminicidio. Y, de hecho, según la Encuesta de Cultura Ciudadana 2018, el rechazo a la violencia contra la mujer se redujo en 45 % entre 2013 y 2018.

Sin embargo, de acuerdo con la Encuesta Bienal de Culturas de 2017, el 55% de los bogotanos cree que la mujer que se deja maltratar por su pareja es porque le gusta que la maltraten, 5 puntos porcentuales por encima del registro de 2015. Es decir, en vez de estar siendo más solidarios con las mujeres que sufren maltrato, estamos culpándolas a “ellas” por la agresión.

Ahora bien, Bogotá es testigo de una tendencia general de reducción de homicidios. Para 2018, la tasa de homicidios fue de 12,7 casos por cada 100 mil habitantes, la más baja desde 1970. Los casos de mujeres víctimas de homicidio también son menores, pues pasamos de 120 casos en 2015 a 100 en 2018. Pero son los hombres las mayores víctimas de esta violencia, y quienes más justifican el uso de la misma y el linchamiento cuando se atrapa un ladrón. La cultura del “macho machito” sigue reproduciendo creencias, actitudes y comportamientos que producen un “coctel anti-convivencia”.

Prueba de ello es la violencia intrafamiliar que sigue en crecimiento. Para el año 2013 se presentaron 2.310 casos y para 2017 fueron 4.058, un aumento del 56%. Por otra parte, los casos de violencia de pareja fueron 8.971 para 2016 y 8.659 en 2017. Cabe resaltar que, para 2018, se tuvo una notable reducción de 312 casos. Lo alarmante resulta ser, que el 94% de los casos denunciados fueron perpetrados en el hogar, el lugar más peligroso para las mujeres.

De manera muy tímida, la Secretaría de la Mujer lanzó una campaña de promoción de Masculinidades Alternativas, llamada “Hombres Sin Vergüenza”, que fomentara formas no-tradicionales de masculinidad: tareas no remuneradas en el hogar, cuidado de los hijos, resolución de conflictos por vías no-violentas, y autocuidado. Lamentablemente, los hombres bogotanos impactados por la campaña somos muy pocos, y el saldo pedagógico es precario.

Ciertamente, los hombres somos los mayores perpetradores de la violencia contra la mujer, pero esto no se debe a nuestra condición de hombres. No estamos programados como género a la violencia de pareja, a la violencia sexual, o a una cultura machista en general. Sin embargo, al ser los hombres los principales victimarios, es claro que se deben impulsar estrategias y acciones concretas orientadas a desactivar comportamientos que son generadores o reproductores de violencias física, verbal, económica y emocional.

Es responsabilidad de todos, hombres y mujeres, trabajar para reducir los feminicidios, la violencia intrafamiliar y de pareja, y en general acabar toda forma de violencia hacia las mujeres. Los esfuerzos de la administración deben continuar hacia la reeducación de la ciudadanía en lo que significa ser hombre en la sociedad actual. Pero se requiere de una gran ayuda por parte todas las personas para aprender a autorregularnos, y no tolerar ni reproducir ningún tipo de actitud o comportamiento sexista. Todos y todas podemos ser interruptores de la violencia, para que un llamado de atención o una denuncia oportuna a las autoridades marque la diferencia entre la vida y la muerte.

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