Macron, diciendo y haciendo

11 de julio del 2017

Necesitamos muchos Macrones en este planeta, con la correa bien apretada para tomar decisiones.

La llegada de Emanuel Macron a la presidencia de Francia le está dando un nuevo aire a la Unión Europea, que con el Brexit estaba a punto de entrar en una espiral de desprestigio. Apenas Angela Merckel parecía tener alguna débil influencia en la política mundial.

Pero llegó el jovencito, bien casado, es decir por amor y no por los afanes sexuales de sus antecesores, y sentó cátedra, dando un nuevo aire a la geopolítica mundial. En primer lugar, porque no se le arrodilló a Trump. Sus declaraciones han sido desde el primer momento duras críticas de la torpeza del presidente americano.

No se quedó en las meras palabras, fue mucho más lejos, a los hechos y no para recomendarle a otros lo que deben hacer, como le gusta a los Estados Unidos, sino para presentar una visión del futuro francés. Es decir, Macron empezó a planificar a largo plazo, como debe ser, y de paso mostró la vía verdadera para la protección del planeta, desde lo que puede hacer cada país.

Acaba de anunciar la prohibición de que en Francia circulen vehículos de explosión a partir del 2040. En 23 años no podrán existir allá carros movidos a gasolina o diésel. Más de dos décadas parecen mucho tiempo, pero es la mirada responsable que da suficiente tiempo a los fabricantes para que se reinventen, sin arruinar lo que se tiene en este momento.

Pero lo más importante de esta medida es que sienta un precedente para la inversión. Ningún empresario responsable invertirá recursos en proyectos que tienen tan corta vida. Si en 23 años no van a poder circular con ese tipo de combustible, pues mejor invertir en los que sí podrán hacerlo, los eléctricos. De esta manera, sin imposiciones apresuradas, logra un resultado inmediato. Buenísima noticia para el planeta y un ejemplo que seguirán muchos otros países productores de vehículos que querrán apostarle a esa oportunidad de mercado.

También se metió con la generación de energía. Acaba de informar el cierre del 30% de las centrales nucleares en su país. Es decir que las empresas generadoras tendrán que priorizar fuentes alternativas de energía, como las eólicas y las solares. Probablemente los defensores de las centrales nucleares dirán que son más eficientes y pueden tener razón si por “eficiencia” se mide sólo un aspecto, el del costo por watts generados, pero no otros aspectos como el riesgo y la contaminación.

Y, por supuesto, Macron no se quedó corto con relación a la generación de energía térmica a carbón. Ya la prohibió como la fuente más contaminante que se puede tener. Su meta es que en 10 años Francia logre equilibrio pleno entre la emisión y la captación de carbono en la atmósfera.

Otros países dirán que es un pequeño aporte, mientras China, Rusia, Usa y otros países siguen en su desbocada carrera contaminadora. Esto no es excusa para el joven y dinámico presidente, convencido de que hay que dejar la retórica y empezar a actuar, sin esperar a que otros lo hagan. Este planeta no aguanta más cumbres G20 fallidas, ni gobernantes miopes que creen que mientras las empresas tengan superávit el planeta estará bien.

En este mundo de mentiritas se incluye a Colombia, donde la paz está representando la pérdida de bosques, porque el ejército se acostumbró a que la defensa de la patria era el ataque a las Farc. O donde el gobierno llora cuando se pierde una consulta popular contra la gran minería, mientras deja desbordarse la minería ilegal.

Necesitamos muchos Macrones en este planeta, con la correa bien apretada para tomar decisiones y abandonar la “diplomacia” ambiental, esa que firma y firma acuerdos y después no se acuerda de nada porque no los cumple. Ojalá los ministros Murillo y Villegas en Colombia dejen de ser tan Santistas, prometedores de ilusiones y se contagien, aunque sea un poquito, del Macronismo, para salvar nuestros bosques y nuestras fuentes de agua.

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