Carta abierta al alcalde de Dionisio Vélez Trujillo

9 de julio del 2014

“El sufrimiento de otros —sea de personas o de animales— no puede seguir considerándose una tradición.”

Por. Rodolfo Lara Mendoza

Sr. Alcalde de Cartagena:

Respetuosamente me dirijo a usted para tocar un tema de actualidad ciudadana, que a muchos tiene indignados: el tema del maltrato animal y, más específicamente, el de los tradicionales coches de caballos. Como ciudadano en ejercicio de mis derechos, me veo en la libertad de elevar mi respectiva queja, haciéndole extensiva, de paso, mi solicitud.

Considero que, tanto usted como yo, tenemos cierto nivel de escolaridad que nos permite reconocerle algún grado de sensatez al sentido común. Y el sentido común a muchos nos dice, que un ser que se alimenta y tiene procesos parecidos a los de cualquier ser humano, es también víctima del hambre, la deshidratación, el sufrimiento y el cansancio. En otras palabras, que ese ser no es un mero objeto o una máquina de la cual se pueda decir que “falla”, como declarara uno de los cocheros implicados en el caso más reciente de desplome de un caballo en la ciudad; sino un ser que sufre.

No afirmo que no sea usted consciente de ello, pues bien lo deja ver en algunas declaraciones frente al hecho (en otras se ha referido a los caballos en forma realmente vergonzante) y en el Decreto emitido, que regula ese servicio. Lo que me sorprende es que parezca atrapado en la disyuntiva que sugiere el frenar el maltrato animal, eliminando de una vez por todas, los coches de caballos, o el ser respetuoso con una tradición. En relación con esto último, le recuerdo que en todas las épocas se han avalado de algún modo prácticas aberrantes bajo la figura de la tradición —recordemos que, en su momento, la trata de personas con fines esclavistas fue también un negocio y una tradición—, pero no por ese motivo se han perpetuado.

Me sostengo en la creencia en que siempre habrá tiempo para cortar con tradiciones que enturbian la conciencia, y tiempo para dar lugar a prácticas más significativas, más llenas de humanidad, que sean ejemplo de decencia para nuestros hijos y las futuras generaciones. Estoy plenamente convencido de que el sufrimiento de otros —sea de personas o de animales— no puede seguir considerándose una tradición. Eso desdice de nosotros como hombres civilizados. En ese sentido, resulta vergonzoso el seguir buscando que se nos reconozca y valore como destino turístico por esas carrozas de aspecto fúnebre, símbolos rodantes de la esclavitud, del cepo que arrastramos desde la Colonia y que nos mantiene siempre inmovilizando a alguien, coartándole la libertad a alguien, explotando a alguien, en este caso, a unos indefensos animales; debemos intentar más bien que se nos reconozca porque, en la defensa de los que no tienen voz, fuimos capaces de sacar a la luz nuestro lado más decente y humano. Sólo con eso, el rótulo de Patrimonio Cultural de la Humanidad estará verdaderamente justificado.

No es ésta más que una solicitud que le extiendo, en su condición de máxima autoridad ciudadana, para que se muestre a la altura de ese nombramiento, poniendo fin a esa práctica que nos tiene a la vista del mundo como una ciudad retrógrada y cruel.

Usted intenta ser salomónico, sugiriendo mejorar las condiciones de ese servicio, y eso tiene su mérito. Pero es claro que no se puede ser salomónico cuando una de las partes, la explotada, no tiene voz, y cuando las medidas hasta ahora previstas serán, a futuro, paños de agua tibia que se enfriarán ante el menor descuido. Sólo piénselo: no hemos sido siquiera capaces de organizar decentemente el servicio de transporte de pasajeros en la ciudad…

Usted ha propuesto una solución concertada. Sí. Pero yo le pregunto si cabe en ella la opinión de las víctimas principales: los caballos. Pues no hay que ser un genio para imaginar que, contrario a su opinión personal, señor Alcalde, los caballos no aceptarían, en caso de que pudieran hacerlo, que su razón de ser en el mundo sea la de tirar de un carruaje. Eso es una falacia similar a la de aquel filósofo que consideraba que, por su complexión, ciertos hombres debían ser esclavizados, y que eso era lo que más les convenía. Al hombre de hoy, señor Alcalde, se le está olvidando leer; se le está olvidando pensar y, sin embargo, eso no lo hace merecedor a tirar de ningún coche. Si así fuera, en ese espacio que llamamos Concejo, donde muchos se ganan la vida sin hacer lo que se espera de ellos, tendríamos pie de fuerza suficiente para tirar de una caravana.

Ya lo decía Milan Kundera en La insoportable levedad del ser: “La mayor muestra de la moralidad humana, la más honda, está en relación con quien no representa fuerza alguna: los animales y los niños”. Demuestre entonces que contra el deplorable perfil tradicional del mandatario, usted tiene esa profundidad moral que añoramos. Le doy un ejemplo inspirador: José Mujica, el Presidente de la República de Uruguay, que a fuerza de sensatez se ha ganado el respeto mundial.

Es solo un gesto de humanidad lo que, en esta carta, a nombre de muchos, le pido; y con ello la posibilidad de ser recordado como un mandatario ejemplar, que puso fin a esa práctica aberrante que tiene lugar en nuestras calles y que a mí, le confieso, me pone en vergüenza frente a la gente verdaderamente culta: no son pocos los turistas amigos que me han manifestado su indignación frente a esa forma de explotación animal.

No dudo que los coches sean un incentivo para el turismo, pero la gente ya ha empezado a despertar (el reciente Ciclo-plantón en contra del maltrato animal y los artículos aparecidos en medios nacionales lo confirman), y nadie ignora que existen otras formas de desplazamiento, más cómodas y alejadas del sufrimiento, que pueden ser también un incentivo para el turismo, verbigracia, las bicicletas y los triciclos.

Tampoco dudo que haya personas que realicen sus frustrados sueños señoriales dando un cómodo paseo en un coche tirado por un caballo trasnochado y deshidratado, conducido por un cochero con levita, a más de 30° de temperatura. Bien, a esas personas les sugiero batirse a duelo entre sí, lo cual también es una práctica señorial que, por fortuna, no incluye la explotación o el maltrato de ningún otro ser vivo ajeno a los contendores. Esto último lo digo en broma, ni más faltaba.

A lo largo de la historia, señor Alcalde, muchos hombres han demostrado su capacidad de anticiparse a cualquier legislación, a cualquier promulgación de Derechos, cuando no han sido ellos mismos quienes las han promulgado a fin de oponerse a la injusticia. Fue así como, desde antes de ser abolida la esclavitud, ya había personas que se oponían a ella desde su individualidad, como un ejercicio de autonomía, como una muestra de conciencia moral: De las Casas y Pedro Claver, con sus vidas, pueden dar cuenta de ello. Eso por citar solo un ejemplo de tantos, pues la idea a la que en últimas apunto es que los grandes hombres son visionarios que se anticipan a toda Ley, porque ya desde antes la han tenido incubada como un germen en su interior. No se cierre usted a esa posibilidad.

Vivimos en una ciudad de arquitectura colonial, sí, pero no somos hombres de la Colonia. Y si algún valor cultural tienen estos muros, estos zaguanes, estas balaustradas, es precisamente el de estar ahí para recordarnos todas esas prácticas que hace tiempo abandonamos o hemos debido abandonar; para recordarnos esa servidumbre, propia o ajena, que hace tiempo hemos debido dejar atrás. Tarde o temprano, la historia —aunque sea con el olvido— nos pasará cuenta por el sufrimiento que patrocinamos o frente al cual permanecimos indiferentes, no importa si se trata de un ser humano o un animal; es sufrimiento, y como tal debe cortarse. Yo salvo un poco mi parte con esta solicitud. Lo invito a que por lo menos lo piense, señor Alcalde, no le vendría nada mal a su imagen de mandatario esa pequeña prueba de moralidad de la que habla el escritor. Con lo deshonroso que es de por sí hacer política en estos días.

Rodolfo Lara Mendoza

Ciudadano en ejercicio

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