Mejor Marta Lucía

5 de junio del 2018

Opinión de Fernando Álvarez.

candidatos

Una de las variables que se tiene en cuenta a la hora de elegir presidente es cuál es su fórmula vicepresidencial. Los colombianos al escoger al jefe de estado que va regir los destinos del país durante los próximos cuatro años, deciden además quién sería la persona que lo reemplazaría en el ejercicio del cargo, en caso de que por alguna razón falte ocasional o definitivamente el presidente. Y si como dicen las mamás, nadie tiene la vida comprada y en este mundo todo puede pasar, los electores están obligados a visualizar las cualidades presidenciales que han de tener quienes aspiran a ser sustitutos ya sea parcial o totalmente del presidente elegido, como lo indica la Constitución para este cargo y para estas eventualidades.

Por esta razón no sorprendería que los resultados en la primera vuelta hayan estado marcados por las simpatías y antipatías que encarnan quienes ostentaban la condición de fórmula como vicepresidente. Hay quienes aseguran por ejemplo que Sergio Fajardo no pasó a la primera porque su escandalosa fórmula vicepresidencial le restaba popularidad y le menguaba puntos a su imagen. Y no resulta tampoco raro que varios analistas hayan vaticinado el desastre de Germán Vargas Lleras, justo a partir del anuncio de su eventual vicepresidente, Juan Carlos Pinzón. Tampoco suena extraño que algunos crean que Humberto De la Calle labró su estruendosa derrota al escoger a Clara López como su sucesora en caso de falta temporal o total.

Este factor aparentemente trivial, por lo decorativa que ha sido en la práctica la figura vicepresidencial en Colombia, hoy resulta crucial o definitivo y para la segunda vuelta sería determinante. La idea comenzó a tomar fuerza cuando algunos ciudadanos se dieron a la tarea de imaginarse que el ganador fuera el izquierdista Gustavo Petro. En ese hipotético y como dicen las señoras, Dios no lo quiera le llegara a ocurrir algo al presidente, el país quedaría en manos de Angela María Robledo, una señora buena gente y solidaria, con cierta sensibilidad social pero sin mucha trayectoria visible y más bien ingenua políticamente. Se le reconoce que hizo sus pinitos al lado de Antanas Mockus y que ha sido una representante juiciosa.

Sin embargo, la percepción que se tiene no da para que se pudiera desempeñar como presidente en el evento que cayera en ella tamaña responsabilidad. Cualquiera que la conozca si acaso la perfilaría como directora de una entidad tipo Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Y eso que pocos le augurarían que pudiera alcanzar un listón ejecutivo como el que dejó Cristina Plazas en este tema. Angela María Robledo es vista más bien como una persona un poco resentida y descriteriada, como casi todas las que terminan por ser una especie mamertas tardías. Ella empezó defendiendo la ética de lo público con Antanas pero a las primeras de cambio se resbaló hacia el discurso populista de Petro y se sedujo por el radicalismo de Iván Cepeda.

En ese sentido los colombianos a la hora de escoger presidente sienten que al traslaparse al escenario de que el ganador sea Iván Duque Márquez, tendrían mayor confianza en su fórmula vicepresidencial, Marta Lucía Ramírez. Saben que si por alguna casualidad del destino llegare a faltar el presidente, su vicepresidente está perfectamente a la altura de semejante majestad. Marta Lucia tiene talla presidencial. Se ha medido en esos terrenos electorales y en este sentido ha jugado un rol de no poca monta. Experiencia, rigurosidad en la función pública y temperamento férreo son por lo menos su tres características reconocidas tanto por amigos como por enemigos. De todas es la única fórmula vicepresidencial con estatura presidencial.

Lo cierto es que si se han de tener en cuenta las principales responsabilidades constitucionales del vicepresidente hay que saber que será quien asuma el poder en caso de falta temporal o absoluta del presidente. Y no se necesita ser muy inteligente para saber que Marta Lucía le lleva una papita a Angela María. Si se piensa en liderazgo nacional o internacional, jerarquía o capacidad para dirigir escenarios en un país que necesita restaurar la confianza y la institucionalidad, enfrentar las complejidades de una paz con disidencias activas e involucradas con el narcotráfico, se necesita mas una mano firme que un corazón grande, una actitud enérgica más que una actitud claudicante. Se requiere más un temperamento de autoridad que de complacencia.

Y de cara a las exigencias del país para las demás funciones vicepresidenciales, casi siempre responsabilidades asignadas por el presidente, Marta Lucia tiene todos los pergaminos para liderar la continuación de ese proceso de paz, hoy enclenque, o para ocuparse de restablecer el papel protagónico de las víctimas en los acuerdos con las FARC. A ella no le quedaría para nada grande encargarse de dirigir acertadamente una negociación seria con el ELN o concertar con las bandas criminales que estén dispuestas a someterse a procesos de reincorporación. Marta Lucia en todo caso no sería una figura decorativa. Tiene más cara de dama de hierro que de primera dama. Es más de resultados que de admoniciones.

Ahora, ya con las cartas cantadas y con la primera encuesta en donde Duque se le despega a Petro con un 55% versus un 35% en la intención de voto, vienen las demás consideraciones. Marta Lucia suma, arrastra la fuerza conservadora que vacilaba en medio de la mermelada, representa el liderazgo femenino moderno que pesa más que el liderazgo feminista en el que se anquilosó Angela María. Y su conocimiento de las Fuerzas Armadas, dado su paso por el Ministerio de Defensa, le generan respeto y confianza a un sector que se siente amenazado por convivencia en temas de orden público y seguridad. Esto sin contar su experiencia administrativa y su experticia en comercio exterior donde también ha hecho su trayectoria pública.

Y ante las presiones polarizantes de furibistas y antiuribistas el país democrático puede estar tranquilo porque tanto Duque como Marta Lucía han dado suficientes muestras de criterio propio. Ambos le apuestan a la tendencia de mejores prácticas en la gestión pública y a la construcción de un buen gobierno. Y a pesar de los esfuerzos de los malquerientes a ninguno de los dos se le puede ubicar en la extrema derecha. Al contrario, en sus propios partidos han tenido que batirse como gatos boca arriba en defensa de las posiciones de centro. O sea que a la hora de votar, como diría Vargas Lleras, pero por supuesto, Mejor Marta Lucía.

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