Fanatismo y ciberacoso

25 de abril del 2017

Prohibir que menores de 12 años usen celulares inteligentes.

opinion

De las nuevas realidades que enfrenta la crianza infantil, tal vez la que más atemoriza, es la de las nuevas tecnologías, ese mundo desconocido que es el ciberespacio, con tantas amenazas pero también tantas posibilidades. El miedo, es probable, se derive de una generación de padres y abuelos que entramos tarde a ese mundo y cuando lo hicimos no significó ningún nivel de riesgo o de amenaza, como si lo es hoy para las camadas de niños y niñas que se levantan con un biberón en una la mano y un celular inteligente en la otra.

El primer impulso es prohibir el uso de esos aparatos mágicos que, como nuevas lámparas de Aladino, con apenas frotarlas hacen posibles miles de deseos. La doctora Cristina Plazas, directora del Instituto de Bienestar Familiar, quien no es propiamente una vieja, ha dado declaraciones sobre la conveniencia de prohibir que menores de 12 años usen celulares inteligentes. Y si eso lo dice una joven profesional como ella, ¿cómo será lo que piensan sectores mayores de la sociedad? Las orejas de lobo, de la prohibición, aparecen debajo de la piel de oveja del cuidado infantil.

Las nuevas tecnologías son en efecto magia; nos ponen en contacto con el mundo, con los idiomas, las costumbres, la música, las comidas, nos mantienen informados, nos permiten comprar sin salir de casa, nos comunican con seres queridos así estén al otro lado del mundo. En fin, significan compañía, afecto, información, consumo, distracción y muchas cosas más.

Por otro lado, también tienen riesgos, y no pequeños, hay estafas, acoso sexual, desinformación, frustraciones, exhibicionismo. Males que pueden llevar al desespero, a la depresión, en especial entre jóvenes y niños que no están preparados para tantas emociones juntas. Pero lo mismo pasa en la calle; si dejamos sueltos a niños y niñas en un centro comercial o en una avenida cualquiera de una gran ciudad, pueden recibir tantas cosas buenas y malas como a través de los celulares. Porque sea en el mundo virtual o en el real, la infancia se puede perder si no está preparada para toparse con peligros u oportunidades.

Y todo vuelve a un principio elemental, el de preparar a los niños y a las niñas para lo que van a enfrentar, no prohibir cosas, sino en explicarlas, acompañar sus vivencias y sobre todo quitarles vendas de fanatismo, del dogmatismo que usualmente acompaña las mentalidades prohibicionistas.

Algunas mamás, por ejemplo, cuando tienen que responder por la razón para una orden dicen: se hace porque sí, porque yo lo ordeno. Eso, es prohibición y no lleva sino a una curiosidad mayor o al desacato sin preparación. Prohibir no resuelve los problemas, ¡los agrava! Porque los riesgos, aunque prohibidos, siguen presentes como la manzana de Adán y Eva en el Paraiso.

Una educación fanática es la que limita, impide, pone muros. Esa forma educativa que no previene, porque no prepara para los riesgos. Ahora aparece el reto de la Ballena Azul, una más de esas amenazas en la comunicación, y prende alarmas porque muchos jóvenes caen en esa red y se dejan llevar por una serie de retos virtuales que los va atrapando hasta plantearles el reto del suicidio. Por supuesto que da miedo que a un ser querido llegue a toparse con este tipo de acoso virtual. Hay que prepararlos para esto, no esconderlo.

La educación moderna debe enfrentar el ciber acoso sin tapujos, sin prohibiciones, de una manera inteligente, vigilante y activa, que no se escude en el fanatismo de las prohibiciones sino en la lógica de la misma comunicación virtual, que es un mundo infinito de oportunidades. Ese es el reto que sería muy importante asumieran en Bienestar Familiar, con su directora a la cabeza, porque para proteger a niños y niñas no se necesitan más policías sino más educadores, en el más profundo sentido de la palabra.

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