Mensaje para los indecisos

11 de mayo del 2014

Si atendemos a los académicos más que a los políticos, la concentración del ingreso, que pone en ridículo cualquiera de las propuestas de los candidatos presidenciales para atacar la desigualdad, no sería producto del neoliberalismo sino de su mala aplicación. La cuestión no es de poca monta. Según académicos, la mala aplicación del modelo neoliberal […]

Si atendemos a los académicos más que a los políticos, la concentración del ingreso, que pone en ridículo cualquiera de las propuestas de los candidatos presidenciales para atacar la desigualdad, no sería producto del neoliberalismo sino de su mala aplicación. La cuestión no es de poca monta.

Según académicos, la mala aplicación del modelo neoliberal hace referencia a que la igualdad frente a la libre competencia (base paradigmática de su doctrina) es lo primero que le han violado gobernantes, políticos y privados, que decidieron su implantación en la economía occidental, tal como ocurrió también en Colombia ¿Y cómo han violado esa igualdad? Con el otorgamiento de concesiones a los grandes negocios de particulares, que van contra  principios como el de la igualdad ciudadana y el de la igualdad de oportunidad, que definen al modelo. Tales conductas son antiliberales.

En su libro “Las instituciones y el desarrollo económico en Colombia” Salomón Kalmanovitz dice que el liberalismo  encuentra repugnante establecer concesiones como estas (p.206). El ejemplo de la minería puesto en la última entrega de esta columna ilustraría con creces la situación.

En este caso, además de las bajas tasas impositivas, las deducciones y alivios de que goza esta actividad económica, ponen en evidencia el detrimento de las finanzas públicas y el quebrantamiento del interés general. Que entre 2005 y 2010, por cada 100 pesos efectivamente pagados por las compañías mineras, por impuesto de renta, el Estado haya dejado de recibir $200, y que por cada $100 pesos recibidos por concepto de regalías, haya otorgado un descuento de $132, no solo obliga a cuestionar el éxito económico de la gran minería sino a desmontar el común denominador de ventajas múltiples con que gracias al quebrantamiento doctrinario del libre mercado se fortalecen los negocios del gran capital y concentran riqueza.

Si fuéramos un país serio, la discusión sobre si las dádivas y exenciones otorgadas al gran capital son propias del modelo del libre mercado o una distorsión de su aplicación, tendría que haberse dado desde hace rato. Entre otras cosas, porque tal discusión se necesita para acordar la forma de economía que más nos conviene. Nada más ni nada menos, tal debate podría llevar a poner de cabeza las posiciones desde las cuales la izquierda y la derecha han dado su batalla frente al tipo de economía que tenemos.

Este fondo debería constituir la médula de la campaña por la presidencia. Pero mientras las trifulcas de los últimos días enseñan que las mayores fortalezas de los candidatos punteros están en el “todo vale”, todos, tanto los más como los menos opcionados (tal vez con excepción débil de doña Clara López) en discursos repetidos, insisten en presentar sus propuestas insulares de empleo, de combate a la desigualdad, seguridad social, educación, y salud, sin tocar ni cuestionar el modelo económico que nos rige. Unos y otros pasan de agache que la efectividad de las primeras está atada a la sensatez del segundo.

Las correcciones obligadas que en todo caso exige nuestra estructura de tributación no pueden ser asumidas dentro de la óptica de una reforma tributaria más de las que, como gran cosa, acometen todos los gobiernos. Esas mismas que han sido tan dadivosas con el gran capital. Tales correctivos deben desprenderse de la sinceración del modelo económico.

En escritos distintos, Francisco Azuero, y Rudolf Hommes (este último, como curándose en salud, él tan responsable en la forma de libre mercado que aquí hemos aplicado), señalan los aportes de Facundo Alvarado y Juliana Londoño, académicos que a partir de la metodología del profesor Thomas Piketty, han mostrado lo sobresaliente de las tasas modestas de impuestos que en el caso colombiano pagan los más ricos, y cómo la naturaleza de los alivios tributarios de que gozan, hace que tales impuestos sean regresivos.

Al gran número de indecisos que registran las encuestas debe quedarle claro que la inequidad que nos destaca en el mundo es producto de la concentración de capital que nuestros gobernantes a través de las leyes y actuaciones administrativas han permitido. Ya sea mediante la fijación de tasas débiles o mediante las deducciones y alivios sobre las mismas. Como también debe quedarles claro que a los candidatos a la presidencia no les resulta determinante esta problemática.

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